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Schopenhauer, ara o mai

19 de Septiembre de 2017

Como era previsible, conforme se acerca al 1 de octubre, el discurso político se desvanece progresivamente del espacio público, ocupando su lugar un lenguaje de naturaleza procesal, sin duda más desabrido pero mucho más eficaz cuando las conductas se sitúan al margen de la legalidad.

Raúl C. Cancio Fernández,
Doctor en Derecho. Letrado del Tribunal Supremo. Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación


Pero incluso, en el marco de una dialéctica tan objetivable como la que ofrece el Derecho, llega un momento en que la discusión - incluso la puramente jurídica- se torna abocada al fracaso cuando uno de los litigantes abandona el discurso racional para situarse en el plano de la fe, del sentimiento, en definitiva, de la emoción. Cualquier pretensión política/legislativa justificada al socaire del principio democrático puro y no ponderado -«El Parlamento, en atención al mandato mayoritario del pueblo de Cataluña, asume la plena representación soberana de los ciudadanos una vez que se han agotado todas las vías de diálogo y negociación con el Estado»- ignorando el bastidor legal al que todos los poderes públicos y los ciudadanos deben someterse en una suerte de déjà vu bodinista, supone una involución inaceptable en pleno siglo XXI. No hay democracia legítima que pueda estar por encima de lo que le da pleno sentido: la ley, que en un sistema democrático, es la única forma de garantizar los derechos y deberes de los ciudadanos y preservar la convivencia allí donde concurren intereses contrapuestos.

En esta coyuntura, ya no se trata de discutir en pro de la verdad, sino de apuntalar ad nauseam la tesis propia. Y en este sentido, no deja de ser poético que un hispanófilo entregado como fue Arthur Schopenhauer, sea el modelo seguido por los principales propagandistas de «procés», para tener razón tanto lícita como ilícitamente -por fas y por nefas- , en una dialéctica erística directamente tributaria de muchas de las treinta y ocho «estratagemas de mala fe» que el filósofo de Danzig reunió en su Arte de tener razón (1864).

Fíjense y reparen en la vigencia de estos ardides redactados hace casi dos siglos. En la estratagema octava, Schopenahuer aconsejaba desplegar la provocación que el ejecutivo intenta eludir un día y otro también: « obcecado por ella, no estará en condiciones apropiadas de juzgar rectamente ni de aprovechar las propias ventajas. Se le encoleriza tratándole injustamente sin miramiento alguno, incomodándole y, en general, comportándose con insolencia».

En segundo lugar, el argumentum ad verecundiam [argumento al respeto] supone que en vez de razones,  se empleen en el debate autoridades o mantras: «Kosovo», «mandato del pueblo», «derecho de decidir» o «justicia internacional».

Para este tipo de antagonista, es también muy cara la utilización del consejo trigésimo segundo, una forma infalible de invalidar o, al menos, hacer sospechosa una afirmación del adversario, subsumiéndola bajo una categoría aborrecible con la que pueda tener alguna semejanza: reductio ad «fachium».

La invocación de sofismas es asimismo una característica arquetípica de este soberanismo sentimental: «el Tribunal Constitucional es, en teoría, el máximo intérprete de la Constitución, pero en la práctica no es más que un títere en manos del ejecutivo». Argucia clásica y falaz, no en vano, lo que es cierto en teoría tiene que serlo también en la práctica: si no lo es, hay un fallo en la teoría.

«Frecuentemente creen los hombres, al escuchar palabras huecas, que se trata de graves pensamientos», apuntaba certeramente Schopenhauer en pleno siglo XIX. Y es que aturdir, desconcertar al adversario mediante palabrería sin sentido, hasta que el disparate adquiera apariencia de erudición, es el mecanismo retórico favorito de la oclocracia separatista.

Como estratagema final, y sólo cuando se constata que el adversario tiene razón, se debe proceder ofensiva, grosera y ultrajantemente; es decir, se pasa del objeto de la discusión (puesto que ahí se ha perdido la partida) a la persona del adversario, a la que se denigra en su dignidad personal o institucional, ora quemando banderas, ora rasgando imágenes del Jefe del Estado ora, laminando los derechos políticos de la mitad de la ciudadanía en sede parlamentaria.

Todo esto resulta ciertamente cansino para una sociedad que tiene problemas más acuciantes de los que ocuparse. El mismo Schopenhauer acabó fatigado de «estos escondrijos de la insuficiencia» y no quiso publicarlos, editándose finalmente en 1864, cuatro años después de su muerte. De hecho, cerró sus recomendaciones con «la única contrarregla segura»: solo hay que discutir con los que emplean razones y no «sentencias inapelables», con aquellos, en suma, que puedan  «soportar no llevar la razón cuando la verdad está de otra parte». Contra negantem principia non est disputandum [Con quien niega los principios no puede discutirse). Y concluye, rendido: «Déjese al resto decir lo que quiera».


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