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Blog Manual Interno de Gestión

19

de

Diciembre

Óscar Fernández León

Socio Director de LEON & OLARTE FIRMA DE ABOGADOS, SLP y Experto en Gestión y Organización de Despachos Profesionales
@oscarleon_abog

¿Es necesaria la vocación para el ejercicio de la abogacía?

Cuando hablamos de las profesiones, y muy especialmente de la nuestra, siempre aparece la vocación como un elemento que necesariamente tiene concurrir en el abogado, y que se considera por todos indispensable para el ejercicio de la profesión. Sin embargo, y partiendo de la premisa de que, efectivamente, la vocación es imprescindible en todo abogado, lo cierto es que, debido a su naturaleza íntima y misteriosa, poco sabemos de ella, llegando a existir planteamientos contradictorios respecto a su concepto y, sobre todo, al momento en el que se produce la llamada de la vocación.


De hecho, todos los abogados nos hemos planteado alguna vez eso de la vocación, especialmente cuando concluíamos nuestra licenciatura o grado, momento en el que nos hemos cuestionado si teníamos vocación suficiente para ser abogados. Incluso, a veces, nos hemos auto convencido de tener vocación o, por el contrario,  hemos pensado que a pesar de no tener vocación seríamos abogados.

A mi juicio, esta forma de pensar y de actuar deriva de un planteamiento erróneo que hemos ido asimilando desde nuestra infancia, ya que nuestros mayores nos han transmitido que cualquier trabajo que quisiéramos hacer en el futuro requeriría indefectiblemente de la correspondiente vocación. Es más, quien no ha escuchado ¡Este niño tiene vocación de médico! o ¡Fíjate como defiende a su hermano, Laura tiene vocación de abogada!

Pero ¿Qué es la vocación?

Para empezar hemos de partir que la vocación es algo íntimo, personal, rodeado de un halo de misterio y que podría calificarse como sobrenatural[1]. Ello es así dado que la vocación, como cualquier sentimiento o emoción, nace del interior del sujeto al amparo de su propia intimidad. Por tanto, es algo que no se adquiere del exterior, sino que nace en el interior de la persona, razón por la que es asimilada a una llamada o convocatoria a realizar un propósito determinado.

Dicho esto, podíamos definir la vocación como la llamada o voz interior que sentimos y nos impulsa hacia una profesión, al ejercicio de una actividad determinada, o una misión personal. Por lo tanto, estamos hablando de una inclinación o preferencia hacía el ejercicio de alguna profesión, un querer, un ideal, algo que nos exige una determinada exclusividad hacia algo.

Al derivar de nuestro interior, la vocación logra aunar la fuerza de la elección, materializada en el deseo de hacer algo muy concreto, con la realización de un fin o propósito en el que presumiblemente nos sentiremos felices y no dudaremos en llevarlo a cabo con entrega, esfuerzo y pasión. La vocación conlleva ineludiblemente el disfrute de lo que se hace.

La vocación, definitivamente, juega un papel esencial en la profesión de abogado. Sin vocación, la abogacía se convierte, como nos dice TORRÉ[2] en un poso de amargura:

"(...), aquellos que desempeñen una labor por la que no sientan atracción alguna, llevarán siempre consigo un sedimento de amargura y, más aún, de derrota, al par que no reportarán a la sociedad, la utilidad que hubieran producido en otra actividad que armonice con su vocación."

Teniendo en cuenta lo compleja, difícil y exigente que es nuestra profesión, es natural afirmar que los abogados estamos sometidos a un desgaste personal y profesional permanente, que va a requerir ineludiblemente de nuestra vocación o lo que es lo mismo, de nuestra entrega total y absoluta, amando lo que estamos haciendo. Por ello, vale la pena traer a colación las palabras de Víctor Manuel Pérez Valera[3], quien nos comenta en su libro Deontología Jurídica La Ética en el ser y quehacer del abogado.

" la vocación del abogado, se dice es muy semejante a la del médico, ya que el Doctor ve por la salud del ser humano, cura algunas veces, alivia frecuentemente y consuela siempre, algo semejante se dice del abogado; algunas veces lograra que triunfe completamente la justicia, otras veces parcialmente, pero aunque no logre el éxito siempre mostrara el aspecto humano de resignación ante las fallas de la justicia humana. 

A estas alturas ya hemos avanzado lo suficiente para poder responder a la cuestión fundamental que se plantea al tratar sobre la vocación ¿Cuándo nace la vocación? ¿Antes de la elección de nuestra profesión o después?

Conociendo la profesión por propia experiencia (aunque me queda mucho por conocer), estoy convencido de que son rara avis los jóvenes que acceden a la profesión de abogados por vocación. Quizás, la tradición familiar vinculada a la abogacía o una especial atracción por el género de películas relacionadas con los abogados ha podido influirles en su decisión, de manera que antes de conocer la profesión puede afirmarse que les gusta, les atrae, pero esto no es vocación, pues la vocación, esa llamada interior, surgirá e irá creciendo a medida que el joven vaya conociendo los entresijos de la profesión, con sus sinsabores y alegrías, con sus buenos y malos momentos. El conocimiento del objeto vocacional es aquí fundamental, pues la vocación, que se sustenta en el disfrute y en el amor hacia lo que se hace requiere de la experimentación y con ello de la emoción y el sentimiento, elementos estos que faltan en los primeros pasos del abogado, limitados a un aprendizaje centrado en el estudio de expedientes, asistencia a juicios y, todo lo más, su presencia en las reuniones con los clientes.

Por lo tanto, la vocación de abogado nace y crece con el ejercicio de la profesión, mejor dicho, con el aprendizaje y posterior ejercicio. Cuando el joven abogado experimente el sacrificio intelectual, psicológico y personal que supone el ejercicio de la profesión y, a pesar de ello, tras racionalizarlos y sentirlos emocionalmente, descubra que disfruta haciendo eso que, a pesar de los inconvenientes, les gusta, entonces la llama de la vocación se habrá encendido y debidamente alimentada, tenderá a crecer a medida que pasen los años.

Como señala TORRÉ[4] "No puede sentirse inclinación por algo que no se conoce; (...), para tener una vocación auténtica, es necesario, (...), tener una idea aproximada de esa ciencia y de la vida profesional respectiva", y diríamos más: cuando hablamos de idea aproximada estamos hablando de vivir la profesión y si nos gusta, si nos realiza personalmente y, en definitiva, si nos hace disfrutar, habremos encontrado la vocación.

Juan Manuel de Prada[5] expone este aspecto con notable elocuencia: "la vocación no sólo es una llamada que, como una varita mágica, desciende sobre nosotros, sino que es también una senda trabajosa, es una senda de arduo recorrido, es una senda en la que a veces los descubrimientos, las decepciones, en definitiva todo lo que conforma la elección de lo que va a ser nuestra vida, viene determinada por nuestros desvelos, por nuestro esfuerzo. Sin ese esfuerzo, creo que la llamada de la vocación cae en terreno estéril, en ese terreno yermo en el que no prende"

Si bien como hemos visto la vocación es algo innato, entiendo que el magisterio es fundamental para el nacimiento de una sólida vocación, la vocación es algo que se proyecta sobre el futuro, pero que se alimenta, se nutre, del pasado, de lo que otros han aprendido antes que nosotros; y sin ese doble vínculo la vocación no puede llegar a completarse[6], por ello es fundamental la labor que deben desarrollar los abogados experimentados en ayudar a los jóvenes abogados a alcanzar la vocación o, dicho de otra forma, a vivir vocacionalmente la profesión. La formación de los jóvenes abogados requiere un compromiso muy serio por los veteranos en tal sentido, no debiendo limitarse a la transmisión de conocimientos técnicos y prácticas profesionales, sino que habrá que ayudarlos a comprender y a vivir los "momentos" de la profesión en las que tantas preguntas nos hacemos...

Para concluir, recordar un proverbio hindú que guarda una estrecha relación con la vocación: "El que encuentra un trabajo que le gusta, deja de trabajar para toda la vida" y esta maravillosa frase de Gregorio Marañón "su capacidad creadora es infinita, y todo ese proceso, prolijo y menudo, penosísimo, de la preparación para la ciencia y para la profesión científica, se abrevia y facilita bajo el signo de la vocación como por arte de encantamiento. Y esto es la vocación, encanto o encantamiento, que hace luz de la oscuridad y ligereza del esfuerzo"



[1] Juan Manuel de Prada nos dice respecto al carácter sobrenatural que casi de índole sobrenatural (por eso generalmente se vincula con la vocación religiosa o con la vocación artística, porque tanto el arte como la religión tienen algo de emanación que nos sobrepasa y que, súbitamente, desciende sobre nosotros, como las llamas de Pentecostés. Juan Manuel de Prada "Sobre la Vocación" http://www.interrogantes.net/Juan-Manuel-de-Prada-Sobre-la-vocacion-profesional-/menu-id-29.html

[2] TORRÉ, Abelardo. "Introducción al Derecho". Ed. LexisNexis- Abeledo Perrot. 14va. Edición. Buenos Aires. 2003.  

[3] Pág. 126, Muñoz-Cobo González (coordinador),. Sobre el Alma de la Toga. Tirant lo Blanch, 2009.

[4] TORRÉ, Abelardo. "Introducción al Derecho". Ed. LexisNexis- Abeledo Perrot. 14va. Edición. Buenos Aires. 2003.  

[5] Juan Manuel de Prada "Sobre la Vocación" http://www.interrogantes.net/Juan-Manuel-de-Prada-Sobre-la-vocacion-profesional-/menu-id-29.html

[6] Juan Manuel de Prada "Sobre la Vocación" http://www.interrogantes.net/Juan-Manuel-de-Prada-Sobre-la-vocacion-profesional-/menu-id-29.html


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