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29 de Diciembre de 2016

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

El abogado de oficio, un cuento de Navidad

Jamás me había pasado. Antes de llegarme la información escrita del Colegio sobre el turno de oficio asignado, el cliente ya estaba llamando a la puerta del despacho. Tras aclarar las razones de este su inesperado y prematuro contacto, lo invite a pasar.


Aquel día de finales de octubre de 199..., Ezequiel, un labrador de unos cuarenta años y su hijo, un muchacho de unos once o doce años de enormes ojos se sentaron por vez primera al otro lado de la mesa. Idénticos, salvo en cuerpo, ambos pertenecían a esa raza de hombres de campo, de piel oscura y mirada torva, aunque sincera, legítimos herederos de esa historia plagada de las penurias y sinsabores del campesinado andaluz.

Articulando cada palabra con cuidado y dificultad, éste hombre de la sierra sur sevillana, de habla cerrada, me refirió cómo había sido imputado por un delito de caza, al ser descubierto por dos guardias jurados deambulando en un paraje muy cercano al lugar donde se encontraban colocadas varias ballestas con su preciado botín: codornices, gorriones, jilgueros, etc.

Juraba no tener nada que ver con las trampas, pero sus antecedentes penales por un delito similar me hacían intuir lo contrario. Aun así, quería pensar que era inocente, tanto como la mirada de ese niño que observaba boquiabierto, con admiración y respeto a su padre mientras hablaba a ese señor que lo defendería.

El juicio estaba señalado en el Juzgado de Morón de la Frontera para el 12 de noviembre, así que comencé a espigar entre aquellas fotocopias, siempre insuficientes e incompletas, y tras desplazarme a Morón e ilustrarme en el propio Juzgado, descubrí que el caso podría defenderse con ciertas perspectivas de éxito: la acusación no se sostenía, pues las lagunas probatorias eran más que suficientes para postular la absolución.

Ahora solo quedaba superar el último escollo: persuadir al juez, un celoso funcionario que, en alguna ocasión y entre aspavientos, había comentado en sala su firme compromiso con acabar con la lacra de furtivos que asolaba la comarca.

Afortunadamente, el juicio se celebró como esperaba, sin incidencia alguna, y con la presencia del labrador y su hijo, ese muchacho de grandes y profundos ojos. Al concluir la vista, ambos partieron visiblemente emocionados y con cierto optimismo, quedando pendientes que, cuando tuviera noticia de la sentencia, dejara recado a un tal Abel, el dueño de un bar cercano a su casa que disponía de teléfono.

Y llegó la sentencia, era un 23 de diciembre, una fecha poco afortunada cuando está en juego la libertad de una persona. Sin embargo, nada hubo de lamentarse, pues como imaginaréis, el cliente fue absuelto tal y como presentí al salir del juicio. Llamé al teléfono de Abel y le pedí que avisará a Ezequiel y le dijera de mi parte que todo había salido bien, que él lo entendería, y que me llamara cuando pudiera. Para mi contrariedad, pasó el día y el cliente no llamó (ya sabéis lo que se siente cuando le has ganado un caso al cliente y luego, por su actitud, parece que se ha olvidado de ti y de tu esfuerzo). 

Al día siguiente, 24 de diciembre, llegado el mediodía, recogía mis cosas para marcharme a casa cuando llamarón al timbre. ¿Quién podría ser?...

Para mi sorpresa, allí estaban los dos, sonrientes, aunque sin perder esa actitud humilde y noble que los "hermanaba". Tras resumirle el fallo de la resolución y entregarle una copia, Ezequiel sacó de una bolsa algo parecido, por la forma, a una patata enorme, algo deforme, que se encontraba recubierta de papel plateado. A continuación me la entregó y me dijo:

  • Don Óscar, me hubiera gustado traerle algo de más valor, pero espero que pueda disfrutarlo.
  • ¿Qué es? - inquirí sonriendo-
  • Pajaritos..., los he cogido esta mañana muy temprano.
  • Ah,... pues muchas gracias, de verdad, muchas gracias - le dije agradecido mientras el pequeño no me quitaba ojo henchido de satisfacción.
  • Ojo - me advirtió - ya están preparados y aliñados. Están para chuparse los dedos.
  • Muchas gracias Ezequiel - le dije -. No faltarán en la mesa esta noche.

Tras felicitarnos, los dos se marcharon y quedé sentado con el tan inusual regalo sobre la escribanía, por una parte orgulloso y por otro emocionado por la bondad de estas gentes, pensamientos que se vieron interrumpidos por una nueva intuición, probablemente acertada, sobre la discutible procedencia de esos pajarillos...

Sonreí negando con la cabeza, cogí aquel tesoro y me marché a casa a celebrar una Navidad que, por alguna razón, fue distinta a las anteriores.


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