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"Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa", con esta aparente contradicción apuntaba Ortega y Gasset a principios del siglo XX la patología que, a su juicio, padecía la sociedad que le rodeaba. Aunque Excel lo aguanta todo, cien años son quizá muchos para calcular un flujo de fondos, pues me dicen los colegas financieros que a partir de 30 o 40 años el valor actual ya sale cero; sin embargo, una centuria no altera en absoluto la incertidumbre connatural al ser humano.
Es curioso que sea necesario reducir los períodos de tiempo para calcular con mayor exactitud lo que valen las empresas, mientras que haya que alargarlos para que maduremos las personas.
El tiempo pasa y la perplejidad permanece. ¿O es que acaso sabemos hoy responder mejor a la pregunta: a qué atenernos, qué merece verdaderamente la pena, a qué baza apostar nuestra vida?
Una de las características que mejor definen las necesidades de nuestro ahora es la prisa, fruto de la inmediatez con la que deseamos obtener los resultados de nuestras acciones y pasiones. Hemos trasladado esa aceleración exagerada a las organizaciones en las que trabajamos, y lo que es aún más incisivo, a las familias en las que vivimos. Las repercusiones no se han hecho esperar:
Todas estas son actitudes, disposiciones del alma, que fluyen de las creencias y afectos que tiene cada persona. Y es ahí donde se dirime realmente el partido entre el cinismo (que sólo se alimenta del presente y cuyo uniforme es la resistencia a creer en la sinceridad y bondad de los motivos y acciones humanas) y la integridad ( que encara lo que aún no existe y apuesta por la honestidad y justicia, propias y ajenas). Se trata de un juego demasiado importante como para dejarlo en manos de un tercero.
Esa necesidad de tiempo que hemos expulsado por la puerta de la prisa, vuelve a entrar por la ventana de las expectativas (que empieza con e como esperanza), y es que las personas nos alimentamos tanto de realidades como de ideales. Vivimos cara al futuro; sin embargo, nos entendemos mirando hacia atrás. La esperanza estriba, justamente, en que, como advierte Pascal, "el hombre ha nacido para pensar; además ni por un momento está sin hacerlo".
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