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El rincón del Lector

¿Qué puede aportar la literatura a los abogados?

10 de Diciembre de 2018

Para comenzar a dar respuesta a este interrogante podríamos, quizás, preguntarnos primero por qué es necesaria la literatura o, lo que es lo mismo, por qué nos siguen resultando tan fascinantes algunas historias y seguimos contándolas. Parece que no todo puede ser dicho y comprendido a través del lenguaje conceptual y teórico, que se sigue necesitando algo más que una explicación científica de las cosas.

Teresa Arsuaga,
Doctora en Derecho
www.sinconflicto.es

La pregunta de por qué es necesaria la literatura tendría que ver con la cuestión de qué es la literatura, una pregunta para la que existen gran cantidad de teorías. Una posible respuesta a este interrogante se plantea en el libro El abogado humanista (2018), y sería la de considerar la literatura como un medio especialmente idóneo para la comprensión y la sensibilidad hacia las experiencias humanas, de conocerse a uno mismo, de vaciarse de prejuicios y llenarse de lo mejor que se ha dicho y hecho.

Qué es la valentía, la pobreza, el sufrimiento o el racismo, en qué consiste tratar a una persona como medio o como fin, qué es la indiferencia, la desigualdad o el abuso son cuestiones difícilmente comprensibles a través del lenguaje conceptual. Como realmente se nos revelan es mediante la acción, a través del ejemplo concreto encarnado en la peripecia o historia de una persona. Y no es sólo que en la literatura cristalicen los valores vigentes en una sociedad y los haga visibles e intuibles para los lectores. Además, las obras literarias influyen y modelan esos mismos valores y condicionan así el desarrollo o evolución del derecho teniendo un papel fundamental en la formación de la conciencia social, la cual, a través de la literatura, llega a sentir por primera vez que determinadas reivindicaciones individuales son justas, o que situaciones creadas son injustas y deben corregirse.

Ciertas obras de la literatura, leídas de determinada manera, podrían constituir, entonces, la oportunidad de llenar el cierto vacío ético en que el pensamiento y la práctica legal viven y es que, aun habiendo fuentes filosóficas importantes, estas no consiguen captar suficientemente el interés de los juristas.

Como dice Javier Marías, algunas obras de literatura nos brindan un entendimiento y unos conocimientos que quizá no adquiriríamos por nuestra cuenta ni en el transcurso de una vida. Y es que, el proceso de lectura, entendido como la conexión con otra mente, la del escritor, podría llevarnos a una complicación o cuestionamiento de las percepciones o ideas propias sobre nosotros mismos o sobre el mundo, en la medida que la lectura de determinados textos literarios supondría una apertura o exposición a otras mentes y a otras personas, a otros lenguajes, a otras formas de pensar, de imaginar el mundo y de hablar sobre él.

La capacidad de revisar los puntos de vista propios, así como la de estar abierto a aprender de los de otros, sería, además, un buen entrenamiento y una condición previa necesaria del jurista si se quiere que el Derecho cumpla, adecuadamente, el papel de ser el medio fundamental donde se articulan y resuelven las cuestiones sociales y éticas más importantes en una sociedad plural.

El aprendizaje que el abogado podría obtener de la literatura no consistiría en acudir a esta disciplina en busca de conclusiones sobre el mundo que tomar prestadas o de argumentos que el derecho pueda utilizar luego como una fuente de autoridad. Tampoco se trataría de encontrar en ella respuestas a preguntas explícitas sobre derecho, ni ideas para ser invocadas en un argumento. La experiencia que se propone en El abogado humanista es la de mirar al derecho con una perspectiva enriquecida por la literatura. Al hacerlo, resultará inevitable que, de alguna manera, se produzca una transformación en la forma en que el primero es concebido, al quedar destacado en él aspectos que ambas disciplinas comparten. Estos resultan ser cuestiones muy presentes en la vida diaria de los juristas. Sin embargo, apenas son tenidas en cuenta en la enseñanza del derecho. Poner la literatura al lado del derecho supondría, como decía, fijar su atención sobre ellas, destacándose hasta qué punto la tarea diaria del jurista se basa en gran medida, como la del crítico literario, en leer los textos del pasado y escribir sus propias composiciones para hacerlos reales en las circunstancias únicas y actuales que se presentan.

Cómo aprender a hacer bien estas tareas no es una cuestión de normas o de seguir unas reglas, sino que sólo es posible aprender con el método de las humanidades, esto es, el de comparar las actividades del pensamiento y el lenguaje que se llevan a cabo en el derecho con otras como las de la literatura. Los textos válidos para ello, como se pondría de manifiesto en el libro anteriormente citado, podrían ser de muy diversa naturaleza: novelas, poesía, textos históricos y discursos políticos. En este sentido, puede decirse que el termino literatura podría ser entendido en un sentido muy amplio. Lo que con estas comparaciones se buscaría es que el abogado adquiriese una mayor conciencia de lo que realmente hace con el lenguaje y criterio para juzgarlo, en definitiva, la capacidad para hacer estas cosas de una manera más efectiva e inteligente, con un mayor sentido intelectual y ético. Leer determinados textos, especialmente aquellos que destacan por su belleza y capacidad de transformación, y que por ello son merecedores de atención a lo largo de mucho tiempo, conforma un aprendizaje sobre sobre pensar, leer y escribir bien y, siempre, sobre las cuestiones más importantes de la vida. Estos modelos de pensamiento y expresión considerados como valiosos y preservados por este motivo por la tradición funcionan como una especie de estándar o patrón que permanece en la mente de los juristas, de forma que les resulta de ayuda para juzgar las composiciones de otros y elaborar las suyas propias. Con el análisis e interiorización de algunos de los ejemplos literarios, podrían llegar a crearse unos modelos de pensamiento y expresión que forman parte de esos recuerdos desde los que uno construye significados en el mundo. El objetivo es que consigan de esta forma identificar en la expresión oral o escrita actuaciones con el lenguaje y la imaginación que pueden estar bien o mal hechas.

De esta manera, el Derecho podrá ser visto, dentro de un contexto más amplio, como un sistema de significado que, en último término, junto a otras disciplinas, y al igual que ellas, puede contribuir a mejorar nuestra cultura, la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás, a dignificar a los seres humanos y su experiencia.

Son todas estas cuestiones asuntos que podría resultar positivo y necesario abordar y que son objeto de estudio y análisis en El abogado Humanista, libro que he publicado recientemente en la editorial Civitas.

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