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18 de Septiembre de 2014

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

¿Pero usted qué quiere un abogado o un pit-bull?

La pasada semana charlaba sobre la profesión con mi compañero Jose Manuel Valdayo cuando salió el tema de la imagen agresiva que algunos ciudadanos tienen de los abogados, a los que se considera unos profesionales que para que te defiendan bien tienen que identificarse plenamente con su cliente desde la perspectiva emocional, es decir, mostrar una actitud agresiva hacía el contrario y su abogado, y, por supuesto, gritar más alto y más fuerte, dentro y fuera de las salas judiciales. De esta guisa, el abogado se transforma en algo parecido a un animal potencialmente peligroso, como un pit-bull, cuyo mérito (el del abogado) radica en dar seguridad a su cliente y enseñar los colmillos amedrantando al contrario.


De esto que hablo saben bien los abogados que se baten el cobre solos o en compañía de dos o tres letrados en pequeños despachos, cuya cartera de clientes acoge un espectro de gente muy variopinta, entre los que, de vez en cuando, aparece uno de estos ciudadanos, convertido en cliente, que no busca un abogado, sino un pit-bull que lo defienda.

¿Quién no ha recibido la censura de su cliente porque el abogado contrarío ha gritado más en el juicio? ¿A quién no le han insinuado que el abogado contrario dice las cosas claras (gritando) ergo la cosa no va a salir bien? ¿Qué letrado no ha sido cuestionado porque el otro abogado ha sido más agresivo?

Esta percepción, que según las últimas encuestas sería prácticamente anecdótica[1], tiene su origen en el desconocimiento de nuestra función y en la nefasta influencia que el cine y algunos programas televisivos tienen en parte de nuestra sociedad, a la que se transmite una imagen que induce a pensar para ser un buen abogado hay que compartir la pasión del cliente y seguir todos sus consignas: no hablar con el abogado contrario salvo que sea para tratar el asunto ¿ Que cliente no se ha enfadado con su abogado porque se ha dirigido a su compañero con amabilidad y camaradería?, mantenerse rudo y descortés  con el contrario y su abogado ¿qué abogado no ha sufrido la mirada torva de otro compañero y de su cliente cuando ha llegado a las inmediaciones de la sala de vistas?, fajarse en la batalla dejando la última gota de sangre cuando se actúa en sala y un largo etcétera de conductas que nuestro cliente, de ser abogado, no tendría duda en llevar a cabo con sumo placer.

Estas conductas,  que vemos en ocasiones en asuntos de familia o laborales son, a mi modo de ver, no solo completamente inútiles y desacertadas, sino que vulneran las normas deontológicas establecidas para preservar las relaciones entre los abogados.

Inútiles porque si bien la gestión de las emociones es fundamental en todo proceso de negociación o litigio, el que el abogado apele a la falta de cordialidad, o lo que es peor, de respeto con el letrado contrario o con su cliente, no conduce absolutamente a nada, sino más bien a ampliar la brecha pasional con la que las partes acceden al litigio, amputando la posibilidad de mediación o negociación con la que se podría dar una solución amistosa al mismo. No podemos olvidar, que nuestra misión reside en cumplir con las funciones de consejo, mediación o defensa  que se realizan con el fin de auxiliar al cliente, al juez y, en última instancia a la sociedad para alcanzar soluciones de la controversia que sean posibles y factibles de conformidad con el ordenamiento jurídico en el que intervenimos. En la medida en la que, tras aceptar el encargo, actuemos movidos por ese rencor a todo lo que se mueva en terreno contario, flaco favor estaremos haciendo a nuestro cliente y a la sociedad.

Desacertadas, pues la agresividad poco aporta para el éxito en la defensa del asunto. Los que gritan y hacen aspavientos, deben recordar que la solución a la controversia encuentra su última instancia en la aplicación del ordenamiento jurídico a los hechos que conforman la misma, por lo que las probabilidades de éxito estarán no con el que más grite, sino con el más hábil en la preparación y estudio del asunto, siendo el paroxismo en la defensa indicio claro de falta de preparación.

Finalmente, estas conductas son deontológicamente incorrectas, pues las normas deontológicas preservan precisamente la dignidad del otro letrado y en última instancia la de nuestro colectivo profesional. Ya no por educación, sino por respeto a los cimientos de nuestra profesión, el abogado debe saber que el compañero contario está haciendo exactamente lo mismo que él, es decir, defendiendo los intereses de su cliente, con mayor o menor razón, pero cumpliendo con su cometido, y desconocer esto conduce a una miopía profesional que, tarde o temprano, conllevará al aislamiento e incluso al retiro anticipado, pues como decía Couture, "Olvida. La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota"

Definitivamente, me quedo con el abogado, y que el pit-bull siga disfrutando de su vida perruna sin proyecciones a nuestro campo de actuación, en el que la cordialidad, amabilidad y respeto entre compañeros y con la parte contraria es una realidad innegable y cada vez más desarrollada.

En la medida que contribuyamos todos a extender esta última tendencia estaremos engrandeciendo nuestra profesión.



[1] Actualmente la sociedad tiene una valoración positiva de los abogados según reflejan los barómetros de externos realizados en relación con la percepción de la abogacía. Así, según el último estudio realizado por el CGAE "La abogacía española en datos y cifras",, los españoles que dicen haber acudido a un despacho de un abogado representan un 55 % de la población española y entre quienes alguna vez han acudido al despacho de algún abogado, el grado de satisfacción de los servicios recibidos es muy elevado, ya que la satisfacción de conjunto es puntuada con un 6,9, destacando de modo especial la atención y el trato recibidos (que merecen una nota media del 7,9) así como una preparación técnica e interés por el asunto (puntuados con un 7,3). De hecho, los abogados con una puntuación de 5.2 se mantienen entre los grupos sociales más valorados, justo por debajo del Rey y por encima de otros colectivos jurídicos (notarios, jueces, fiscales) e instituciones como el Defensor del Pueblo.

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