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Blog Administración Pública

6 de Mayo de 2020

Gerardo Bustos

Subdirector general del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas

Esto no es un simulacro… pero pongamos 2 dedos de estrategia

Somos buenos en soluciones rápidas, pero huimos de las estrategias a medio o largo plazo. Por defecto nos sale el cortoplacismo y el pensamiento del día a día. En España la mirada más larga hay que forzarla mucho, y pocas veces se consigue. Este es el país de las ocurrencias brillantes y de las estrategias escasas; todo se confía al último minuto. En el sector público las pocas muestras de estrategia que podamos encontrar duran poco, porque cualquier cambio de estructura o de mando se lleva por delante la estrategia. Aquí nadie compra el proyecto en marcha de su predecesor.


Los hechos son el mejor mensaje

En el trabajo, en el país, en tu casa… Da igual donde estés. En cualquier rincón de este país en el que te encuentres en un momento determinado, siempre sentirás deseos de gritar a los encargados de decidir: “enciérrate en una habitación, piensa durante dos horas y después me lo cuentas”. Es una ilusión, porque antes de encerrarse a pensar, muy probablemente nos dirá lo que hay que hacer, sobre la marcha.

Creemos que las cosas suceden porque las contamos. Vivimos en el país del “España va bien”, “tenemos la mejor sanidad del mundo”, “nuestro sistema bancario es de los mejores” o “estamos a la vanguardia en administración electrónica”, por citar algunos ejemplos de momentos bien distintos. Tendemos a confundir la necesidad de contar las cosas que pasan, con la errónea creencia de que las cosas van a pasar porque las contemos.

Craso error, porque el mejor mensaje son los hechos. Cuando se producen los acontecimientos no hay mensaje creativo que resista si ambos no están en sintonía. La chispa se estrella contra esa realidad. Realmente la pandemia de coronavirus está suponiendo un verdadero test de estrés para todas las áreas de nuestro armazón como país, desde las altas instancias del Estado hasta las comunidades de vecinos.

Quijotes para las carencias

Estamos encantados haciendo un homenaje diario al personal sanitario. Realmente se lo merecen, por la entrega y riesgo que están asumiendo como colectivo en las últimas semanas. Toda crisis necesita agarrarse a unos héroes que permitan soñar unos minutos y escapar al infierno que la crisis guarda en sus entrañas. Y hemos encontrado nuestros héroes prácticamente desde el principio: ese aplaudido personal sanitario, nuestro Quijotes de hoy. Pero ahí está también el punto débil de cualquier análisis, porque si necesitamos Quijotes ello es debido a que las cosas no funcionan como debieran.

El funcionamiento electrónico de las administraciones públicas es una buena muestra de lo que comentaba más arriba. De la noche a la mañana nos hemos convertido en administraciones teletrabajadoras; o nos hemos aproximado lo máximo posible al teletrabajo, en función de los equipos, cultura, preparación y organización de cada centro público. La realidad es que no se puede hablar de una situación homogénea en todos los rincones del sector público o en todas las administraciones públicas. Entre otras razones, porque no hay una gran estrategia común.

Una vez más, nos hemos encontrado con la regla habitual: la enorme capacidad de improvisación ha suplido a las lagunas de la administración electrónica y, sobre todo, al incumplimiento global de plazos legales, especialmente el correspondiente a la plena adecuación al Esquema Nacional de Interoperabilidad (enero 2 de 2014) y Ley 39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas (octubre de 2016 y algunos preceptos en octubre de 2020). 

Incluso cometemos el error de las métricas, porque no es una cuestión de porcentajes de adaptación a la administración electrónico, sino de procesos finalizados. ¿De qué nos vale un procedimiento electrónico que es electrónico en un 70 por 100? Es un error ligado precisamente a la falta de un gran plan estratégico, porque no se pone el foco en el ciudadano como destinatario final de los procesos electrónicos.  Los procesos de administración incompletos generalmente tienen su parte pendiente en el entorno del ciudadano, que no ha visto reducida la burocracia y que con frecuencia se ve obligado a pelearse con instrucciones y “formularios” escasamente amigables y con fuerte olor analógico.

Señalemos, en fin, en esta misma línea, que generalmente el legislador manifiesta una gran fe en el poder de los plazos legales, pero también una escasa capacidad de realismo. Con frecuencia invierte los términos, confía en el cumplimiento de los proyectos estrechando el plazo legal, en lugar de adaptar el plazo a las previsiones realistas de cumplimiento.

¿Hemos aprendido la lección?

Los fracasos, errores y malas experiencias cumplen una magnífica función si somos capaces de extraer la oportuna lección. Y la gran lección que se desprende de todo esto es menos improvisación y más prevención, menos ocurrencias in extremis y más planificación estratégica. Si lo hacemos bien, la crisis que estamos viviendo será una vacuna.

Los simulacros son preventivos. Cumplen la misión, entre otras, de acostumbrar al ciudadano ante la catástrofe simulada y de corregir los fallos que se observan durante la simulación. Esto que estamos viviendo no es un simulacro, aunque no terminemos de creernos que algo así pueda ocurrir realmente. Pero aunque no sea un simulacro, vamos a extraer todas las lecciones que podamos de la experiencia.

Transformación digital

Todo esto nos sorprende, además, en un momento en el que está sobre la mesa la incidencia del cambio tecnológico en el mercado laboral. Baste como muestra el dato del Foro Económico Mundial (WEF). En su informe “Future of Jobs 2018” prevé la destrucción de 75 millones de puestos de trabajo al realizarse por máquinas casi la tercera parte de las tareas (no sólo trabajos físicos, sino también trabajos intelectuales ligados a tareas rutinarias como captura de datos, contabilidad, gestión de nóminas, etc.). Es decir, volvemos a lo mismo, a la necesidad de una estrategia que racionalice, organice y rentabilice ese flujo estructural entre los trabajos que desaparecen y los que se crean.  

Un elemento más, la adaptación de los recursos humanos a esa gran estrategia que, entre otros, debería asegurar los siguientes aspectos:

  • Análisis crítico de las respuestas por las administraciones públicas a la pandemia.
  • Plan nacional de transformación digital de amplio consenso público-privado, político y social, con estrategia, recursos, determinación de responsabilidades, jerarquización de tareas, programación de velocidades y plazos realistas.
  • El ciudadano como foco destinatario de los resultados de la transformación digital.
  • Implantación de un programa destinado a consolidar un empleado público en permanente adaptación, innovador y propicio al cambio.
  • Prever presupuestos e inversiones acorde con un plan digital que tiene que ordenar la adecuación de las administraciones públicas al profundo cambio de paradigma que encierra la cuarta revolución industrial.
  • Planes de innovación en las administraciones públicas para actuar y emplear tecnologías emergentes, tipo inteligencia artificial, robótica, blockchain, etc.
  • Plan de estrecha colaboración público-privada.

No estamos viviendo un simulacro, pero actuemos como si lo fuera. Extraigamos las mejores conclusiones posibles y pongamos en marcha una estrategia que tenga en cuenta las lecciones aprendidas. Que alguien ponga dos dedos de frente, o de estrategia.


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