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20 de Febrero de 2014

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

¿Por qué los abogados no concluimos bien nuestros informes orales?

Cuando los abogados informamos ante un tribunal y estamos concluyendo nuestro informe, cometemos con frecuencia un error que normalmente nos pasa desapercibido, pero que tiene gran importancia desde una perspectiva oratoria y, por tanto, persuasiva. Me refiero a la forma de abordar la parte del informe denominado epílogo o peroración, es decir, la parte con la que se pone fin al informe y en el que se recapitulan los argumentos principales tratados, dando especial énfasis a la pretensión que sustentamos.


Concretamente, el error al que me refiero consiste en concluir el informe sin dotar al epílogo de contenido alguno, limitándonos a realizar una transición brusca que concluye con el cierre del informe. Esta transición se realiza bien concluyendo la argumentación (fase previa al epílogo) sin más o pronunciando unas palabras a modo de cajón de sastre para dar por finalizado el informe. ARTURO MAJADA, ya lo advirtió, recomendando respecto a la fraseología introductoria evitar frases como «termino ya, pues creo haber expuesto todo lo necesario a la defensa» o «voy a concluir y no quiero cansar más la respetable atención del Tribunal», etc. También es ocioso señalar - continúa el autor- el punto final del informe con frases hechas como «he dicho», «he terminado» o «nada más, señores».

¿Por qué concluimos de esta forma el informe? La respuesta a esta cuestión reside en diversos factores (los cuales he podido experimentar personalmente en diversas fases de mi ejercicio), entre los que podemos destacar los siguientes:

  • Desconocimiento de las técnicas de estructuración y organización del informe oral.
  • Cansancio y agotamiento tras haber desarrollado casi la totalidad del informe.
  • Preocupación derivada de la conducta no verbal del juez que parece decirnos que nos estamos excediendo en la duración del informe o cualquier otro mensaje que cuestione las razones de nuestra argumentación.
  • Simple descuido producido por la complejidad del informe y la necesidad de introducir en el mismo ideas no previstas.

En todos los casos, sea cual sea la razón, el informe quedará privado de uno de sus elementos esenciales.

Efectivamente, la finalidad del epílogo reside en que a través de este resumen dejaremos huella en la mente del juez sobre los fundamentos de nuestra pretensión, facilitando con ello el recuerdo de la esencia de nuestro alegato, ya que, siendo lo último que se escucha de nuestro informe, el epílogo quedará fuertemente grabado. Igualmente, a través de la peroración, el orador, en breves palabras causa una última y profunda impresión en el ánimo de los jueces, que con esta recapitulación final recuerdan mejor los fundamentos de la defensa.

Tal es la importancia del epílogo, que las técnicas oratorias recomiendan (aparte de una preparación exhaustiva) aprovecharlo como ocasión para suscitar los afectos del juez, pudiendo emplearse argumentos ajenos al aspecto jurídico, lo que nos permitirá atraer la atención que verá en estas consideraciones materia de interés por su excepcionalidad. Si la ocasión lo permite, concluir con una idea impactante que arrope a nuestra recapitulación, puede ser un elemento decisivo, no sólo para que quede la esencia de nuestro informe en la mente del auditorio, sino para que el recuerdo sea bueno.

Otro consejo a tener en cuenta es que para su preparación, se recomienda redactarlo con sosiego y reposo, una vez concluido el texto completo del informe sintetizando en ideas breves y concisas los argumentos fundamentales del discurso. El contenido de los mismos deberá expresarse de forma diferente a la expuesta durante el resto del informe, pero sin alterar el contenido, con lo que evitaremos que la reiteración pueda hacerse algo pesada al auditorio. De esta forma, esforzándonos por compendiar expresándonos de distinta forma, enriqueceremos aun más el informe.

En cuanto a la forma de concluirlo es hacerlo suavemente, sin presentación del epílogo, permitiendo que la transición se produzca por sí sola, de modo que el auditorio se percate de nuestra peroración final, sin otra ayuda que el contenido del mensaje y el tono de voz y nuestros gestos, verdaderos heraldos del final del informe.

En definitiva, si reflexionamos y reparamos en que, efectivamente, por la razón que sea hemos dejado un poco abandonado el epílogo de nuestros informes orales, solo nos cabe una solución: mostrar atención a la elaboración de nuestros informes y prestar especial consideración a la forma de cerrarlo.

Sin duda alguna, nuestra intervención ganará en solidez, seguridad y solvencia.



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