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Blog Entendiendo las finanzas

30 de Enero de 2020

Roberto Cano Vélez

Director Financiero del Grupo Hispamaroc

Economía colaborativa, ¿cooperación o negocio?

¡Quien no haya usado nunca Airbnb, Uber, Booking, Blablacar, Spotify o Wikipedia que lance la primera piedra!


Y si no, pídele a algún joven cercano de los que integran la que llaman ahora la generación Z, que te explique en qué consiste el coworking, el crowdfunding, las criptodivisas, la cultura libre, el alojamiento colaborativo, el transporte compartido  o el software libre.

Un enrevesado ecosistema de servicios a la carta y utilización de activos basados en el intercambio a través de plataformas online nos está invadiendo a un ritmo frenético. Es la economía colaborativa. Un mercado de empresas emergentes, innovadoras que nos proporciona una mayor variedad donde elegir a precios mucho más bajos.

Un fenómeno global con distinta regulación, o incluso ausencia de ella, que genera importantes asimetrías. Por el impacto real que tienen son una prueba que nuestro entorno social y económico está cambiando.

La economía colaborativa son muchas cosas pero sobre todo es la utilización conjunta de recursos por una multitud de usuarios. Es decir, es una revolución que no se basa en el contenido, sino en la forma de usarlo, o mejor dicho, de  compartirlo.

Ya no buscamos la mera posesión de un bien, sino la satisfacción que nos proporciona o las necesidades que cubren. No es necesario crear más activos en el mercado. De lo que se trata es de mejorar su uso.

Eso de comprar, usar y tirar que estaba tan de moda no hace tanto ha dado paso al compartir, colaborar y confiar.

Ha nacido un nuevo concepto de usuario que ya no solo es consumidor. Ahora también es productor.

La tecnología nos ha transformado de manera digital pero también económica y socialmente y además lo ha hecho a un ritmo desconocido hasta ahora, rompiendo todas las barreras y traspasando el poder de las empresas a los consumidores.

La velocidad del cambio es más increíble aún si comparamos algunos datos. Por ejemplo, para llegar a los 100.000 usuarios la telefonía fija tardó 75 años, la telefonía móvil 16 años, internet 7 años, whatsapp 3'5 años, Pokémon Go 25 días y la app Yahztzee With Buddies 10 horas.

Gran parte de culpa  de esta expansión exponencial la tienen las nuevas tecnologías relacionadas con el big data, el cloud computing, el internet de las cosas, la movilidad y los dispositivos inteligentes o la inteligencia artificial entre otras.

El cliente ya no es un comprador al uso, ahora tiene más poder. Es un cliente digital siempre conectado con un smartphone que requiere servicios digitales, que demanda inmediatez. Es prescriptor y prosumer.

Pero, ¿qué supone este nuevo modelo de negocio para la economía?

No es un tema baladí si vemos que en España los cinco sectores que más implicación tienen en la economía colaborativa (compraventa, alojamiento y transporte) suponen cerca del 1,8 % del PIB, a  nivel europeo representa el 8% y emplea a 13,5 millones de personas. Y a nivel mundial los ingresos se estiman que llegará hasta los 335.000 millones de dólares en 2025. Empresas como Uber, Airbnb, Wework, Blablacar tienen valores por encima de los 100 millones de dólares.

Pero como no podía ser de otra manera, este asunto también es una moneda de dos caras:

La cara:

  • Mayores alternativas para los consumidores
  • Precios más reducidos.
  • Mejor uso de las cosas.
  • Mayor sostenibilidad ambiental.
  • Nuevos "microempresarios"
  • Generación de empleo (o autoempleo).

La cruz:

  • Falta de regulación jurídica común.
  • Ausencia de protección laboral y aparición de "falsos autónomos".
  • Posible competencia desleal a establecimientos tradicionales.
  • Falta de transparencia en el pago de impuestos.
  • Falta de protección del consumidor.
  • Aparición de monopolios.

Deberíamos reflexionar sobre el porqué de algo que nació como una posibilidad de cooperación entre personas se ha convertido en un gigantesco negocio donde se mueven cifras estratosféricas.

De lo que comenzó siendo un cambio cultural hemos pasado a una nueva economía que cada vez tiene menos de colaborativa.

Y ya puestos, por qué no aprovechar todo lo positivo de este crecimiento tecnológico y usarlo para dinamizar las instituciones gubernamentales. No estaría mal que la llamada economía de plataforma mejorara la innovación pública y la distribución de los recursos. Igual se reduciría la burocracia y se favorecería la participación democrática.

Seguro que el ciudadano de a pie lo agradecería.


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