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Brexit, ¿repetimos el referéndum?

25 de Enero de 2019

La toma de decisiones es consustancial con el devenir vital del adulto. Si nos acercamos al diccionario de la RAE, encontraremos como segunda acepción del término adulto: “llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. Una nación adulta”. Se considera adulto por lo tanto a la persona que basándose en su propia experiencia y habiendo alcanzado cierto grado de cultura y refinamiento se convierte en sujeto de derechos y deberes desde un punto de vista jurídico. Y todo ello por el inexcusable hecho de deber y poder actuar tomando decisiones que afecten a todas las áreas de su periplo vital.

Pedro Lacal Cuenca,
Psicólogo II.PP


En la definición del término transcrita aparece, no de manera sorprendente, la anotación "una nación adulta". Creando un paralelismo incontestable entre el ámbito personal y el social en el que los individuos humanos, como seres racionales, desplegamos nuestras habilidades, opiniones y acciones y cultivamos nuestra esfera emocional de apego y pertenencia. Dentro de estos grupos de pertenencia, al que hemos dado en llamar nación, y cuyas características fundamentales son las de territorio, origen, tradición y generalmente mismo idioma, podríamos incluir  la forma de gobierno con que se ha dotado. Abundando en las formas de gobierno con que se caracteriza una nación nos encontramos con la democracia como una de ellas, cuya propiedad principal sería la doctrina política en favor del sistema de gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía mediante la elección libre de sus dirigentes.

Las anteriores premisas, presentadas como aseveraciones, devienen opinables desde el momento en que forman parte de la creación humana y asumen, por lo tanto, su imperfección. Cualquier decisión llevada a cabo por un ser humano presenta aspectos controlables, semicontrolables  e incontrolables. Las decisiones no se presentan como buenas o malas. Las decisiones son tomadas por su propia naturaleza en un momento determinado, en base a unos datos habitualmente incompletos, máxime si en la toma de decisión incluimos algún tipo de presencia emocional, y ello no porque las decisiones tomadas desde el sentimiento puedan calificarse como irracionales sino porque se convierten en humanas. La misma imperfección admitida en el ser humano se extrapola al grupo de pertenencia y por lo tanto se convierte en criticable por imperfecto. Tomando como base la imperfección del ser humano y los aspectos incontrolables en la toma de decisiones, podemos calificar estas de absolutas por su conclusión y falta de retorno o provisionales y por lo tanto modificables.

Concentrando todas estas premisas en el caso del Brexit, salida del Reino Unido de la Unión Europea, los servicios jurídicos de la Unión han calificado la decisión tomada por una mayoría escueta de los habitantes de esta nación como provisional y por lo tanto modificable, atendiendo a la realidad de que tanto la imperfección como las consecuencias de dicha decisión pueden ser rectificadas durante el plazo temporal fijado para su puesta en acción. Por desgracia para un inmenso número de decisiones, tomadas tanto por particulares como por colectivos, esta posibilidad no existe. En el caso que nos ocupa si lo es, y aquí estriba la grandeza de la Unión, ofreciendo la posibilidad de rectificación y vuelta atrás de una decisión que tomada sin toda la información necesaria e influida por emociones que no permiten un sosiego racional pueda ser retrotraída a su momento inicial,  sirva de aprendizaje en el camino utópico de la perfección.

 

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