Público

15 de Mayo de 2018

Contratos públicos y máquinas de barrer

Se ha generalizado la idea de que los empleos menos cualificados tenderán a desaparecer sustituidos por robots. No va a ser así. Los barrenderos que limpian las calles de las ciudades sobrevivirán a sus jefes.

Pedro González Torroba,
Abogado y economista. Doctor en Derecho.
Letrado Consistorial del Ayuntamiento de Madrid
Profesor asociado de Derecho administrativo en la UAM
Profesor en Deusto BS


La Revolución Industrial nos acostumbró a los trabajos mecánicos. Las complejas acciones de los seres humanos se dividían en otras más simples, lo suficientemente simples como para convertirlas en movimientos mecánicos sencillos.

A partir de aquí se generalizó una conclusión que hoy se nos presenta como obvia: el trabajo manual se puede sustituir por una máquina. Este riesgo no existe si tu trabajo es intelectual. Cuanto más te cualifiques, más intelectual puede ser tu trabajo y, por tanto, menos riesgo tienes de ser sustituido por una máquina. Esta idea arraigó y hoy está muy difundida.

Pero el mundo está cambiando más rápido que las ideas y parece que algunas de ellas tenemos que revisarlas.

Gracias a Alejandro Cadenas, experto en IoT, conocí la paradoja de Moravec. Resulta que la robotización del pensamiento razonado e intelectual requiere de poca computación mientras que las habilidades sensoriales y motoras requieren de mucha computación.

Esta paradoja afecta a las ciudades. Un barrendero recoge colillas, excrementos, botellas rotas o enteras, llenas o vacías, líquidos, aceites, chicles, cajas, muebles, ropa, suelas de zapatos, tapones, palomas y ratas muertas, recipientes y un sinfín de objetos que solo se encuentran en las calles de las ciudades y, por desgracia, también en los ríos y en el fondo del mar. Resulta que el trabajo de barrendero requiere de esas habilidades sensoriales y motoras de las que la evolución ha dotado a los humanos. 

Si tenemos en cuenta la paradoja de Moravec, exige más esfuerzo computacional diseñar un robot que dé respuesta a la recogida de todos estos objetos que otro que sustituya al jefe de ese barrendero, ese que le dice qué tramo de calle debe limpiar, o ese que calcula los costes o las existencias o le dice qué día puede librar.

No cabe duda de que el trabajo de barrendero se puede mecanizar. El barrendero podrá llevar una mochila que expulsa aire a presión o conducir un vehículo que elimina restos de chicle, pero su amenaza es la de siempre. El barrendero sufre el riesgo de la mecanización. Quizá la mecanización inteligente haga que el vehículo quita-chicles sea autónomo, pero ya hemos visto que no solo se recogen chicles, así que la amenaza es la típica de la revolución industrial, más o menos acentuada. La de su jefe, en cambio, es más letal. La amenaza digital es tan rápida que a su lado la amenaza de la mecanización se presenta como una muerte plácida, pausada y romántica. Seguramente lo suficientemente lenta como para confiar en que uno ya irá viendo cómo salir adelante.

Las Administraciones Públicas tenemos que ser conscientes de estos cambios. Durante muchos años hemos dado por buena la idea industrial de la mecanización de los trabajos poco cualificados. Por eso, muchos pliegos de contratos se han redactado bajo esa premisa. La premisa se concretaba del siguiente modo: quiero que la calle esté limpia pero me da igual el número de barrenderos, siempre que el licitador me garantice el mismo resultado.

Sabemos que las transformaciones de la revolución digital van a velocidad ultrasónica pero debemos evitar que el ensoñamiento tecnológico nos lleve a descontar de forma precipitada una reducción drástica de los empleados que hacen el trabajo de campo. No queda más remedio que introducir en los pliegos unos mínimos de personal. De lo contrario, daremos rienda suelta a la fantasía tecnológica -a menudo temeraria- de algunos licitadores que proponen reducir ya mismo el número de empleos de forma radical, como si a los que hacen el trabajo de campo se les pudieran aplicar en toda su plenitud las lógicas y los ritmos de la revolución digital. Todo llegará, a su ritmo.

 

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