- Esta entrevista ha sido publicada en el número 1027 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), regístrarte una vez en este enlace y recibirás una comunicación con cada número desde la que podrás acceder a la revista en Legalteca
Decía don Manuel Cortina que “los pleitos hay que vivirlos como propios y sentirlos como ajenos”. En esa frase se encierra una de las claves del ejercicio de la abogacía: el abogado debe comprometerse con el asunto que defiende, pero sin dejar que la emoción domine su criterio.
En la práctica, este equilibrio no siempre resulta fácil. Muchos profesionales, sobre todo al inicio de su carrera, terminan implicándose más de lo que sería razonable. La preocupación por el caso ocupa su mente durante todo el día y continúa incluso cuando la jornada ha terminado. De este modo, el asunto se convierte en una presencia constante: se repasan argumentos mentalmente por la noche, se anticipan posibles resoluciones judiciales y se revive una y otra vez el conflicto del cliente.
Si bien un cierto grado de preocupación es lógico, el problema aparece cuando esa preocupación se transforma en angustia personal. En ese momento el abogado deja de analizar el asunto con serenidad y empieza a sufrirlo como si fuera propio. Aparecen entonces síntomas conocidos: dificultad para dormir, irritabilidad, falta de concentración o una tensión permanente que termina afectando tanto al trabajo como a la vida personal.
Esta tendencia suele aparecer con más frecuencia en los primeros años de ejercicio. El abogado joven vive sus asuntos con enorme intensidad, si bien con el paso del tiempo, la experiencia enseña a colocar las cosas en su sitio y a manejar los problemas del cliente con mayor distancia. Quien no logra desarrollar ese equilibrio corre el riesgo de vivir la profesión con un desgaste continuo que termina pasando factura.
El propósito de estas líneas es invitar a reflexionar sobre este fenómeno. Es posible que algunos compañeros se reconozcan en lo que se describe. Si es así, conviene detenerse un momento y reconsiderar la forma en que se afronta el trabajo diario. La implicación es necesaria, pero la absorción emocional termina siendo perjudicial. El abogado necesita cierta perspectiva para ejercer con eficacia y preservar su propio equilibrio.
Para entender por qué conviene mantener esa distancia, pueden tenerse en cuenta algunas consideraciones.
1. El problema no es tuyo
Cuando un cliente acude al despacho lo hace porque necesita ayuda. Se encuentra ante una dificultad jurídica que no sabe resolver y busca asesoramiento profesional. Esa situación no nace del abogado, sino de las circunstancias del propio cliente o de los acontecimientos que le han afectado.
El papel del abogado consiste en estudiar el problema, valorar las alternativas y defender la solución más adecuada. Nada más, pero tampoco nada menos. Si el profesional asume el conflicto como si fuera suyo, acaba cargando con una responsabilidad emocional que no le corresponde. Recordar esto ayuda a mantener la perspectiva necesaria.
2. La objetividad es una herramienta de trabajo
Algunos clientes creen que un abogado que comparte plenamente su indignación o su frustración defenderá mejor el asunto. La experiencia demuestra lo contrario.
El análisis jurídico exige claridad mental y distancia. Solo así es posible valorar con serenidad las distintas opciones procesales, anticipar riesgos o aconsejar decisiones que quizá el cliente no desea oír. Cuando el abogado queda atrapado por las emociones del asunto, pierde parte de esa capacidad de análisis.
Empatía no significa identificación total, pues comprender lo que siente el cliente es necesario para asesorarlo bien; dejarse arrastrar por esas emociones es lo contrario.
3. La relación con los compañeros
A veces se observa una escena curiosa en la puerta de una sala de vistas: dos abogados que, fuera de ese contexto, mantienen una relación cordial evitan incluso cruzar la mirada delante de sus clientes. Algunos llegan a adoptar una actitud de abierta hostilidad.
Esa reacción suele tener una explicación sencilla: el temor a que el cliente interprete cualquier gesto de cordialidad como una falta de compromiso. En realidad, la relación entre abogados no debería verse afectada por la tensión del litigio. Los casos pasan; los compañeros permanecen.
Cuando la implicación emocional es excesiva, el profesional corre el riesgo de olvidar esta idea básica y de deteriorar relaciones que forman parte de la vida normal de la profesión, contraviniendo las propias normas deontológicas de la profesión.
4. Los problemas propios ya son suficientes
Todo abogado tiene su propia carga de preocupaciones personales y profesionales. Si además asume emocionalmente los conflictos de quienes acuden a su despacho, el peso puede volverse difícil de manejar.
El trabajo del abogado consiste en ayudar a resolver problemas, no en incorporarlos a su propia vida. Mantener esa distinción resulta esencial para conservar el equilibrio.
5. El desgaste acumulado
La razón más evidente es también la más práctica. Un abogado rara vez lleva un solo asunto. En la mayoría de los despachos conviven numerosos casos al mismo tiempo, cada uno con su complejidad, sus tensiones y sus expectativas.
Si el profesional viviera todos esos conflictos con la misma intensidad emocional que sus clientes, el agotamiento sería inevitable. La historia de la abogacía está llena de ejemplos de desgaste prematuro precisamente por esta razón.
Eduardo J. Couture lo expresó con claridad en su conocido decálogo: la abogacía es una lucha de pasiones, y quien acumula en su interior todas esas tensiones termina haciendo su vida imposible. Por eso aconsejaba olvidar pronto tanto la victoria como la derrota una vez terminado el combate.
La práctica profesional exige dedicación, rigor y responsabilidad. También requiere una cierta resistencia emocional. Encontrar el punto adecuado entre la implicación y la distancia no siempre es sencillo, pero constituye una de las habilidades más valiosas del abogado.
Cuando ese equilibrio se alcanza, el trabajo se desarrolla con mayor serenidad. El cliente recibe un asesoramiento más claro, las decisiones se toman con mejor criterio y el profesional puede recorrer su camino en la abogacía sin convertir cada asunto en una carga personal. En definitiva, se ejerce la profesión con la intensidad necesaria, pero sin dejar que ella termine por consumirnos.
Conviene añadir una última reflexión. La falta de distancia emocional frente a los asuntos de los clientes no solo afecta al modo de trabajar; también termina repercutiendo en la salud del abogado.
La tensión permanente, la preocupación constante por los procedimientos y la sensación de responsabilidad absoluta sobre el resultado del pleito pueden desembocar en un desgaste progresivo. El descanso se vuelve irregular, la mente permanece ocupada incluso fuera del despacho y la irritabilidad aparece con facilidad en la vida cotidiana. Con el tiempo, ese estado de alerta continua acaba pasando factura.
No es extraño encontrar profesionales que arrastran fatiga crónica, ansiedad o dificultades para desconectar del trabajo. En los casos más extremos aparece el conocido síndrome de agotamiento profesional, una situación en la que el abogado pierde la motivación por la profesión y experimenta una sensación de cansancio profundo que afecta tanto al rendimiento como al equilibrio personal.
La abogacía es una profesión exigente por naturaleza. Precisamente por eso resulta imprescindible aprender a manejar la implicación emocional con prudencia. Mantener una distancia razonable frente al conflicto implica trabajar con la serenidad necesaria para sostener la profesión a lo largo del tiempo.
Al fin y al cabo, defender bien a los demás también exige saber cuidarse a uno mismo.


