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Artículos de Opinión

La sociedad de la transparencia

14 de Junio de 2016

La ‘carrera’ hacia la transparencia no se regula intercalando zonas oscuras, pero tampoco sobreabundando datos que convierten la nitidez en deslumbramiento
Nuestros actuales males y perversiones en la vida política pasan por superar la crisis de gobernanza, cuyo debate está presidido por la patente amenaza de falta de ética

José Molina Molina,
Doctor en Economía, Sociólogo, Miembro de Economistas Frente a la Crisis.
Autor del libro: “Ciudadano y Gasto Público” Editorial Aranzadi 5ª edición


Los impulsos de más transparencia y participación se enfrentan con quienes piensan que, sin espacios propios viven como en ‘campos' y que la desaparición de la intimidad es un nuevo totalitarismo --como divulga el filósofo alemán, de origen coreano, Byung-Chul Han-- por lo que levantan una bandera contra lo que denominan ‘el infierno de lo igual'. Ante estas manifestaciones es recomendable avanzar con sumo cuidado, porque todo cambio cultural necesita situar los límites y las diferencias.

Vivimos en espacios desajustados. Exigir información a los gobernantes es fundamental, pero si la respuesta es lanzar hacia el ciudadano una sobrecarga de información, como el que arroja datos a un contenedor, el resultado es igual que cero informaciones porque, al sobreabundar los datos superponiéndose unos a otros, el ciudadano tiene muchas reseñas, pero ninguna información. Es lo que el periodista y filósofo Ignacio Ramonet llama ‘la nueva censura' y, también, de algún modo es la alerta que emite Byung-Chul en el sentido de que la ausencia de negatividad convierte a la transparencia en "una nueva palabra para la uniformación". Pareciera que se quiera totalizar el concepto de la transparencia hasta convertirlo en un fetiche.

La sociedad de la transparencia es sociedad de la información, y la información no aspira al poder sino a la atención, ‘estar al tanto de lo más significativo de la vida de cada uno' para que la verdad no sea un contraste vacío que llene de contenido la apariencia. Nuestro mundo no necesita que le ‘engendren nuevas verdades', sino que la luz haga que la oscuridad no esté presente en la vida social. Es la hora de eliminar el maquillaje y salir a la vida sin postizos. No juguemos más con máscaras y roles. Iniciemos el discurso del corazón, como nos recomendaba Rousseau.

Es verdad que, como casi todo en esta época de ‘la comunicación instantánea', la cultura de la transparencia camina muy deprisa. De ahí que la transparencia precise que las instituciones se coordinen para evitar desajustes en los espacios sociales, provocados por la transición, deprisa, deprisa, de una sociedad opaca y cerrada a otra en la que la participación es un valor democrático, hoy complicado de concordar en el panorama anterior. Es el momento de analizar los desajustes porque hay mucho por novar y por reformar, sí, ya que la entrada de información en la vida de la ciudadanía sin un método educativo provoca falta de confianza, como se aprecia en las redes sociales donde no encontramos sentido de comunidad y sí acumulación de egos, incapaces de una acción común, de un nosotros.

Falta el espíritu, la explotación conjunta de lo social, para una nueva dialéctica de la libertad donde no existan muros mentales, ni de clase, ni de género, ni étnicos, ni religiosos. En la exposición de motivos de la nueva Ley de Transparencia de la Región de Murcia (Ley 7/2016) se dice que es "un reto actual, recuperar la confianza de la ciudadanía en las instituciones... y para conseguirlo es imprescindible mejorar la calidad de la democracia". Es decir que, además del voto, hay que ejercer el derecho a saber, participar y colaborar activamente en las decisiones del poder.

Esta ley nos señala que seamos vigilantes para tener unas instituciones libres, sin grupos de interés que gobiernen en la sombra y nos arruinen luego con sus agujeros negros, por lo que también amplía los principios generales --de nueve a diecinueve-- con el deseo de construir un modelo que elimine confusiones. Porque la ‘carrera' hacia la transparencia no se regula intercalando zonas oscuras pero tampoco con la sobreabundancia de datos que convierten la nitidez pretendida en un deslumbramiento que nos impide ver con claridad que nuestros actuales males y perversiones en la vida política pasan por superar la crisis de gobernanza, cuyo debate democrático está presidido por la patente amenaza de falta de ética.

'Por qué la transparencia' (Aranzadi, segunda edición) está en imprenta y sale a la calle en septiembre.


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