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15 de Mayo de 2019

Un decálogo para el orador forense

La exposición oral en sala del abogado constituye una tarea nada sencilla en la que se funden aspectos vinculados a diversas disciplinas y cuyo dominio completo difícilmente se alcanza, pues es una tarea con tantos matices que siempre quedará inacabada. No obstante, existen diversas reglas o principios inalterables que pueden ayudarnos a evolucionar en este campo, tan trascendental, de nuestra práctica profesional.

Óscar Fernández León,
Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog


Con esta premisa,  abordaremos, a modo de decálogo, algunas de las reglas más importantes para crecer y con ello mejorar en el campo de la oratoria forense.

Estudia: el buen orador estudia a fondo el caso encomendado, tanto desde la perspectiva de los hechos que lo conforman como desde el ámbito de la norma positiva, doctrina y jurisprudencia aplicables al mismo. Una regla forense no escrita, nos indica que cuando intervengas en sala tienes que saber, como mínimo, lo mismo del asunto y del derecho aplicable que tu adversario, y aspirar siempre a superarlo.  A la hora de actuar en sala, no hay atajos para el estudio.

Prepárate: complementario del anterior, la preparación se refiere a la necesidad de incorporar a nuestros hábitos el empleo de una adecuada gestión del tiempo y una no menos importante organización. Si hay que estudiar, hemos de hacerlo de forma disciplinada empleando todas las herramientas que tengamos a nuestra disposición para que el trabajo cunda y nos encontremos verdaderamente preparados.  

Conoce el auditorio: conocer y analizar al auditorio forense (juez, tribunal, adversario, partes, testigos, peritos, etc.) te ayudará a disponer anticipadamente de una valiosa información que permitirá desplegar durante la intervención una conducta oratoria mucho más eficaz, y ello porque nuestra intervención será más flexible y adaptada al mismo (especialmente al juez), sin olvidar que con ello evitaremos incidencias y situaciones desagradables que no hacen más que obstruir el canal de comunicación que hemos de mantener con el auditorio.   

Estructura el alegato: el informe oral debe cubrir las partes esenciales del caso, y para ello el buen orador empleará las técnicas de división del mismo en partes bien estructuradas que ayuden al propósito persuasivo dando al discurso orden, unidad, coherencia y flexibilidad. La disposición del discurso, u ordenación del material del mismo, es una fase clave del alegato, pues su acertada ejecución nos permitirá exponer en sala con mayores posibilidades de que nuestra intervención consiga llamar la atención del juez.

Argumenta: el buen orador tiene que saber argumentar eficazmente su discurso a través de un ordenado examen crítico de las pruebas y la aplicación del derecho. No en vano, la argumentación, y su hermana la refutación, son las fases esenciales del discurso.  

Crea tu propio estilo: el estilo forense es el aire, modo o el carácter que identifica o personaliza al orador por la forma en la que usa el lenguaje en el foro. Todo estilo forense reúne una serie de características universales que hemos de implementar, pues, alejado de la familiaridad y de la ampulosidad, es tributario de la claridad, sencillez, brevedad, naturalidad y precisión, todo ello en un contexto que invita al respeto, decoro y buenas formas.

Domina el lenguaje verbal y no verbal: a través del lenguaje comunicamos el mensaje de nuestro alegato, por lo que para que la transmisión sea eficaz, es fundamental dominar de ambas modalidades. A través del lenguaje oral empleamos las reglas gramaticales, sintácticas y semánticas, así como en los recursos retóricos para dotar de riqueza al mensaje. Simultáneamente,  mediante el uso del lenguaje no verbal damos forma a la transmisión del lenguaje (voz y movimientos corporales) y acompañamos el lenguaje verbal.   

Domina las reglas procesales: el dominio del marco procedimental en el que interviene el orador es esencial para el desenvolvimiento de la actividad oratoria. El abogado litigante debe ocuparse y preocuparse de dominar de forma absoluta las reglas procesales que lo van a acompañar durante el desarrollo del juicio, conocimiento que constituirá un eficaz aliado para la mejor defensa del interés de su cliente y de su propio crecimiento profesional. De esta forma, el abogado, no solamente ganará en solvencia a la hora de dicha defensa, sino que lo hará en autoestima profesional, de inapreciable ayuda para lidiar con los imprevistos y con el temor escénico que, de alguna forma, todos sufrimos cuando toca ponerse la toga.

Conoce las herramientas auxiliares oratorias: la oratoria pone a nuestra disposición gran cantidad de material auxiliar. Desde las técnicas asociadas al funcionamiento de la memoria, del control de temor escénico y de la forma de dominar la improvisación, hasta técnicas de elocución, dicción y respiración. Conocerse en este campo, detectar nuestras deficiencias, y mejorar mediante el uso de estas herramientas será fundamental para nuestra evolución y mejora.   

Sé humilde: el abogado, como profesional que desarrolla su actividad oratoria en un contexto que demanda una formación técnica extraordinaria y unas habilidades de diversa naturaleza, debe ser humilde, es decir, conocer y admitir sus debilidades, y así aceptar que su práctica profesional es un continuo aprendizaje con el fin de alcanzar un mejoramiento. A través de la humildad no ponemos límites al deseo de crecer mediante un proceso de formación y mejoramiento continuo, tan necesario en la profesión. En definitiva, el abogado humilde sabe que para superar sus limitaciones debe aprender y se ocupa y preocupa de ello. El buen orador debe aprender las reglas de la oratoria forense y aprovechar todas las ocasiones que disponga para perfeccionarlas.   

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