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Blog Psicología para abogados

11

de

Abril

Santiago Sinópoli

abogado y consultor psicológico

Honorarios: la sal de la vida, pero me cuesta cobrarlos

Hola amigas y amigos lectores. El título de este trabajo pese a lo breve tiene muchos pliegues, y si los extendemos el tema se convertiría en infinidades de sub-temas, que en nuestra vida profesional, significaron o significan anhelos, alegrías, contradicciones, necesidades, frustraciones y porque no dolor.


Digo esto porque desde cierto cierta mirada los honorarios profesionales, son el fin de la abogacía, sobre todo en una sociedad ¨ mercantilizada ¨ como la que hoy vivimos. Aún en contra de la voluntad de uno, de los ideales de la abogacía que se puedan tener, siempre terminamos ¨ aterrizando ¨  en las necesidades económicas que nos demandan en el ejercicio de la profesión el cobro de los honorarios, que es absolutamente legítimo en su justa medida. Pero resulta que lo que parecería una acto sencillo, indiscutible -más en una sociedad como la actual - tan lineal como que a un abogado se le pague por su trabajo, como uno paga las compras para la vida diaria, el tema del cobro de los honorarios o salario profesional, se hace difícil y a veces tortuoso para el abogado. Esto puede tener muchas causas: la crisis económica de carácter general, la lentitud del proceso judicial del cual depende que uno reciba sus honorarios, etc. Pero hay otras causales que se convierten en un impedimento para el cobro de honorarios, que encuentran su ¨ afincamiento ¨ o ¨ refugio ¨ en la mente de cada uno de nosotros los abogados o en la de los clientes. Así,  el tema de los honorarios, la posibilidad de su cobro o ejecución, tiene su razón psicológica. Reitero que es una de las motivaciones, no todas, y las multiplicidad de causas no se excluyen entre si, no que se presentan en forma ¨ entramada ¨ o ¨ amalgamada ¨. Ahora bien: ¿Por qué desde la abogada o abogado  suele hacerse ¨ sinuoso ¨  el cobro de honorarios a los clientes, aún en la consulta que nos hagan en la oficina?. Encima  esto pasa en una profesión que es común que se desarrolle dentro de una Colegiación que hasta hace obligatorio el pago de de aranceles u honorarios profesionales. Casi podríamos decir que los precios de la consulta o del trabajo profesional están en el escaparate o vidriera junto al producto que se vende. Sin lugar a dudas el ¨ inconveniente Psi ¨ para una fácil cobro de honorarios obedece en mucho a la biografía psicológica de cada uno de nosotros. Cuando venimos desde la ¨ temprana edad ¨ con una inclinación a tenernos poca confianza en la construcción de los vínculos humanos,  sin duda ello va a pesar en la relación profesional-cliente ( que es en definitiva  vínculo humano ) y por supuesto en la conducta que se despliegue para el cobro de honorarios. Por supuesto otro tanto va a pasar desde el cliente. Su biografía psíquica también puede ¨ enturbiar ¨ el tema honorarios. No le ha pasado a usted colega, que con tal o cual asistido todo transitó por un camino fluido, pero a la hora de cobrar los honorarios el vínculo con su cliente de oscureció de tal forma que a uno le parece tener en frente a otra persona. Pero hay otras causas que nos dificultan  la intención de pedir nuestros legítimos honorarios profesionales y su generación no está tanto en la historia personal producto de los aprendido desde el nacimiento hasta los cinco años,  sino más bien es resultante del imaginario colectivo, de los social y es que la profesión liberal de la abogacía tiene en su esencia mucho de servicio que uno presta por el honor. De allí viene que en el  trabajo de abogado uno pacta cierto pago que se llama ¨ honorario ¨, y esto nos remite a que el consultante de un abogado piense que al pagar un honorario está haciéndolo por el honor que el profesional del derecho nos ha hecho al brindarnos un servicio. También por parte del abogado quién trabaja se siente honrado por desempeñar la función de auxiliar de la justicia, y por ello no requiere una retribución pecuniaria como lo pretendería un comerciante. En ambos casos esta claro que el honor y el trabajo profesional del abogado están lingüísticamente vinculados y por ello vinculados profundamente en nuestro universo simbólico. Esto hace en cierto modo que a uno abogado o abogada  tenga un condicionamiento psicológico y le cueste hablar del dinero con los clientes, sobre todo en las primeras consultas. Nos pasamos buscando el momento oportuno para hacer saber al cliente que están los honorarios de por medio, pensamos en que está sufriendo con el litigio que nos trae para solución, y creemos que no es el tiempo adecuado para los planteos económicos.  Entramos en una suerte de confusión en la que participa el ideal de la función social de la abogacía con la gratuidad de la tarea, empujado este pensar y sentir, por el cliente que por su lado supone que es un honor para el abogado servirlo en tan noble causa de la lucha por la justicia. La consecuencia de estas creencias que se cruzan, es que en el profesional se va ¨ envenenando ¨ la relación con el cliente, y se siente frustrado, desvalorizado y de una manera inconciente con encono con el Otro que pidió su intervención. A todo esto hay que agregarle un dato más que hace que desde el lado del cliente no se de valor al trabajo del abogado, y es que la ley en el  imaginario colectivo se ha relativizado en su valor, y por ende está en baja la profesión que ¨ actúan  la ley ¨. La pregunta que nos podríamos hacer es: ¿se puede colocar al trabajo del abogado en su justo lugar, y que sea visto como la prestación de un servicio profesional, que se realiza en un marco ético, pero es en definitiva un servicio que como cualquier otro debería mensurarse en dinero?. La respuesta es que si, pero que no va a ser fácil. Transformar sobre todo lo que viene de un ¨ imaginario colectivo ¨  no es cosa de un día para otro, pero más allá de los limites que por la biografía psicológica de cada uno imponga - que es corregible con terapia-, el primer paso lo debe dar el abogado hablando claro desde la primer consulta, para no dejar dudas, que la profesión no es un acto de caridad o amor, que no es una función meramente altruista, que más allá del compromiso ético del abogado de hacer todo lo necesario para que su cliente deje de sufrir por un acto de injusticia, hay una contraprestación por los servicios prestados, que no se satisfacen con la bendición o el muchas gracias, sino con el pago de un justo honorario que es la sal de nuestra vida como el de cualquier otra persona (Fijese lector que salario viene justo de sal, porque antiguamente la sal era el equivalente a la moneda para el pago del trabajo).

Se que no es fácil para los abogados hablar de nuestro trabajo como algo que debe ser retribuido económicamente, pero hay abdicar de éstos conceptos erróneos sobre el significado del honorario profesional. Freud decía que en la psicología del hombre existen dos grandes tabúes: el sexo y el honorario. Leí de alguien que dijo que en lo primero hemos avanzado bastante, pero en el segundo de los tabúes hay un largo camino aún por recorrer. Empezamos a caminarlo....

Hasta la próxima abogadas y abogados lectores.  


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Santiago M. Sinopoli, Abogado, Graduado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales del Rosario, dependiente de la Pontificia Universidad Católica Argentina ......[ver perfil]

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