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Blog Administración Pública

30 de Julio de 2018

Sergio Jiménez

Analista web especialista en Administraciones Públicas

Cuando todo el mundo se cree que eres Mortadelo


El verano es una temporada de calma-chicha en las noticias, o al menos solía serlo. Esto hace que muchas noticias que podrían pasar de puntillas alcancen la primera plana de la actualidad. Esto es más probable con las noticias que pueden ser rimbombantes y graciosas. Cuando se publicó una noticia que hablaba de un modernísimo submarino que no flotaba y que, como resultado de las modificaciones para que esto pasara, fuera preciso cambiar el puerto de atraque porque no entraba, los programas de actualidad y medios vieron una ocasión extraordinaria. Y tanto que lo fue, que la noticia tuvo un gran impacto en España y a nivel internacional. La cuestión es que la noticia, aunque no era cierta (o tan sencilla como se explicaba), era tan llamativa y tan creíble para la opinión pública que corrió para la pólvora.

Para mí, lo malo no es tanto que esto pueda pasar, sino que la gente se lo pueda creer (por no decir que se lo pueda esperar). Porque en los temas de innovación, modernidad y tecnología, la ciudadanía piensa que la Administración se mueve en el mundo de Mortadelo y el profesor Bacterio. De esta manera, que un submarino caro no flote es muy verosímil. Que para hacerlo haya que ampliarlo y que haya que ampliar los muelles es gracioso. Que esa reforma cueste, según decía la noticia 1,6 millones de euros es ultrajante en la España de los recortes. Pero todo se sustenta en la imagen que tiene la sociedad de que la Administración no sólo es anticuada y hasta "cutre" y que se gasta de mala manera el dinero más allá de que la cosa funcione o incluso sea útil.

En gran medida esto se sustenta en que la innovación y la tecnología son elementos complejos de explicar. Esto, junto a las normas por las que se rige la Administración Pública dificulta en muchos casos explicarlo con claridad. En el caso de la noticia que nos ocupa, efectivamente el submarino tuvo que modificarse, pero la ampliación del muelle parece que ya estaba planificada y, desde luego, no iba a costar 1,6 millones de euros. Entonces el problema de la Administración no es que esto haya pasado aquí, sino que todos creemos que les puede pasar y, bueno, en cierto modo, por razones fundadas.

La Administración Pública tiene una cierta querencia a los grandes proyectos. ¿Por qué? Pues básicamente porque da grandes titulares a los políticos, otorga importantes cuotas de presupuesto, y permiten incluir a muchas personas en su concepción y construcción. Esto evita una parte de los conflictos a corto plazo (no tener que explicar a la gente por qué no participa), pero los cultiva para el futuro. Cualquiera que haya estado en una reunión de proyectos con más de 6 personas sabe a lo que me refiero. Estos grandes proyectos suelen tener las puertas abiertas por todos: "la reforma de la Administración Pública", "la modernización del sistema de contratación pública", "la digitalización de todos los trámites"... todo ello grandes iniciativas mucho más costosas (y complejas) que hacer un submarino ultramoderno, y con las mismas, o más probabilidades, de acabar haciendo aguas. En el mejor de los casos, cuando tres, cuatro o cinco años después un proyecto de estas características se termina, funciona, pero está bastante anticuado respecto a otros elementos comparables (pensemos en la banca on line o las líneas aéreas).

¿Y por qué suelen acabar mal? Pues porque un proyecto no es muy distinto a una lavadora: cada componente añadido aumenta exponencialmente las potenciales averías. Cuanto más grande es la aspiración de un proyecto, más elementos hay que incluir y más tiempo va a suponer llevarlo adelante. En el caso del submarino, desde los primeros diseños hasta que flota ha sido necesario hacer modificaciones estructurales. En el caso de muchos de los proyectos de administración electrónica nos hemos encontrado desarrollos tecnológicos estructurales, portales, adaptaciones de portales, modificaciones de portales, cambios en la normativa y, cuando llegamos al final, el uso es minoritario o marginal.

La cuestión es que, como decía, los grandes proyectos que generan entusiasmo generan, igualmente grandes titulares y grandes compromisos. Cuando el ministro, concejal, consejero o director general se han hecho fotos y prometido grandes palabras dar marcha atrás es una opción poco probable. Más aún cuando el proyecto ha costado importantes cantidades de tiempo y dinero. Igual que cuando te has dejado miles de euros en la endodoncia de tus hijos y hay que hacer un gasto suplementario en una endodoncia: ¿quién se echa atrás? Pues esto sigue siendo uno de los grandes problemas que todos creemos que tiene la Administración y que, en muchas ocasiones, parece correcto.

Por ejemplo, ¿qué hizo pensar que, tras el fracaso del primer DNI electrónico, la mejor opción era hacerlo funcionalmente igual, pero sin lector de chips? ¿Por qué después de gastar una cantidad enorme de tiempo y dinero en portales ministeriales con un uso reducido por parte de la ciudadanía, seguimos usándolos? ¿Cuánto se invierte en apps que al final tienen una expansión mínima y una vida útil muy breve?  Cada una de estas cuestiones contribuye a la percepción de que casos como el del submarino sea creíble para la mayoría de nuestros conciudadanos.

La administración tiene dos problemas. Uno depende completamente de ella y es abordar la innovación y la tecnología de una manera que permita generar innovaciones útiles y efectivas de manera rápida. El otro, su credibilidad como organización capaz de modernizarse de manera eficaz depende de que se resuelva el primero y de que sea capaz de hacerlo de manera continuada. Quizá de esta manera conseguiremos menos titulares de los buenos "vamos a hacer que cualquier persona pueda hacer todos los trámites en dos clics", pero desde luego tampoco serán creíbles los que digan "hemos hecho un submarino que no entra en los muelles". Porque a nadie le gusta que piensen que es la reencarnación de Mortadelo y, sobre todo, porque que las cosas estén bien hechas es una exigencia para lo público.


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