05 de Junio de 2020 | 03:12
LEGAL TODAY. POR Y PARA ABOGADOS
 

Herramientas para el texto

Gestión del conocimiento

4 de Diciembre de 2009

Cayo Verres: la pena de los corruptos

La historia de la corrupción –tanto en lo privado como en lo público, tanto desde el punto de vista personal como desde el corporativo- es tan larga como la presencia del hombre en el planeta.

Javier Fernández Aguado,
Socio director de Mindvalue. Fernández Aguado es el único pensador español contemporáneo sobre el que se han escrito más de 150 libros y ensayos. También es conferenciante universalmente invitado en cuestiones de economía y empresa.


Cayo Verres, vivió entre el año 120 y el 43 a.d.C.  Desde el arranque de su actividad política dio muestras de que el respeto a la verdad o la coherencia en sus comportamientos no eran sus fuertes: cuando estalló el conflicto civil que enfrentó a Sila con Mario, optó primero por el último para pasarse luego a las filas del primero.

En el año 80 a.d.C. fue elegido cuestor, y explícitamente convocado por Cneo Cornelio Dolabela para que trabajase bajo sus órdenes -Dolabela era cónsul- en los territorios que le correspondía gobernar en Asia. La solicitud no fue fruto de la casualidad, pues durante dos años, de forma perfectamente coordinada, aprovecharon su posición para esquilmar la provincia en su propio beneficio.

La justicia -entonces y ahora- es lenta, pero en algún momento parece llegar. Verres, hábil en el hurto y también en la comunicación, consiguió que fuera Dolabela el condenado. Esta es la táctica de muchas personas y organizaciones, que tratan de repartir culpas a los demás, tratando con eso de ocultar las propias deficiencias.

Seguro en su posición, Verres, cuatro años más tarde, y gracias a la compra de voluntades, se convirtió en pretor. Y se convirtió en co-pretor, también de Sicilia. Se dirigió, pues, a un lugar donde pudiese incrementar su fortuna. No en vano, esa isla era una de las colonias más rica del imperio. Con su actuación -y recuerda mucho a diversos directivos-killers que he tenido ocasión de conocer en los últimos años-  condujo a la región a una situación económica lamentable. Llevó a cabo una política fiscal desproporcionada y -a quien no se le sometía- le cancelaba los contratos que aseguraban la continuidad de sus negocios. Para aquellos que tenían propiedades, la situación fue aún peor, porque Verres, enamorado del arte, se dedicó al saqueo sistemático de obras de arte, más por su valor económico que por la belleza que tuvieran. Recuerda en esto a figuras como Goering o Goebbels, que seguirían políticas muy parecidas desde sus poltronas en la Alemania nazi.

Imaginativo, como todo buen ladrón, Verres detuvo selectivamente a esclavos pertenecientes a los más ricos propietarios de Sicilia. Condenados a muerte, dio a entender a los dueños que podrían librarse si le abonaban un abundante soborno. A quienes optaron por esa posibilidad les detuvo acusándoles de ser cómplices de la revuelta de Espartaco (que en aquel momento estaba en auge). Sólo salieron de la cárcel tras pagar cara su libertad.

Cuando Verres regresó a Roma, la indignación de los sicilianos les llevó a contratar a Marco Tulio Cicerón con el objetivo de tratar de obtener justicia. Verres se hizo con los servicios de Quinto Hortensio Hórtalo, otro de los letrados de más prestigio en la época. A pesar de que en jurado había un buen grupo que apoyaba al sinvergüenza, Maino Acilio Glabrión, presidente del tribunal, estaba decidido a hacer justicia.

Las maniobras del acusado y de su asesor jurídico por retrasar el juicio unos meses para lograr que fuera Quinto Cecilio Metelo el presidente, no lograron su propósito. Cicerón, a pesar de la premura de las fechas, abrió el caso, desembarcando con innumerables pruebas y testigos.

En previsión de un resultado adverso, más que probable, Verres decidió dirigirse a Marsella, donde residió hasta el 43 a.d.C.

Suele decirse que cuando una persona es acusada, nunca las cosas son blancas o negras. Efectivamente, existe una gama de grises muy amplia. Con todo, hay organizaciones y personas que se comportan con una altanería y una arrogancia tan desproporcionada que, si no son culpables, al menos ponen todos los medios para que se les considere como tales.

Verres se libró con el exilio. Otros, en la actualidad, con años de cárcel. Siempre he considerado que cuando una persona u organización se ha apropiado de lo ajeno, lo realmente relevante es que, antes de pensar en penas o en redenciones, devuelva todo aquello de lo que se apropió. Esto es, al menos, lo que enseña la justicia.

  • Comparte esta noticia en linkedin

 
 

Hemos actualizado nuestra Política de Privacidad. Antes de continuar por favor lea nuestra nueva Declaración de Privacidad. Además utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y poder ofrecerle las mejores opciones mediante el análisis de la navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Para más información pulse aquí.   Aceptar