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02/12/2022. 09:37:18

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¡A chorar, a Cangas!

Profesor de Investigación del CSIC

A. J. Vázquez Vaamonde

Esta expresión hace referencia a la existencia de plañideras que aun ejercían su trabajo en Galicia en el siglo pasado. Las que tenían mayor crédito profesional eran las de Cangas de Morrazo, una aldea pesquera y conservera situada frente a Vigo. Esta expresión se utiliza localmente para quitarse uno de encima a quienes están lamentándose siempre de su mala suerte sin hacer nada efectivo por conjurarla, pudiendo hacerlo.

Para eso, la sociedad moderna inventó los seguros.

Su fundamento es el riesgo y en conjurarlo descansa una parte nada despreciable de nuestra calidad de vida. En el pasado, cuando el salario apenas llegaba para la supervivencia, y ahora parece que estamos retrocediendo a esos períodos, los riesgos los corría cada uno a su propia costa. Tener un seguro era un "signo externo de riqueza".

Entonces, como ahora, había un "seguro" que se denominaba "solidaridad"; consistía en que todos los vecinos se apiadaban del daño sufrido y, hoy por ti, mañana por mí, aportaban voluntariamente una parte de su patrimonio, en servicios, en especies o en metálico, para ayudar a "salir del hoyo" al que había tenido mala suerte

Los tiempos han cambiado, aunque soplen algunos vientos de retroceso; hoy los seguros son de uso generalizado. Quizá uno de los primeros fue el seguro de fallecimiento; el despreciativo, "no tener donde caerse muerto" ; se resolvió contratando unas "pompas fúnebres" adecuadas a la condición social de cada uno, fuese la que fuese.

Hoy, en zonas urbanas, el más popular es el seguro multirriesgo del hogar que nos asegura de riesgos normales, inundación al vecino de abajo e incendio de nuestros bienes y los ajenos y robo, etc. Junto a estos riesgos la compañía aseguradora incluye toda una serie de seguros cuya subscripción nos trae sin cuidado, pero que se incluyen para transmitir una sensación de seguridad elevada, dado que su riesgo es mínimo.

En las zonas rurales es más frecuente el aseguramiento contra las sequías, el pedrisco, las heladas y otras inclemencias naturales que de modo más o menos aleatorio ocurren unos años en unas zonas, otros en otras. Esta protección es tan necesaria como lo es en una actividad empresarial asegurar las fábricas contra inundaciones,  incendios y riesgos equivalentes.

El coste de los seguros es relativamente bajo; en cualquier caso, se transfiere al precio, con lo que quienes lo pagamos, como todo, somos los usuarios finales. El agricultor o el industrial asegurado simplemente adelantan el coste de la póliza, que recuperarán cuando vendan sus productos.

Así como el seguro de vehículos automotores que circulan es una obligación legal,  y otro tanto ocurre con la Seguridad Social, sería conveniente que se exigiera a todos los empresarios, industriales, agricultores o de servicios, que subscribieran un seguro obligatorio de riesgos elementales que les permitiera poder reanudar su vida profesional, agrícola, industrial o de servicios, con cargo a la indemnización en caso de infortunio.

Está claro que en ambos casos quienes vamos a pagar las pólizas somos nosotros, los usuarios finales. En el caso del seguro obligatorio porque lo repercutirían en el precio del bien, apenas unos céntimos bastaría. Si no se exige es porque, previa declaración de zona catastrófica, el Estado, la Comunidad Autónoma, o el Municipio, es decir, los demás, pagamos los gastos sufridos por los que no quisieron subscribir un asegurados,. ¿Para qué si hay un tonto que paga?.

La principal ventaja del sistema de seguro obligatorio es la seriedad. Además:

1.- es más barato; al aumentar el número de asegurados el coste de la póliza baja.

2.- se evitan los abusos y manipulaciones "políticas". Si las elecciones están próximas las "indemnizaciones" son rápidas y excesivas, que es una forma "limpia" de comprar votos.

3.- el seguro permite subscribir riesgos adicionales voluntarios para asegurar el total del daño sufrido hasta el 100 %. Estos también los seguiríamos pagando los consumidores finales, que los agricultores, industriales y empresarios de servicios, sólo lo adelantarían.

Muchos agricultores e industriales tienen seguros. Sería sensato exigir un seguro mínimo obligatorio que alcanzara la reposición del coste de la sementera y de los salarios invertidos. Dada  la gran diferencia que existe entre el precio de coste, a pie de tierra, y el precio de venta, incluso en el mercado, se tratarían de cantidades relativamente reducidas. La solidaridad sería institucional; no sufriríamos tanto por el daño, cuando ocurriera, sabiendo que estarían mínimamente cubiertos en su desgracia. Además, esa solidaridad no disminuiría un ápice, pues al repercutirse en el precio la seguiríamos pagando todos los consumidores; como siempre.

Como se ve, todo son beneficios para todo el mundo, aseguradoras incluidas.

Un caso de especial interés lo constituye el seguro contra los vertidos de petróleo del que tenemos un no lejano recuerdo, producido, precisamente pocos meses antes de unas elecciones. La situación que se produjo fue, como está documentada, que hasta los abuelos inválidos se convirtieron de repente en mariscadores a los que había que indemnizar. Muchas familias, en vez de ver mermados sus ingresos los vieron aumentados. El resultado fue que en toda la costa hubo múltiples reparaciones de viviendas y adquisiciones de coches en los meses siguientes al pago de las indemnizaciones con las que se acalló,  a golpeo de "`polvora del pueblo" la desastrosa gestión que produjo el hundimiento del Prestige tan fácilmente evitable.

Frente a un agricultor, que es dueño de la tierra que cultiva, un mariscador trabaja en tierra de todos sin invertir el capital en la propiedad. ¿Para qué?; tiene licencia en exclusiva de carácter constitucionalmente discriminatorio, porque sólo se le concede a los naturales del municipio. En estas condiciones, el mariscador no gasta nada en la sementera, no gasta nada en arar, escardar, limpiar; no gasta nada en insecticidas con los que protegerse de los insectos, mohos  y hongos dañinos;  por no tener, no tiene ni que colocar espantapájaros. Sólo tiene sus aperos de trabajo, un barquito, unas nasas, unas azadas, unos rastrillos, etc.

Hay un riesgo de que cada 10 o 15 años se produzca un vertido. Las compañías aseguradoras de los buques que lo generan son los responsables de las indemnizaciones, pero es bien conocido que estos asuntos van lentos. ¿Qué mejor que unas compañías aseguradoras, las de los marisqueros, fueran las que tuvieran que discutir con otras compañías aseguradoras, las de los buques petroleros?. Ellas entienden de esos negocios y habría menos indefensión.  Y, sobre todo, las compañías que aseguraran a los mariscadoras, siendo españolas, tendrían que pagar inmediatamente las indemnizaciones, porque la ley sería más exigible con ellas.

Sin embargo de lo razonable de esta propuesta, dudo que ningún Gobierno, no lo hizo el PSOE, menos lo hará el PP al que le salió tan bien la jugada, establezcan esta obligación. Quizá porque es lo sensato y esto nunca ha sido fundamento generalizado de la actuación del gobierno. Confieso que me resulta inexplicable; ganamos todos; bueno, todos menos, quizá, los políticos. Quizá ahí resida toda la explicación de por qué no progresamos.

Recuerdo que pocos días después del hundimiento del Prestige hubo un temporal en las Canarias que destrozó la cosecha de plátanos o de tomate. Entrevistaron a un agricultor que se lamentaba por el destrozo, pero que, sin más preocupación, dijo, "ahora lo que hay que esperar es que las aseguradoras paguen pronto".

Eso es calidad de vida; eso es progreso. Lo demás, es seguir en el S. XIX con "plañideras de Cangas".

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