El Debate
2 de Enero de 2008
Tratado de Lisboa
El 13 de
diciembre de 2007, los 27 miembros de la Unión Europea se reunieron en la
capital portuguesa para firmar un documento, que pretende ser la carta de
navegación de la futura UE. El Tratado de Lisboa intenta restañar las heridas abiertas
por la fallida Constitución en 2005 y devolver al continente su liderazgo
internacional. Pero no todos los fantasmas parecen haberse conjurado, a pesar
de la energía desplegada por los mandatarios en aquel evento. ¿Es realismo o
"euroescepticismo" lo que destilan las críticas al nuevo texto?
A favor
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Rafael Domingo
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Después de su
travesía por el desierto, la Unión Europea ha logrado alumbrar un nuevo texto que debe allanar el camino para profundizar
las relaciones políticas entre los estados miembros. Los 27 se reunieron el
pasado 13 de diciembre, en la capital portuguesa, para firmar un tratado que
pretende silenciar el creciente euroescepticismo que viene apoderándose de la
opinión pública, la cual ha visto con sorpresa y preocupación cómo el rechazo
popular de algunos países a la Constitución Europea sumía el proyecto en la
introspección y en el pesimismo.
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Gracias al
Tratado de Lisboa, los Estados contarán con una herramienta potentísima para
tratar temas vitales, tales como: una política exterior común, el cambio
climático, el terrorismo y la inmigración. La fórmula adoptada recoge las
lecciones aprendidas en 2005, tras el descalabro de los referendos de
ratificación de la Carta Magna en Holanda y Francia. Busca un acercamiento
menos frontal, sin ropajes constitucionales, retomando la esencia y los
compromisos del texto aprobado en Roma en 2004.
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Los 27 han
establecido una ley no escrita, según la cual la ratificación del Tratado de
Lisboa se hará en cada país sin la necesidad de referendo (con la excepción de
Irlanda, ya que su legislación interna la obliga). Esto permite abstraer el
proyecto europeo de las luchas partidistas dentro de los estados miembros,
donde se encuentran minorías que podrían usar la llamada a las urnas para
entorpecer todo el proceso comunitario.
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Una de las
bondades del texto lisboeta es su apuesta por una Europa más eficaz, con métodos de trabajo y votación
simplificados, instituciones modernas y adaptadas a la Unión de los 27, así como
mayor capacidad para actuar en los ámbitos prioritarios para los países que la
integran. Entre ellos, cabe destacar la creciente pérdida de poder estratégico
que estaba sufriendo Bruselas, a causa de su proverbial indecisión en materia
de seguridad internacional. Casos como la división de opiniones ante la guerra
en Irak o la lenta reacción ante la guerra en los Balcanes fueron tenidos en
cuenta a la hora de diseñar este nuevo texto. Máxime cuado la UE deberá plantar
cara a retos como el actual asedio energético ruso, la competencia económica
con China, la entrada de Turquía y un nuevo acercamiento a la realidad
africana, si quiere asumir un papel de primer orden en el espacio global.
En contra
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David Baquero
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El
Tratado de Lisboa resume algunos de los principales defectos que han aquejado a
la Unión Europea desde su nacimiento, en el año 1993. Su laberíntica estructura
jurídica deja su impronta en un texto de 323 páginas (en su versión española,
si contamos los protocolos y las declaraciones). Pero eso no es todo, pues el
fracaso de los referendos de ratificación en Francia y Holanda en 2005, provocó
que la nueva iniciativa abandonara la idea de Constitución, para pasar a ser un
tratado que reforma otros, lo cual convierte su aplicación en un complejo
ejercicio de "encaje de bolillos legal" sujeto, además, a múltiples aristas y
recursos que pueden paralizar el proceso en el punto menos pensado.
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Otro
asunto, que despierta grandes interrogantes, es el hecho de que el texto
lisboeta no esté libre de correr la misma suerte que el tratado de Roma de
2004. Irlanda y Bélgica pueden poner en vilo todo el proyecto comunitario. La
isla cuenta con una legislación interna que obliga al gobierno a llevar este
texto a las urnas mediante referendo. El problema es que las encuestas calculan
que las probabilidades de que la iniciativa sea rechazada son muy altas (sólo
el 20% dice apoyar el proyecto). Si los malos presagios se confirman, ¿qué
legitimidad puede tener un Tratado -que presume de ser el gran texto comunitario-
si es derrotado en las urnas?
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La otra
caja de Pandora es Bélgica, donde la ratificación debe aprobarse en siete de
sus cámaras regionales o federales. La política interna del País Bajo es un verdadero
quebradero de cabeza, hasta el punto de que no se ha podido establecer un
gobierno en seis meses, a causa de la división interna que sufre este miembro
fundador de la UE. Es muy difícil predecir cuál sería el destino de Europa si valones
y flamencos deben ponerse de acuerdo para aprobar el tratado.
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Como
colofón, queda el mal disimulado desdén que el gobierno Inglés ha mostrado por
el Tratado de Lisboa. El primer ministro, Gordon Brown, firmó el texto dos
horas después que sus colegas y en solitario, dando a entender que sigue con el
planteamiento de euroescepticismo, tradicional en los políticos londinenses,
que ni confrontan ni alaban el fortalecimiento de la Unión. Puro pragmatismo
preeuropeo. Indiferencia cuando mucho y pocas ganas de arrimar el hombro cuando
las cosas se tuerzan. El Tratado de Lisboa, desafortunadamente, no parece dar
respuestas a estos inconvenientes, ni cortar con los principales vicios que han
hecho de la Unión Europea la eterna candidata a fungir como una verdadera global player.
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[ 2 Comentarios ] Pagina 1 de 1
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2 castguer 2008-12-05 10:33:45
Una mera reseña a este importantísimo tema cuya resolución nos indicará "el precio" del ciudadano europeo.
El “Tratado de Lisboa” (mera reformulación, salvo en aspectos formales y muy secundarios, del proyecto constitucional fallido) se convirtió así en el “Plan B” que debía superar el impasse de los referendos francés y holandés pero, de nuevo, su rechazo popular en Irlanda[ http://worldtv.com/tratado_de_lisboa_tv/ ] ha vuelto a colocar contra la pared a unas élites europeas que insisten, sin embargo, en pasar por encima de ese resultado para alcanzar su aprobación definitiva antes de la convocatoria de las elecciones de junio de 2009 al Parlamento Europeo. Para ello deberían, sin embargo, bien obligar a Irlanda a un nuevo referéndum (como pretende Sarkozy, pese al escándalo que ello supondría, teniendo en cuenta además la violencia ejercida contra el mismo pueblo irlandés con el segundo referéndum sobre el Tratado de Niza ), bien replantearse el criterio de la unanimidad para seguir adelante con el mismo estableciendo algunas cláusulas especiales para ese país; o, en todo caso, potenciar con mayor razón el Eurogrupo o/y las cooperaciones reforzadas dentro de una “geometría variable” convertida ya en norma de funcionamiento y pragmatismo. Pero, dado que esa encrucijada se plantea en el marco de una “tormenta global” y de la crisis de legitimidad que afecta a la propia UE, lo más probable es que la credibilidad del “proyecto europeo” siga perdiendo adeptos.
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1 castguer 2008-12-05 10:06:07
Una mera reseña a este importantísimo tema cuya resolución nos indicará "el precio" del ciudadano europeo.
El “Tratado de Lisboa” (mera reformulación, salvo en aspectos formales y muy secundarios, del proyecto constitucional fallido) se convirtió así en el “Plan B” que debía superar el impasse de los referendos francés y holandés pero, de nuevo, su rechazo popular en Irlanda[ http://worldtv.com/tratado_de_lisboa_tv/ ] ha vuelto a colocar contra la pared a unas élites europeas que insisten, sin embargo, en pasar por encima de ese resultado para alcanzar su aprobación definitiva antes de la convocatoria de las elecciones de junio de 2009 al Parlamento Europeo. Para ello deberían, sin embargo, bien obligar a Irlanda a un nuevo referéndum (como pretende Sarkozy, pese al escándalo que ello supondría, teniendo en cuenta además la violencia ejercida contra el mismo pueblo irlandés con el segundo referéndum sobre el Tratado de Niza ), bien replantearse el criterio de la unanimidad para seguir adelante con el mismo estableciendo algunas cláusulas especiales para ese país; o, en todo caso, potenciar con mayor razón el Eurogrupo o/y las cooperaciones reforzadas dentro de una “geometría variable” convertida ya en norma de funcionamiento y pragmatismo. Pero, dado que esa encrucijada se plantea en el marco de una “tormenta global” y de la crisis de legitimidad que afecta a la propia UE, lo más probable es que la credibilidad del “proyecto europeo” siga perdiendo adeptos.
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