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Internacional

11 de Marzo de 2009

La elección del Presidente de los Estados Unidos. Una aproximación a los orígenes del Colegio Electoral

En la carrera electoral a la presidencia de los Estados Unidos existen dos etapas que es preciso no confundir. Por un lado, el trámite de nominación de los candidatos, en donde intervienen los partidos políticos, a veces los electores, la legislación electoral de cada uno de los Estados, y también la legislación federal. Y un segundo paso, totalmente distinto y más próximo a las prácticas electorales europeas, que son elecciones presidenciales propiamente dichas.

María Garrote de Marcos,
Doctora en Derecho. Colabora en el Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid


Para los ciudadanos no acostumbrados a las tradiciones políticas americanas siempre ha resultado difícil comprender el complejo sistema de elección del Presidente. A diferencia de los sistemas electorales para la Cámara de Representantes y el Senado –que se desenvuelven en el ámbito estrictamente estatal- la elección presidencial se realiza a nivel nacional, aunque de manera indirecta. Los ciudadanos votan a los grandes electores de cada Estado que, reunidos en Colegio Electoral, eligen al Presidente y Vicepresidente. Una aproximación a los orígenes de este sistema, que se remonta a la etapa constituyente, puede ayudar a identificar las razones de su especial configuración y de su permanencia hasta nuestros días.

Tras múltiples debates y transacciones -y sólo después de unas 30 votaciones-, los constituyentes americanos consiguieron llegar a un acuerdo en cuanto al modo de elección del Presidente. Según la Constitución de 1787 (Art. 2º, secc. 1º, apdo. 2), el sistema funcionaba originariamente de la siguiente manera: Cada Estado nombraría, del modo que su Asamblea legislativa dispusiera, un número de Electores igual al total de los senadores y representantes a que el Estado tuviera derecho en el Congreso, pero ningún senador o representante, ni ninguna persona que ejerciera un cargo en el gobierno federal podía ser designado como Elector.  Los Electores de cada Estado, que constituían el llamado Colegio Electoral, se reunirían por separado para votar al Presidente y Vicepresidente. Con el fin de evitar que los Electores propusieran sólo a un candidato de su propio Estado -"favorite son"-, cada elector poseía dos votos, uno de los cuales, como mínimo, debía estar dirigido a un candidato que no fuera de su propio Estado. Los votos así emitidos se trasladarían al Presidente del Senado que, en sesión conjunta del Congreso, leería los resultados. El candidato con la mayoría absoluta de los votos, sería proclamado Presidente. El segundo candidato con mayor número de votos sería el Vicepresidente. Si ningún candidato obtuviera la mayoría absoluta de los votos, o hubiera empate, entonces la Cámara de Representantes, como la cámara más próxima a la ciudadanía, elegiría al presidente de entre los cinco más votados, teniendo en cuenta que cada Estado tendría un voto y que para ser proclamado Presidente se necesitaba la mayoría absoluta. El Vicepresidente sería el segundo más votado. En caso de empate decidiría el Senado, entre los dos.

De esta manera, los padres fundadores escogieron un sistema bastante sofisticado que sin embargo constituía una solución inteligente. Permitía mantener el equilibrio de fuerzas, tanto territorial como institucionalmente, y satisfacer los distintos intereses en juego, todo ello sin la presencia de partidos políticos y sin campañas electorales nacionales. En aquella época los partidos eran duramente criticados -incluso por los propios políticos-, debido a la influencia de pensadores británicos como Henry St. John Bolingbroke, y las campañas electorales tampoco gozaban de buena prensa ("the office should seek the man, the man shuold not seek the office"). En cualquier caso, devenían impracticables en un país donde habitaban cuatro millones de personas, esparcidas a lo largo de la costa Atlántica, con unas infraestructuras muy precarias y unos medios de comunicación deficientes.

Este primer diseño funcionó razonablemente bien durante cuatro elecciones presidenciales. Hacia 1800, los partidos políticos habían emergido con fuerza en Estados Unidos. Precisamente, durante la elección presidencial de 1800 hubo un empate de votos entre Thomas Jefferson y Aaron Burr (ambos del partido demócrata-republicano), que debió solventar la Cámara de Representantes, después de 36 intentos y en medio de una grave crisis política, a favor de Jefferson. Ello dio lugar a la propuesta y aprobación de la XII Enmienda (1804), que terminaba por establecer el sistema de elección aún en vigor. Cada Elector tiene dos votos, uno para el Presidente y otro para el Vicepresidente. Los empates o la falta de mayoría para la Presidencia se resuelven por la Cámara de Representantes de entre los tres más votados. El Senado dirime los empates o falta de mayoría de los Vicepresidentes, entre los dos más votados.

Desde la aprobación de la XII Enmienda, las reformas legales tanto federales como estatales han afectado principalmente al modo de elección de los Electores presidenciales, aspecto sobre el que no existía uniformidad.

El procedimiento de elección de los Electores en cada Estado es una materia regulada por cada Asamblea legislativa estatal, como así se señala en la propia Constitución. Estas votaciones constituyen las elecciones presidenciales propiamente dichas. Inicialmente, algunas asambleas decidieron elegir ellas mismas a sus Electores; otras decidieron que fueran elegidos mediante voto popular, ya fuera en distritos o tomando como ámbito espacial todo el Estado. Otras adoptaron un modelo que combinaba ambas opciones. En todos los casos los Electores eran elegidos individualmente mediante un sistema de lista cerrada.

Durante el siglo XIX hubo dos tendencias claras. La primera consistía en elegir a los Electores mediante voto popular tomando como base todo el territorio del Estado. Desde 1836 todos los Estados lo hacía así, salvo South Carolina, que hasta 1860 los elegía en el seno de su Asamblea legislativa. Hoy en día sólo hay dos excepciones a esta regla: Nebraska y Maine, que eligen dos Electores con base estatal y el resto en distritos uninominales, lo que supone reproducir el modo de elección de los Senadores y Representantes, cuyo número, de hecho, coincide con el de Electores.

Junto a ello, la otra tendencia consistía en aplicar la fórmula mayoritaria pura, es decir, la candidatura presidencial que obtiene el mayor número de votos, consigue todos los Electores de ese Estado -winner take all system-. Tras algunas vacilaciones, en la actualidad los partidos presentan listas completas y bloqueadas que van indefectiblemente unidas a un candidato a la presidencia, de forma que no es posible dividir el voto. Lo frecuente es que la lista lleve incorporada una alusión del tipo: "Electores de... candidato x", y no los nombres individuales de los Electores, lo que elimina cualquier tipo de confusión al respecto.

Por lo tanto, son los ciudadanos americanos los que designan a los Electores de cada Estado, mediante un sistema mayoritario. Pueden votar todos los habitantes de Estados Unidos que reúnan una serie de requisitos: ser ciudadano norteamericano, tener más de dieciocho años, ser residente del Estado en el que se pretende votar, y estar inscrito en el censo electoral (como mínimo, 30 días antes de la votación). La inscripción en el censo constituye un acto individual y voluntario, no automático (como en España, por ejemplo), y muchos ciudadanos dejan de hacerlo por falta de tiempo o desinterés. Esta es una de las causas de la bajísima participación de los ciudadanos americanos en las elecciones (en torno al 50-55 por ciento), que junto con la deslealtad y volatilidad del voto, constituyen los rasgos diferenciales del comportamiento electoral americano.

Por otra parte, la Constitución remitía al Congreso para decidir sobre el período o tiempo para la designación de los Electores, aunque éste dejó en manos de los Estados amplias facultades durante la primera mitad del XIX. Así, se exigía únicamente que se designaran los Electores en cualquier momento durante los 34 días anteriores al primer miércoles de diciembre, fecha en la que tenía lugar la votación para la Presidencia. Ello provocó no pocas disfunciones, pues es sabida la influencia que pueden ejercer los resultados de los Estados que voten antes sobre el resto, hasta el punto de determinar el resultado final. En 1845 el Congreso adoptó un día oficial de elección de los miembros del Colegio Electoral, que sería el martes después del primer lunes de noviembre. Los Electores se reúnen en sus capitales y emiten sus votos el lunes siguiente al segundo miércoles de diciembre. Se procede al recuento y el 6 de enero tiene lugar la proclamación oficial del Presidente y el Vicepresidente. El 20 de enero los nuevos Presidente y Vicepresidente toman posesión del cargo.

El sistema de elección del Presidente a través del Colegio Electoral, que ha operado durante más de 200 años, es una de las instituciones más arraigadas en la cultura política americana. Su complejo mecanismo tiene la virtud de asegurar que el Presidente electo posea el suficiente apoyo popular y que ese apoyo esté suficientemente distribuido por todo el territorio del país. Y pese a que no cesan las críticas a este sistema, por considerarlo poco democrático, anacrónico o inútilmente enrevesado, lo cierto es que las alternativas podrían conllevar nuevos y mayores problemas. El hecho de que el Colegio Electoral fuera diseñado en 1787 para solventar determinadas dificultades, y que ese mismo diseño contribuya hoy en día a resolver otros conflictos totalmente distintos, no es sino un merecido tributo a la genialidad de los constituyentes y a la fortaleza del sistema federal americano.  


María Garrote de Marcos,
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