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Blog Manual Interno de Gestión

9

de

Enero

Óscar Fernández León

Experto en habilidades profesionales del abogado
@oscarleon_abog

¿Qué es para el abogado ganar o perder el juicio?

Hoy vamos a tratar un tema de permanente actualidad para los abogados que se circunscribe a la conocida dicotomía victoria-derrota, o al inevitable “ganar o perder el caso”, inherente a nuestra intervención profesional, tema éste que se puede tratar desde numerosos ángulos, pero que hoy vamos a abordar desde el sentido que damos al ganar o perder en nuestra práctica profesional.


Para ello, hemos de partir de las siguientes premisas que se antojan fundamentales para la mejor comprensión del planteamiento que realizaremos a continuación.

La primera es que partiendo de las funciones que conforman la actividad del abogado, es decir, del consejo jurídico, la mediación y negociación y, finalmente, la defensa ante los tribunales, el ganar o perder podrá producirse en relación con el ejercicio de cualquiera de dichas funciones. La redacción de un contrato con determinadas estipulaciones, la conclusión de una negociación o un juicio sobre desahucio o divorcio comprenden intereses susceptibles de concluir en una situación percibida como victoria o derrota. No obstante, dicha dinámica es más intensa en los supuestos de controversias judiciales, pero, insisto, no es patrimonio exclusivo de éstas.

La segunda reside en que la percepción que el cliente tiene de su problema es una percepción de un interés subjetivo, que generalmente no coincide con el interés que a dicha situación le atribuye el ordenamiento jurídico. Por el contrario, el abogado baraja las posibilidades de éxito del asunto y la mejor forma de alcanzarlo al amparo de dicho ordenamiento, acercándose así al interés objetivo. La conclusión de dicha polaridad reside en que la percepción final que el cliente pueda tener sobre la victoria o derrota en su asunto dependerá del grado de conciliación que se haya producido entre el interés subjetivo del cliente y el interés objetivo atribuido por la ley que el abogado ha alcanzado a través de su análisis. De no haberse producido dicha conciliación, la perspectiva de abogado y cliente será completamente diferente.

La tercera premisa se refiere a que el abogado desarrolla su actividad en el marco de las discrepancias o desavenencias que pueden concluir en el proceso judicial, que no es más que una contienda entre las partes cuyo objetivo es ganar o, en su caso, aminorar los efectos de la derrota. Desde esa perspectiva el proceso ha sido denominado «verdadera batalla»  en la que los contendientes se enfrentan a cuestiones interpretables y discutibles, en la que se trata de convencer al Juez de tener la razón, batalla que concluye la mayor parte de las veces con un resultado categórico: estimación o desestimación de la demanda o de la contestación; absolución o condena. Dicho de otra forma, y como suele decirse en el lenguaje profesional: Ganar o perder el caso.

Finalmente, la cuarta descansa en que el resultado de un litigio no tiene porque determinar el éxito o el fracaso de nuestro trabajo, bien porque hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano (y nada mas podía hacerse), o porque a pesar de la sentencia desfavorable se han conseguido otros objetivos para el cliente. Efectivamente, las sentencias desfavorables no tienen porque constituir per se un fracaso para el abogado, y de hecho, la experiencia que dan los años de ejercicio te ayudan a comprender la existencia de múltiples factores que influyen en la resolución de un litigio.

Por lo tanto, y resumiendo, el abogado desarrolla su actividad en un contexto en el que la controversia está siempre presente, constituyendo su función la defensa de los intereses de su cliente, defensa que busca un resultado acorde con los deseos y expectativas de  éste y con el ordenamiento jurídico, y que puede ser favorable a éstos o desfavorable (admitiéndose multitud de zonas grises), ganándose o perdiéndose el pleito.

Ahora bien, la cuestión de la victoria o derrota no puede simplificarse o trivializarse, pues admite los más variados matices, motivo por el que los abogados hemos de tomar los verbos "ganar o perder" en sus justos términos, ya que el resultado final del caso (ganar o perderlo) depende de las más variadas circunstancias que pasamos a examinar.

El abogado organiza la defensa de su patrocinado con todos los elementos de los que dispone y que éste le suministra, existiendo siempre factores que pueden beneficiar o perjudicar a su representado. A veces nos encontraremos con un caso "perfecto" en el que los hechos claros y la aplicación del derecho indiscutible; pero en otras ocasiones el asunto llega "cadáver", de forma que a pesar de nuestro esfuerzo por encontrar una salida ésta es imposible. Finalmente, habrá casos en los que las opciones de interpretación y aplicación del derecho difieren y será el juez quién nos dará la solución jurídica y judicial válida.

Por otro lado, la decisión corresponde al Juzgador, es decir, a un tercero que constitucionalmente tiene otorgada la potestad de administrar Justicia. Por lo tanto, el trabajo de los abogados no depende exclusivamente de la prestación que realizamos, sino que nos movemos en el marco singular de dignidades y jerarquías de la Justicia, sometidos por tanto al criterio aplicativo de los jueces.

Tampoco podemos olvidar que enfrente encontramos a otro abogado oponiéndose a nuestros argumentos al amparo de otros tanto o más convincentes (al menos para éste), compañero profesional que, además, podrá estar más formado o estar revestido de unas cualidades (experiencia, técnica, oratoria, etc...)  que podrá contribuir de forma sólida al éxito de su pretensión y el fracaso de la nuestra.

Esto explica que nuestra obligación forense es de medio y no de resultado y que no es mejor el abogado que gana el juicio que el que lo pierde. Si ambos son diligentes, ganar o perder es, como anticipábamos, parte del quehacer profesional.

En cualquier caso, cuando el resultado de un litigio es favorable al cliente, el abogado se sentirá feliz, satisfecho, su autoestima profesional se disparará y correrá a informar al cliente del éxito ¡Hemos ganado! le dirá henchido de ilusión y orgullo a su cliente. El despacho lo celebrará y lo más importante, nuestra vocación recibirá más combustible para seguir, pues luchar por lo que se quiere y obtenerlo hace que la batalla merezca la pena. A veces ganamos contra todo pronóstico. Entonces, la alegría se multiplica y dispara y vivimos esos días en los que no dejarías la profesión por nada del mundo.

Por el contrario, un resultado desfavorable constituye una mala noticia que se trastoca en desastre cuando en nuestro fuero interno estábamos convencidos de la Justicia y presumible éxito de nuestra pretensión. En estos casos la frustración, mezclada con la decepción, generará una emoción mucho más intensa que la sensación confortable de la victoria. Vendrá el cuestionamiento de nuestra habilidad como abogados, ¿me habré equivocado de profesión? nos preguntaremos sumidos en la tristeza ¡No nos han dado la razón! ¡Han desestimado la demanda! diremos al cliente tras meditar detenidamente como comunicarle la mala noticia...No, no es grato perder un caso, y menos aun cuando no es esperado.

Llegados a este punto, ya estamos preparados para contestar a la pregunta ¿Qué debemos entender los abogados por ganar o perder en el contexto de nuestro trabajo?

Pues, en mi opinión, a pesar de la inmensa dificultad que entraña desligar tales conceptos del resultado del litigio, el abogado, por razones que van desde lo psicológico a lo deontológico debe considerarlos más que una cuestión finalista (de resultado) como una cuestión de pasión, de entrega y de responsabilidad hacía el cliente y hacía su profesión ya que una vez conocidas por el abogado las opciones reales y objetivas de éxito o fracaso de la pretensión, e informado que sea el cliente sobre las mismas, si finalmente éste desea seguir adelante, al abogado solo le queda una opción: luchar denodadamente por ganar, es decir, por alcanzar un resultado acorde con las expectativas del cliente, infundiendo a su trabajo entrega, pasión y una vocación decidida a la victoria.

 La profesionalidad de quien actúa así sienta las bases del éxito, pues ganar, al final, se asociará no con el resultado del pleito, sino con la confianza generada en el cliente, con su satisfacción de que se han defendido sus intereses con la máxima dedicación y persistencia. Es una cuestión de forma de hacer las cosas y del modo en el que nos sentimos haciéndolas. Esta es la gran victoria del abogado. Luego llegará la sentencia: ganamos, enhorabuena; perdimos, lo hemos intentado, y de qué manera. ¿Cuántos abogados no han recibido el reconocimiento y confianza de su cliente a pesar de que las cosas no salieron como éste deseaba? En definitiva, si nuestra conciencia nos dice que hicimos todo lo que estaba en nuestra mano y que jamás nos rendimos, habrá valido la pena y podremos incluso sacar alguna enseñanza de la derrota (pues más se aprende de esta que de la victoria)

No obstante, ello no debe ocultar una realidad inapelable, y es que la percepción del cliente ante un resultado desfavorable siempre se vivirá con una emoción más profunda que la del abogado, lo cual es lógico, pues se trata de la pérdida o limitación de sus derechos, patrimonio, libertad, etc... Para nuestro cliente, casi siempre será un verdadero fracaso que, en el peor de los casos, podrá ser atribuido al trabajo realizado por su abogado mediante cualquier justificación, razonable o peregrina («los casos los gana el cliente y los pierde el abogado» reza el dicho popular), o, de haberse establecido unas expectativas razonables, el cliente, a pesar de la frustración, valorará el esfuerzo de su abogado pues comprenderá que existen factores ajenos al trabajo del abogado que influyen en dicho resultado. Aquí reside, insisto, la gran victoria del abogado.

Para concluir, un par de consejos para los abogados nóveles: Jamás digáis a un cliente que el caso está ganado o perdido antes de que se dicte la sentencia. No lo olvides, pues es un gran error caer en tal conducta, ya que aprenderéis que los pleitos más difíciles de ganar a veces de ganan y viceversa, los casos en los que todo está a nuestro favor pueden perderse. Segundo consejo, no os obsesionéis con ganar, obsesionaros con hacer vuestro trabajo con la máxima profesionalidad y entrega, que es lo que realmente necesita el cliente. Ya llegarán, no lo dudéis, los éxitos y también los fracasos, pero si quieres, siempre ganarás.


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