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Hablar para convencer: las claves de la oratoria forense

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog
Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla

  • El abogado no debe tomar la palabra simplemente porque el procedimiento le conceda la oportunidad de hacerlo

Este artículo ha sido publicada en el número 1033 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), regístrarte una vez en este enlace y recibirás una comunicación con cada número desde la que podrás acceder a la revista en Legalteca.

Todos hemos presenciado alguna vez una intervención judicial en la que un abogado, pese a conocer perfectamente el asunto, no consigue transmitir sus argumentos con claridad. Su exposición resulta extensa, se detiene en cuestiones secundarias o pierde el hilo cuando el juez le formula una pregunta inesperada. También hemos observado lo contrario: profesionales que, con pocas palabras y una argumentación sencilla, consiguen centrar la atención del tribunal en aquello que verdaderamente importa. Estas situaciones ponen de manifiesto que conocer el Derecho no equivale necesariamente a saber comunicarlo.

El abogado litigante trabaja fundamentalmente con la palabra. A través de ella explica los hechos, interpreta las normas, interroga, refuta los argumentos contrarios y trata de persuadir al tribunal de que su posición merece una resolución favorable. Sin embargo, la eficacia de esa comunicación no depende exclusivamente de las cualidades naturales del orador. La experiencia demuestra que una buena intervención oral es, sobre todo, el resultado de una preparación rigurosa, un conocimiento preciso del procedimiento y una estrategia comunicativa adecuada. Conviene recordar, además, que la oratoria forense no consiste en pronunciar grandes discursos, pues buena parte de las intervenciones que realizamos ante los tribunales duran apenas unos minutos y se refieren a cuestiones concretas como una excepción procesal, la admisión de una prueba, una aclaración o la formulación de una protesta.

Precisamente por ello, considero de interés detenernos en algunas reglas prácticas que, extraídas de la experiencia diaria ante los tribunales, pueden ayudarnos a mejorar nuestra actuación en sala.

Conocer el procedimiento es la primera forma de seguridad

Un abogado puede dominar los hechos del asunto, conocer la jurisprudencia aplicable y haber preparado una argumentación excelente. Sin embargo, si desconoce el momento procesal en el que debe plantear una cuestión, corre el riesgo de que todo ese trabajo resulte inútil. La actuación oral está sometida a reglas que determinan cuándo podemos intervenir, qué cuestiones pueden suscitarse y cómo debemos reaccionar frente a las decisiones del tribunal. No basta, por tanto, con conocer el fondo del litigio, sino que es imprescindible dominar el procedimiento y anticipar las incidencias que puedan producirse durante su desarrollo.

Este conocimiento proporciona algo especialmente valioso: seguridad. Cuando sabemos qué puede suceder durante una audiencia, nuestra atención deja de concentrarse en el temor a cometer un error y puede centrarse en escuchar, argumentar y persuadir. Por ello, la improvisación procesal es una mala compañera del abogado, pues la seguridad que transmite un profesional preparado difícilmente puede sustituirse por una aparente desenvoltura ante el tribunal.

Antes de hablar, hay que saber qué queremos conseguir

Una de las equivocaciones más frecuentes consiste en confundir la oportunidad de intervenir con la necesidad de hacerlo extensamente. El abogado no debe tomar la palabra simplemente porque el procedimiento se lo permita, sino que toda intervención debe responder a un objetivo concreto. Antes de hablar conviene formularse una pregunta sencilla: ¿qué decisión pretendo obtener del tribunal? La respuesta determinará el contenido, la extensión y el tono de nuestra exposición, permitiéndonos seleccionar los argumentos que realmente contribuyen a alcanzar la finalidad perseguida.

Ser breve no significa argumentar de forma insuficiente, sino eliminar todo aquello que no contribuya a alcanzar el objetivo perseguido. Por otra parte, la persuasión exige conectar adecuadamente los hechos, las pruebas y las consecuencias jurídicas, pues es necesario mostrar al tribunal por qué nuestra posición encuentra respaldo en lo sucedido y en el Derecho aplicable.

La preparación debe alcanzar a cada intervención

Con frecuencia identificamos la preparación del juicio con el estudio del expediente, la elaboración de los interrogatorios y la preparación del informe final. Sin embargo, existen otras intervenciones que también requieren una preparación específica, como las cuestiones procesales, la fijación de los hechos controvertidos, la proposición y oposición a las pruebas o las posibles incidencias durante su práctica. Todas ellas forman parte de la actuación del abogado y, por tanto, no deberían quedar confiadas a la improvisación. Una buena práctica consiste en elaborar un esquema de las distintas fases de la audiencia, identificando las cuestiones que pueden plantearse, los argumentos que utilizaremos y las respuestas previsibles de la parte contraria. Naturalmente, no se trata de redactar todas nuestras intervenciones para leerlas posteriormente, sino de disponer de una estructura mental que nos permita actuar con orden y flexibilidad.

La preparación debe incluir, además, el conocimiento del auditorio, puesto que no nos comunicamos del mismo modo ante un juez especializado que ante un jurado. El lenguaje, el grado de explicación y los recursos persuasivos deben adaptarse a quienes van a recibir nuestro mensaje. A ello debe añadirse la importancia de la comunicación no verbal, ya que la voz, las pausas, la mirada, la postura y los gestos pueden reforzar nuestros argumentos o, por el contrario, transmitir inseguridad y restarles credibilidad.

Saber reaccionar también significa saber detenerse

Por mucho que preparemos una audiencia, siempre existe la posibilidad de que surja algo inesperado. Una respuesta sorprendente de un testigo, una alegación imprevista de la parte contraria o una decisión judicial que altera nuestra estrategia pueden obligarnos a reaccionar inmediatamente. En esos momentos se pone a prueba nuestra capacidad de adaptación. Ahora bien, reaccionar con rapidez no significa responder precipitadamente, pues en ocasiones la mejor decisión consiste precisamente en detenerse unos instantes, ordenar las ideas y valorar las consecuencias de nuestra intervención. Si la parte contraria plantea una cuestión compleja o propone una prueba cuyo alcance necesitamos examinar, puede resultar más prudente solicitar al tribunal un breve tiempo para estudiarla que formular una oposición improvisada.

También durante los interrogatorios resulta imprescindible conservar esa flexibilidad. El abogado debe escuchar atentamente las respuestas y estar dispuesto a modificar el orden de sus preguntas cuando el desarrollo de la declaración lo aconseje. Por tanto, el buen orador no es quien se aferra rígidamente a su guion, sino quien sabe utilizarlo sin convertirse en prisionero de él.

Cada intervención debe convertirse en una oportunidad de aprendizaje

La formación del abogado en oratoria no termina cuando abandona la sala de vistas, pues cada actuación judicial proporciona una experiencia que puede ayudarnos a mejorar. Conviene dedicar unos minutos, una vez finalizada la audiencia, a reflexionar sobre lo sucedido: ¿hemos conseguido transmitir nuestras ideas con claridad?, ¿nos hemos extendido innecesariamente?, ¿cómo hemos reaccionado ante las preguntas del juez?, ¿qué podríamos haber hecho de otra manera? Estas preguntas, aparentemente sencillas, permiten identificar hábitos que pasan inadvertidos durante la intervención y adoptar medidas para corregirlos. Resulta especialmente útil anotar las incidencias procesales, las decisiones del tribunal y las particularidades observadas, ya que, con el tiempo, esas notas se convierten en una valiosa fuente de conocimiento práctico.

En definitiva, la oratoria forense eficaz no depende de poseer una voz extraordinaria, una facilidad de palabra excepcional o una personalidad especialmente brillante, sino fundamentalmente de combinar conocimiento jurídico, preparación, estrategia y comunicación. Un abogado que domina el procedimiento conoce el objetivo de cada intervención, argumenta con claridad, se adapta al tribunal y sabe reaccionar ante los imprevistos dispone de herramientas suficientes para defender eficazmente los intereses que le han sido confiados. A estas cualidades debe añadirse una última: la humildad necesaria para reconocer que siempre podemos mejorar.

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