En este artículo, como he intentado hacer en otros anteriores, voy a ayudarte a anticiparte a los retos que vienen. En este sentido, y si te ha atraído el título de esta publicación, quiero aclararte que te voy a explicar qué es la Inteligencia Artificial, sino que me voy a centrar en un concepto que cada vez va a adquirir más protagonismo: la gobernanza de la IA.
¿Por qué surge? Sin duda alguna, porque el escenario ha cambiado. Si bien hace apenas dos años, la pregunta que muchas empresas nos formulaban a sus asesores tecnológicos era sencilla: ¿podemos utilizar Inteligencia Artificial? Hoy la realidad es diferente. La IA no es una tecnología del futuro, sino una herramienta cotidiana que utilizan empleados, directivos y profesionales para redactar documentos, analizar información, atender clientes, programar software o elaborar informes. Por esto, la verdadera cuestión ya no es si debemos utilizarla, sino cómo hacerlo de forma responsable, segura y conforme al marco normativo. Interesante, ¿verdad?
No hablamos de limitar la innovación, sino de crear las reglas que permitan aprovechar todo su potencial sin comprometer la seguridad, la privacidad, la calidad de las decisiones o la reputación de la organización.
Y, precisamente en este contexto, el papel del abogado adquiere una nueva dimensión.
Cuando la IA entra por la puerta de atrás
En muchas organizaciones la Inteligencia Artificial no ha llegado como consecuencia de un proyecto estratégico, sino que han sido los propios empleados los que han empezado a utilizar ChatGPT, Copilot, Gemini o Claude para ahorrar tiempo en sus tareas rutinarias como por ejemplo:
- Redactar correos.
- Preparar presentaciones.
- Solicitar resúmenes.
- Analizar documentos.
- Generar informes.
- Traducir contenidos.
- Buscar ideas.
Es indudable que lo hacen porque funciona y porque mejora su productividad. El problema está en que, en numerosas ocasiones, la empresa desconoce qué herramientas están utilizando, qué información introducen en ellas o qué decisiones se están apoyando en resultados generados por IA.
A veces, cada vez más, cuando la dirección descubre esta realidad, suele plantearse una cuestión mucho más compleja que la inicial: ¿Quién está controlando todo esto?
Utilizar IA no es lo mismo que gobernarla
Existe una diferencia importante entre permitir el uso de una herramienta y establecer un modelo de gobernanza, que implica definir pautas como las siguientes:
- Qué herramientas están autorizadas.
- Para qué procesos pueden utilizarse.
- Qué información está prohibido introducir.
- Quién supervisa los resultados.
- Cómo se documentan las decisiones apoyadas en IA.
- Qué controles existen para detectar errores o sesgos.
Si esto no está definido en una política corporativa, cada uno gobierna de forma individual el uso de IA. Es un enfoque muy diferente. En otras palabras, el verdadero riesgo no es que un empleado utilice IA, es que toda la organización lo haga sin unas reglas comunes.
El AI Act cambia el escenario
La aprobación del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (AI Act) marca un antes y un después. Aunque muchas de sus obligaciones se implantarán de forma progresiva, el mensaje del legislador europeo es claro: “las organizaciones deberán demostrar que utilizan la IA de forma responsable”.
El Reglamento introduce un enfoque basado en el riesgo y establece obligaciones diferentes según el impacto que pueda tener un sistema de IA sobre los derechos de las personas.
El caso es que no todas las aplicaciones estarán sometidas al mismo nivel de exigencia. Sin embargo, todas las empresas deberían empezar a plantearse algunas cuestiones fundamentales:
- ¿Sabemos qué sistemas de IA utilizamos?
- ¿Quién los ha autorizado?
- ¿Qué proveedores intervienen?
- ¿Qué datos procesan?
- ¿Cómo verificamos los resultados?
- ¿Quién responde si se produce un error?
Mi recomendación es responder a estas preguntas, ya que forman parte de una buena gestión empresarial.
La gobernanza debe ser anterior a la tecnología
Implementar IA requiere un proceso anterior al de la adquisición de una licencia de software o su instalación que lleva tan sólo unos minutos. Hay que definir objetivos, analizar riesgos, establecer responsabilidades, formando a los equipos, diseñar procedimientos y documentar decisiones.
Es fácil deducir que los despachos o empresas que obtendrán mejores resultados serán las que sean capaces de utilizar las herramientas que elijan con criterio.
El nuevo papel del abogado
Durante décadas el abogado ha sido el profesional que ayudaba a interpretar las normas. Ahora, desempeñáis un papel diferente; participar en el diseño de las normas internas que permitan utilizar la IA de forma segura. No basta con revisar contratos tecnológicos o analizar el cumplimiento del RGPD, sino que hay que colaborar con los departamentos de tecnología y recursos humanos, en el cumplimiento normativo y la definición de políticas de uso, procedimientos y mecanismos de control.
En definitiva, el abogado participa desde que la empresa toma la decisión de incorporar una nueva tecnología. Esto es importante porque, como ya sabes, la prevención siempre será más eficiente que la corrección.
¿Por dónde empezar a gobernar?
Existen algunas medidas sencillas que pueden marcar una gran diferencia. Las resumo aquí:
- Identificar qué herramientas de IA se utilizan realmente en la organización.
- Elaborar una política interna sobre su uso.
- Definir qué información puede compartirse con plataformas externas y cuál no.
- Formar a empleados y directivos sobre los riesgos asociados.
- Revisar periódicamente los sistemas implantados.
- Mantener un registro de las soluciones utilizadas y de los procesos en los que intervienen.
Estas actuaciones reducen riesgos y ayudan transmitir confianza a clientes, socios y organismos supervisores.
La responsabilidad del uso de IA
A modo de conclusión, quiero incidir en la idea de que la IA forma parte de nuestra actividad diaria. Por esto, no hay que cuestionarse si usarla, sino cómo hacerlo con responsabilidad.
Gobernar la IA se traduce en establecer reglas antes de que aparezcan los problemas. Combinemos innovación con prudencia, eficiencia con supervisión y tecnología con criterio. Así, generamos valor e inspiramos confianza.
Esto sin duda, va a ser el mayor desafío de los próximos años, pero también una oportunidad para que los abogados ampliéis vuestro papel como asesores estratégicos en la transformación digital de las empresas.


