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06/12/2022. 01:52:58

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Madoff, el devorador de leyes

es catedrático y abogado

Con ocasión del caso Madoff, el mayor fraude financiero de la historia, el autor reflexiona sobre la importancia de la ética como sustento de cualquier sistema financiero.

Rafael Domingo

Bernard L. Madoff, el estafador causante del mayor terremoto financiero en Wall Street, era, en apariencia, un hombre del sistema. Ex presidente del consejo de administración de Nasdaq y reputado tiburón de la bolsa neoyorkina, Madoff conocía como pocos las triquiñuelas financieras. Y aplicaba con maestría la regla de oro: "llegar el primero y retirarse a tiempo". Es el viejo "prior tempore, potior iure", que tan bien conocemos los juristas, aunque no nos reporte el rentabilidad de Madoff.

Bern -como era conocido en los círculos más próximos- se caracterizó, a lo largo de su prolífica vida, por un talento sereno que despertaba la confianza de sus amigos inversores. Incluso su aspecto lo beneficiaba. Basta observar su rostro bonachón, semicubierto por su elegante gorra irlandesa, para evocar la imagen de un papá Noel de ejército de salvación, presto a socorrer al indefenso y ejercer de filántropo. Carlo Ponzi, el inmigrante italiano que, en 1919, logró estafar a 20.000 personas en los Estados Unidos, no le llegaba a la suela del zapato

¿Por qué, de la noche a la mañana, Madoff se ha convertido en el protagonista del mayor fraude de la historia? El rey del dólar, que en público se comportaba como una esfinge que irradiaba serenidad, en privado consumía su ser devorando leyes, y pisoteándolas a diestra y siniestra. Eso pasa, irremediablemente, con aquellos que manipulan las normas con el fin de alcanzar la riqueza. Wall Street y el capitalismo global cuentan con el paraguas jurídico necesario para ejercer un control sobre los operadores económicos. Pero de nada vale un paraguas si la lluvia deviene en tormenta atronadora. Y esto sucede cuando se vulneran, no tanto las disposiciones jurídicas, cuanto los principios éticos fundamentales sobre los que ha de asentarse cualquier sistema financiero.

El relativismo, padre del capitalismo salvaje, sólo cree en el sistema y termina haciéndose con las leyes, pervirtiéndolas. La ética, por el contrario, apuesta por la persona. Por cada una de ellas. La civilización puede erigir pirámides inconmensurables de normas y reglamentos. Sin embargo, si falla la ética, pronto descubriremos que bajo estos muros de aparente eternidad, yace una necrópolis de miserias humanas y sueños de grandeza. Las leyes son inocentes. Los culpables, una vez más, son los que se encargan de ejecutarlas.

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