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04/07/2020. 06:31:09

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Los ofendidos

Episodios recientes y noticiosos como la censura sobrevenida en el catálogo cinematográfico de la plataforma HBO; la neo-iconoclasia popular en las principales ciudades del mundo o el kneel como alegoría, son fiel reflejo del nuevo orden moral ya plenamente instalado en la sociedad occidental donde el rol de víctima se ha hipertrofiado exponencialmente en detrimento de cualquier otra consideración.

Adquirir hoy el estatus de ofendido dispensa de forma automática una confortable aura de superioridad moral; una inapelable legitimidad; el desigual reconocimiento a un trato de favor y la rentable eximente de cualquier tipo de responsabilidad, habilitándole además para descargar aquella en el chivo expiatorio o la cabeza de turco correspondiente. Y en este sentido, la sociedad occidental siempre es la elegida para cumplimentar a Azazel.

La antropóloga Ruth Benedict[The Chrysanthemum and the Sword. Patterns of Japanese Culture (1946)], al analizar los diversos mecanismos para promover el cumplimiento de las normas en una sociedad, distinguió entre las  «culturas de la vergüenza», típicas de Oriente y «culturas de la culpa», más propias de Occidente. En las primeras, la punición se manifiesta de forma exógenaal individuo que vulnera la prescripción,siendo el concepto de la vergüenza ante el reproche social y moral de los demás, la motivación que guía la conducta del ciudadano lo cual, todo sea dicho, fomenta al mismo tiempo la iniquidad doméstica o interna que escapa lógicamente de la reprobación social.

Por el contrario, en la cultura de la culpa, hija del pecado cristiano, la activación del reproche es puramente interna, lo que se cohonesta mucho mejor con la idea de libertad y el respeto por los derechos individuales, pues no requiere de interferencia exterior. La invención mesopotámica del pecado fue el modo de transferir la culpa del poder al impotente: son los hombres los que yerran, los que provocaban las desgracias y los que, por tanto, deben asumir su coste. El cristianismo, en este sentido, supuso un avance extraordinario cuando recurrió a la idea de pecado para imponer un código de conducta, devolvió a sus prosélitos cierta autonomía, la de elegir el cuándo y el cómo quebrar esas reglas. La eficacia del mecanismo es ciertamente incontestable, no en vano estamos ya tan acostumbrados al castigo que, de hecho, medimos las conductas, las decisiones e incluso las trasgresiones de acuerdo con la proporción del escarmiento que nos corresponde por nuestros actos.

Esa autonomía moral propia de la cultura de la culpa tiene, claro está, una debilidad: el elemento subjetivo. La incorrección en la conducta del sujeto no es tan medular en este esquema como que el individuo se convenza de que verdaderamente es el responsable, lo que facilita extraordinariamente la manipulación de ese sentimiento, posibilitando la artera transferencia de una culpa sostenida no ya en la transgresión como en su interiorización.

Un proceso de reasignación de remordimientos que resulta, sin embargo,  incompleto sin la fundamental intervención del elemento identitario, que ha logrado el sensacional efecto de convertir a los individuos en culpables no por lo que hacen, sino por lo que son. La compartimentación de la culpa al socaire de la identidad ha configurado facciones apriorísticas de ofendidos y victimarios perfectamente identificables y estandarizados, que no admite transferencia alguna entre sus elementos. Este mecanismo de imputación permite el cultivo de interminables cosechas de afrentados, sin límite ni contextualización posible, y que facilita, como decíamos al inicio, percibir y admitir como proporcionada, verbigracia,  la penitencia de retirar un film facturado en 1939 por un contenido sobre el que el espectador del año 2020 aun careciendo de responsabilidad alguna, se le conmina a redimirse de los actos directamente imputables a Victor Fleming, George Cukor o Margaret Mitchell, de modo colectivo, porque, como diría Dostoievski, el atormentado por antonomasia,  «el sufrimiento es la consecuencia del pecado y del mal. Pero al mismo tiempo el sufrimiento es redención».

Esa asunción de cargas terceristas genera, a su vez, un efecto añadido que explica este proceso performativo:  la pulsión del individuo occidental por integrarse en alguna de las decenas de categorías de ofendidos disponibles, y así alcanzar la absolución por una culpa artificialmente inoculada por un acreedor que cambia su displacer por un contra/goce inequívocamentenietszcheano: «Ver sufrir produce bienestar; hacer sufrir, más bienestar todavía» (Genealogía de la moral, 1887).

El pretendidamente Hombre Postmoderno y Occidental, no es más que una copia mediocre del original Raskolnikov zarista, deseoso de gritar su culpabilidad para ser castigado, a pesar de que ninguna responsabilidad puede imputársele razonablemente ni por explotar en Tara a la entrañable Mammy, ni por los desmanes centroafricanos de Leopoldo II ni, desde luego, por carecer de un perfil identitario que le acredite como «ofendido oficial».

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