A comienzos del siglo XIX, en plena Revolución Industrial, un grupo de artesanos ingleses —los luditas— inició un movimiento de resistencia frente a la introducción de los telares mecánicos. Aquellos artesanos no eran contrarios a la técnica en sí, sino a lo que simbolizaba: la pérdida del control sobre su oficio, la amenaza a su identidad y la imposición de un cambio sin participación. Su gesto radical —destruir las máquinas— se convirtió con el tiempo en un símbolo universal de la resistencia social ante transformaciones profundas.
Hoy, en pleno siglo XXI, esta metáfora vuelve a cobrar sentido. Las profesiones jurídicas se miran de nuevo en un espejo incómodo, ante el avance de nuevas tecnologías jurídicas que prometen automatizar procesos tradicionalmente humanos. Cada revolución tecnológica nos obliga a preguntarnos si estas herramientas vienen a reforzar nuestra función o a sustituirla.
Sin embargo, el punto clave no es la mera utilización de inteligencia artificial, machine learning o sistemas automatizados, ni basta con proclamar que “integramos IA”. Lo verdaderamente jurídico es decidir cómo incorporamos estas herramientas sin erosionar nuestra tradición jurídica, y cómo redefinimos nuestra forma de trabajar sin perder aquello que nos identifica como juristas.
El verdadero temor nunca fue la tecnología, sino la inacción. La permanencia en una zona de confort explica buena parte de las resistencias actuales. Automatizar un formulario ya no es una revolución, sino eficiencia procesal. El verdadero salto cualitativo consiste en preguntarnos cómo reorganizamos el trabajo jurídico en un entorno plenamente digital, cuando el expediente ya no cabe en una caja de cartón.
¿Cómo adapta el procurador su función al flujo digital sin renunciar a su papel de garante procesal? Si la tecnología avanza y el profesional permanece pasivo, la profesión no se debilita por falta de herramientas, sino por renunciar a repensarse.
La tecnología no sustituye el criterio ni el razonamiento jurídico, pero cuando los sistemas digitales ejecutan tareas que antes realizábamos manualmente, surge una pregunta incómoda: ¿sabíamos realmente por qué lo hacíamos así? El ludismo jurídico nace de ese temor al cambio, no de la tecnología en sí. Es la resistencia a aceptar que el juzgado digital, la notificación electrónica o el expediente electrónico ya forman parte del presente.
Los desafíos actuales no se resuelven pulsando “activar IA”. Exigen madurez profesional, reflexión sobre la responsabilidad en las decisiones automatizadas, la trazabilidad digital y la formación necesaria para dominar procesos que operan a otra velocidad.
Derecho y tecnología no son mundos opuestos. La tecnología procesa datos; los juristas los interpretamos. La tecnología genera documentos; nosotros aportamos seguridad jurídica y certeza. En este contexto, los procuradores refuerzan su papel como nexo entre órganos judiciales, tecnología y ciudadanía.
La conclusión es clara: nuestra función nunca fue pulsar una tecla, sino comprender las consecuencias jurídicas de hacerlo. Dejemos los mazos, adoptemos las interfaces y asumamos nuestra responsabilidad histórica. El jurista del entorno digital no será quien sepa más de programación, sino quien entienda mejor qué significa ejercer el Derecho en un entorno en constante transformación.

