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¿De verdad que no podemos opinar?

2 de Noviembre de 2018

La reciente polémica relativa a las declaraciones de un juez de violencia de género sobre la mujer, tomadas a micrófono abierto cuando evidentemente creía que nadie más allá de sus interlocutores le escuchaban, hace que nos planteemos si no estamos yendo demasiado lejos en este gran hermano orwelliano que las nuevas tecnología permiten.

Pedro Lacal Cuenca,
Psicólogo II.PP

Puerto Solar Calvo,
Jurista de Instituciones Penitenciarias


Primero ¿De verdad alguien puede asegurar ser la misma persona las veinticuatro horas al día? Si somos jueces, se presupone que llevamos el traje de juez siempre; si somos vendedores no podemos quejarnos nunca de nuestros clientes; si, como es nuestro caso, nos dedicamos a la valoración conductual de las personas privadas de libertad, jamás hablamos inadecuadamente de ellas. Lo sentimos, pero estamos más de acuerdo con la frase del desaparecido Enrique Urquijo, cuando en una de sus canciones trata de explicar la decepción que provoca en una chica, recordándole eso de "cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario". En definitiva, el ser humano es contradictorio por naturaleza, pensemos no sólo en nuestra evolución personal a lo largo de los años, sino en lo que podemos decir hoy y hemos dicho no hace mucho ¿En serio no nos sorprendemos por cómo cambiamos según el contexto en el que nos situamos? Quien diga que no es que no se ha observado lo suficiente.   

Segundo, aunque no se hubiera producido la grabación y pensando en otros casos, esto es, generalizando, hay algo que se llama libertad de pensamiento y expresión. Queremos decir que nosotros, como cualquier otro profesional, podemos tener una opinión sobre todo y no sólo podemos expresarla en la intimidad de nuestras casas, sino que tenemos el derecho de hacerlo en público, con independencia de aquello a lo que nos dediquemos, como meros ciudadanos. El pensamiento no delinque, el pensamiento fundado enriquece y expresarlo nos hace mejorar como seres humanos. La profesionalidad del que opina, del que ha opinado, no ha de medirse nunca por la calidad de esa opinión, sino por si, a pesar de ella, es capaz de ejercer su profesión de acuerdo con la norma y con la imparcialidad necesaria. Por cierto, "existen unas grabaciones de la conversación que junto con su defendida tuvo la abogada poco antes de entrar en el juzgado de violencia de género". Evidentemente, esto es una fake news, pero no lo duden, a alguien le han temblado las piernas al leerla.

Tercero y último, al hilo no sólo de las declaraciones del juez antes referidas, sino pensando también en las tan traídas y llevadas declaraciones de nuestra Ministra de Justicia. Existe la intimidad, el derecho a la intimidad, y en virtud de ese derecho, todos, absolutamente todos, conservamos nuestra parcela de intimidad más o menos reducida. En el caso de la ministra, los receptores de la conversación eran cuatro; en el caso del juez, dos; en otros casos, esa intimidad no implica a nadie más que a nosotros mismos. Quien juzgue por lo que se hace en estos espacios vitales reservados se equivoca porque, repetimos, prescinde de los matices y del primero de los aspectos que hemos señalado.

Sin duda, en uno y otro caso, las declaraciones que hemos escuchado pueden ser tachadas de poco apropiadas, de poco adecuadas para personas que, seguro, son capaces de dar la mejor de las tallas personales y profesionales. Pero si prescindimos de lo antes dicho y no atendemos a los matices, estamos muy cerca de hacer revivir una inquisición laica, absolutamente aconfesional, pero, como todas, ideologizada, fundamentalista y profundamente injusta.

Queridos lectores, cerremos el círculo ¿Saben sus maridos y sus esposas lo que dijeron de ellos y ellas en aquella ocasión? ¿Saben sus amigas y amigos aquella opinión que públicamente expresaron? ¿De verdad creen que la reunión de noche buena , navidad, año nuevo, noche vieja, cumpleaños, aniversario, soportaría la reproducción sonora de nuestros comentarios sobre alguno de los miembros que va a participar en el evento, justo antes del inicio del mismo? La falta de hipocresía es liberadora, mentalmente liberadora. Quizá debiéramos practicarla, al menos como ciudadanos, un poco más a menudo.  


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