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Nuevas Tecnologías

7 de Mayo de 2015

Todo tiene un precio en Internet

Hace algo más de 10 años empezaron a surgir algunas empresas de internet como Google (1998) y Facebook (2004) con un modelo de negocio realmente innovador y atractivo: el todo ‘gratis’. Este modelo tuvo un impacto muy positivo en nuestra sociedad y abrió la puerta a que otras muchas empresas desarrollaran plataformas y aplicaciones gratuitas en los años sucesivos, como es el caso de Twitter (2006) o WhatsApp (2009).

Eduard Blasi,
especialista en Derecho Tecnológico de Marimón Abogados


Estas empresas, y otras muchas más, han lanzado al mercado servicios de primera calidad sin solicitar el pago directo del producto, y lo cierto es que, como norma general, los usuarios se han mostrado satisfechos con esta fórmula. Sin embargo, en ocasiones éstos han planteado algunas críticas sobre temas relativos a la privacidad. Entre las más recientes, cabe recordar las que tuvieron lugar cuando Facebook cambió su política de privacidad o  Google admitió públicamente que rastreaba el contenido de los emails enviados a través de la plataforma Gmail.

Los usuarios, en definitiva, quieren productos de primera calidad, con un buen servicio y a coste cero, sin preguntarse si esto es posible. Y lo cierto es que no lo es, porque todo tiene un coste en Internet, y no podemos esperar en modo alguno que un buen producto o servicio sea 100% gratuito.

Grosso modo, las empresas de internet, como cualquier otras, soportan sus correspondientes costes de explotación, en este caso derivados del mantenimiento y uso de servidores,  programación y actualización de plataformas, corrección de ‘bugs' (errores de software) e implementación de medidas de seguridad constantes, además de labores de soporte técnico en caso de problemas/incidencias del servicio, por citar sólo algunos que les son específicos.

Habitualmente las empresas de Internet han cubierto estos costes mediante el pago por adquisición de licencias de software, modelo de negocio que ha venido utilizando Microsoft para el uso del sistema operativo Windows. Sin embargo, cuando el producto no supone un coste directo para el usuario, generalmente se utilizan vías alternativas tales como el uso de sus datos personales, convertidos en el "petróleo del siglo XXI", como recientemente señalaba The New York Times. Por tanto, los datos personales son una vía de ingresos para las empresas, ya que, mediante la gestión de los mismos, pueden ofrecer a esos mismos usuarios publicidad relacionada con sus gustos e intereses.

Cuando los usuarios se disponen a adquirir alguno de los servicios de estas empresas, son habitualmente informados sobre el tratamiento que se va a dar a esos datos. Pero lo cierto es que los términos y condiciones relativos a ese tratamiento son generalmente aceptados de forma automática, sin que nadie o casi nadie preste atención a su contenido y a lo que éste obliga. Todo este trámite se salda con una expresión afirmativa junto a la leyenda: "he leído y acepto la política de privacidad".

El sentido común nos dice -al igual que el sentido del Derecho- que los usuarios deberían  siempre leer y prestar atención a las políticas de privacidad de los productos o servicios que adquieren para conocer exactamente qué se hace con sus datos, y aún más, si se trata de productos o servicios gratuitos. En este sentido, tras leer la política de privacidad de la plataforma o aplicación gratuita, podría suceder que el uso de los datos personales fuera excesivo y el producto o servicio que se fuera a adquirir acabase resultando verdaderamente "caro".

A nuestro juicio, resulta francamente alarmante la forma en que se aceptan las políticas de privacidad y condiciones de las distintas plataformas y softwares. A este respecto, resulta elocuente el experimento que la empresa Gamestation realizó con sus usuarios el  1 de abril de 2010, coincidiendo con el día de los inocentes anglosajón. En su plataforma online, dentro del apartado "términos y condiciones", decidió incluir una cláusula que establecía que se reservaba el derecho a exigir el alma de sus clientes cuando quisiera. El resultado fue que el 88% de los usuarios aceptó ceder su alma a la empresa aquel día. Aquel caso, ciertamente, fue una "broma", pero resultó reveladora acerca de la laxitud de los usuarios respecto a la cesión inconsciente que hacen de sus datos.

Hay que decir también que toda la responsabilidad no es solo de los usuarios. Existen todavía muchas plataformas y softwares que carecen de políticas de privacidad, y los que las contemplan, frecuentemente son oscuras y poco transparentes, lo que dificulta enormemente la lectura y la comprensión de las mismas. Las políticas de privacidad deben por tanto ser claras, comprensibles para todos y muy visuales (con logos o iconos), tal como se apunta desde la UE. Es importante destacar que, en estos últimos años, algunas empresas como Facebook han realizado notables avances en materia de información a sus usuarios, pero el camino por recorrer es aún largo.

Con todo ello, cabe concluir que los usuarios deben tomar conciencia, ante la adquisición de productos y servicios gratuitos, del personal e infraestructura que frecuentemente hay detrás de ellos y del coste que comporta su mantenimiento. Considerando todo ello, es probable que se realice algún uso posterior o cesión con los datos personales recabados, por lo que resulta imprescindible prestar especial atención a las políticas de privacidad antes de aceptarlas. No hace falta recordar que lo que asumimos y aceptamos en este tipo de servicios online, aun sin haber leído el contenido correspondiente, tiene carácter de contrato y, por tanto, quedamos sujetos a su cumplimiento.

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