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Evolución de las cárceles de Cervantes a los calabozos actuales

El Colegio de Abogados se moviliza para reivindicar el derecho al "Habeas Corpus"

22 de Noviembre de 2016

En 1592, Cervantes acabó en la cárcel de Castro del Río. En 1597, paso por la cárcel de Sevilla y, en 1602 terminó, brevemente, en un calabozo.

Manuel de Cristobal,
abogado


En aquella época se podía terminar en la cárcel por múltiples causas, muchas de ellas injustas. Los medios de prueba no eran los de hoy en día, y el proceso ligeramente más duro. No es de extrañar que el paso por semejantes lugares generara dudas, resquemor y odio hacia el poder y hacia los sujetos que, en su nombre, ejercían la fuerza.

Hoy, en día, si comparamos el número de detenciones sin paso por calabozos con el número de detenciones con paso por calabozos, podríamos pensar, si somos mal pensados, que el choque de las palabras "está detenido" se utiliza como sistema para amedrentar o intimidar al interrogado, tanto más si, además de decirle "está detenido" se le esposa, pasa por huellas, con el comentario al oído de un policía mayor que susurra: ¿pero cómo te has metido en esto.

Pero debemos considerar que el fin justifica los medios y que la inmensa mayoría de quienes son sometidos a este trato son culpables y terminan con una condena. Si no fuera así, el grupo de los indignados deberían potenciar estos métodos.

De toda su interesante vida carcelaria, pues conoció a importantes personajes, y debió de vivir y oír cosas realmente interesantes, Cervantes sólo nos relata breves retazos, ninguno significativamente realista, ni excesivamente fantástico, como si no supiera nada de ese mundo o quisiera olvidarlo.

He visto los "depósitos de presos", denominación que aún se sigue usando. Existe uno en Pedraza de la Sierra (Segovia), Se trata de un hoyo cuadrado en el sótano de la torra-cárcel. Allí los presos en cuerda eran arrojados literalmente y con una cuerda eran literalmente extraídos. Según los archivos aquel lugar nunca fue limpiado, y no era solamente un agujero excavado en la piedra sobre la que se construía la torre.

La inmensa mayoría de los detenidos a los que he asistido, no se han quejado de los servicios higiénicos. Puede que suene un poco escatológico, pero no los han necesitado excesivamente. El cuerpo humano soporta perfectamente 24 ó 48 horas sin acudir al servicio. A modo de ejemplo, recuerden los últimos viajes turísticos o el último vuelo en avión a Buenos Aires o Nueva York. Si a ello le sumamos las pocas ganas de comer y aún menos de beber, entenderemos esta falta de quejas. También es posible que los servicios de los calabozos de las comisarias sean un santuario de limpieza y buen olor. Siendo lógico que un detenido se queje ligeramente de los servicios, de la comida y de la bebida, pero no siendo habitual, tal vez el nuevo Ministro del Interior aún tenga algo de margen para poder recortar su presupuesto, o puede que la situación general genere otras quejas y otras angustias infinitamente más graves de las que, si no terminan  ni en una condena ni en una indemnización, resulte posible  insinuar que terminan en una injusticia real, legalmente admitida.

La situación ha mejorado desde la época de Cervantes pues todo detenido podía evitar la tortura mediante la confesión, motivo por el cual, todos eran culpables. Entonces no se planteaba la cuestión de los errores.

Cervantes, durante sus "estancias a costa del Estado", trabó contacto con personajes muy interesantes. Conoció a Alonso Álvarez de Soria, noble, poeta y hampón, en el sentido actual de la palabra;  a Cristóbal de Chaves, abogado de la Real  Audiencia de Sevilla; y a Mateo Alemán, camarero de Monseñor Giulio Acquaviva.

Actualmente, las cosas han cambiado. Los muchachos del botellón son detenidos por agentes duros como el bronce. Se les inmoviliza en la calle y se les cachea con los mismos guantes con los que  se cacheó a los adictos que se dirigían a Las Barranquillas o a Las Diez Mil Viviendas. También son esposados con las mismas esposas, y conducidos en los mismos camiones. Los Alonso Álvarez, Cristóbal de Chaves o Mateo Alemán, hoy, en día, serían detenidos en su casa, con la calefacción encendida, podrían sentarse en su sillón mientras se le informa de las causas de la detención por Unidades Especiales del Crimen Organizado o de Delitos Económicos, y conducidos en un turismo, sin esposar, terminarían en un lugar de "detención de cortesía" y serían rápidamente trasladados, en otro turismo a presencia judicial. Hoy, Cervantes, jamás entraría en contacto con Mateo Alemán en una cuerda de presos.

Cervantes estuvo en cárceles comunes, con personas que tenían deudas, habían cometido pequeños hurtos, múltiples asesinatos, etc., es decir, lo normal de la sociedad de su época. Estaba separado de los muchos más peligrosos presos, sometidos a la Inquisición, por haber blasfemado, así como de las prostitutas, adúlteras y bígamos, porque tratándose de estos últimos,  la Inquisición era mucho más igualitaria que la justicia civil, detenía a hombres y mujeres por igual, mientras que la justicia ordinaria, preferentemente detenía hombres.

Hoy, en día, se ha mejorado notablemente. La Inquisición ha desaparecido, no se detiene a nadie por atentar contra los designios del cura del lugar, sino por "ofensas a la autoridad" o "desobediencia a la autoridad", es decir, cosas infinitamente más objetivas y demostrables, acordes a los tiempos actuales.

Los detenidos, ya detenidos esposados, etc, no son peligrosos, y si lo son, tienen atención médica. En caso de síndrome de abstinencia, acude el médico; en caso de locura, acude el médico; en caso de "delirium tremens", acude el médico; en caso de síndrome de abstinencia por no poder fumar, se les brinda la ocasión para que dejen de hacerlo.

Y, de este modo, pasito a pasito, con nuestro detenido, volvemos a la cuerda de presos, ahora en un furgón, con compartimentos separados, normalmente a oscuras o con muy poca luz, con asientos duros y amortiguaciones mal conservadas, si es que conservan algo de su capacidad originaria, para ser trasladados a presencia judicial. Y cuando piensan que todo va a terminar, en la mayoría de las ocasiones, vuelven a ser esposados, conducidos por oficiales con guantes especiales, de esos con bolsas sobre las falanges, por protección, de color negro como los restos que contienen de conducir a 1.000 detenidos, no todos limpios, y de 100.000 cacheos, no todos de personas sanas y aseadas. El detenido, con su ropa sucia de dos días, que se ha arrastrado por las tablas y los hormigones de cientos de predecesores, peores que él, que te has arropado con una manta no desechable, lleva todo un día sin ganas de comer, ni beber, que no ha ido al servicio desde que le detuvieron, y que se presenta, no sólo lleno de temores, sino con las malas influencias y consejos de no se sabe que estafador, narcotraficante o asesino. Y termina declarando delante del oficial del Juzgado, abandonando toda esperanza de que tu palabra llegue directamente a quien decide, rezando para que el tamiz del intermediario, entre el, pobre mortal, y quien decide sobre tu vida y su destino, le sea favorable.

Existen mal pensados, gente que dice saber de estadística, que todos sabemos que no es una ciencia, que llegan a conclusiones curiosas. Dicen estos presuntuosos que quienes declaran ante el oficial lo hacen porque ya se ha decidido ponerles en libertad. Entonces ¿por  qué se les ha detenido? ¿por qué se les ha  retenido durante 24 horas? ¿por qué se les ha esposado, re-esposado, fichado, cacheado, etc.?

Existen quienes sostienen, aprendices de procesalista, que el Juez decide sólo por el atestado de la policía, luego, si solo con esos datos les corresponde la libertad, es mejor no perder el tiempo en su declaración y dedicarlo a casos importantes, problemáticos o dudosos. ¿Si estaba claro en los papeles para qué se les ha detenido?

 Incluso existen algunos puristas que sostienen que se decide solamente con las alegaciones de una parte, la policía. Si el juez instructor no puede juzgar lo que instruye, al estar contaminado por la instrucción, en el mejor de los casos, la policía se encuentra más contaminada que un Juez de instrucción.

Hemos mejorado mucho. A fin de cuentas, en época de Cervantes, ver al Juez implicaba ver al Juez, al Secretario para que levantara acta fehaciente y al verdugo, que aplicaría las prácticas normales, las que legalmente correspondían a la ocasión, conforme a las más avanzadas corrientes humanistas de la época.

El sistema ha mejorado mucho, y es preferible confiar en la impresión que le demos al oficial, que  ver al Juez, al Secretario y al verdugo, y declarar bajo tortura, pero hacerlo con la vejiga llena, estreñido, sin haber comido, ni haber podido conciliar el sueño, no un estado aceptable para poder declarar.... delante de un oficial, esposado, escoltado por dos guardias civiles, y sin poder delegar el alegato en el abogado.Pero tal vez sea inevitable.

Ahora, llega el Colegio de Abogados y se moviliza para luchar por el derecho al "Habeas Corpus", por una supuesta vulneración sistemática del derecho de los detenidos a comparecer inmediatamente frente al Juez. Si Cervantes levantara la cabeza...


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