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22/05/2024. 07:24:53

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Tipo de delito e ideología: desmontando prejuicios

Psicólogo II.PP

Jurista de Instituciones Penitenciarias

Resulta obvio que vivimos en un momento particularmente marcado por la ansiedad, una ansiedad individual que se trasmite al conjunto social o una ansiedad social que se trasmite al plano individual, qué más da. Lo importante es que sentimos que la situación nos supera. Desde un plano meramente psicológico los síntomas individualmente considerados de la ansiedad son los siguientes: miedo, preocupación, agobio, aprensión, dificultad de concentración, quejas de memoria, irritabilidad y desasosiego. ¿Les suenan? ¿En algún momento, a lo largo de este estado de alarma marcado por la pandemia, han advertido su padecimiento en sí mismos o en quienes les rodean? Otra consecuencia básica de la ansiedad es el estrechamiento de nuestra atención, se trata de pensar rápido. Ante cualquier tipo de estímulo contemplado como peligroso todos los demás estímulos presentes en el ambiente no desaparecen, pero somos incapaces de tomarlos en cuenta. Se trata de decidir rápido, se trata de buscar la luz lo antes posible, esa luz consiste en verdades que se configuran como absolutas, rígidas, incuestionables, precisamente porque aparentemente nos ayudan a escapar de la situación. Las dudas, los tiempos muertos, la búsqueda de un mayor número de datos para centrar la situación de manera más objetiva dejan de tener sentido. La radicalidad se hace presente sin darnos cuenta, o incluso siendo conscientes, deja de tener sentido en este tipo de situaciones. Somos más vulnerables a cualquier tipo de manipulación. Nos aferramos a principios inamovibles que se insertan en nuestra ideología de manera incontestable y que, como si del fin del mundo se tratase, defendemos con vehemencia contra viento y marea sin dar oportunidad a visiones diferentes de un mismo problema. “Esto es así y punto”. No buscamos lo equilibrado, no admitimos la discrepancia y en defensa de estos principios incontestables surge incluso la violencia verbal o, llegado el caso, física contra el discrepante que se convierte en enemigo.

Esto que nos sucede en cualquier ámbito de nuestro devenir personal, familiar o social ocurre, por supuesto, en nuestro ámbito laboral como parte de nuestro espacio social. En el ambiente penal y penitenciario, si ya de por si las posturas sobre cómo abordar ciertas situaciones, tipologías delictivas y su tratamiento, podían encontrarse más o menos encastilladas, en el momento presente se tornan más radicales. Si me considero feminista, me posiciono automáticamente a favor de la tipificación de cualquier delito que tenga como víctima a una mujer y su castigo cada vez severo. Si tengo una ideología conservadora, me parece inadmisible que se pueda estar acercando a internos vinculados a bandas terroristas a su lugar de residencia. Si por el contrario, mi vinculación política es menos conservadora y más progresista, no podré entender que se inicien procedimientos penales por las letras de determinadas canciones. Igualmente, mi posición a favor o en contra del ingreso en prisión del cuñado del Jefe de Estado, o a favor o en contra de la concesión al mismo del régimen de semilibertad, casi podrá adivinarse según el grupo político y social de referencia con el que me posicione. Esta forma de proceder, esta forma rígida de pensar, nos convierte en defensores de ideologías, como si fuéramos hinchas de un equipo de futbol. Ello sin caer en la cuenta de que la realidad es mucho más compleja y rica en matices y que, justamente esos matices, son la que la hacen más intensa e interesante.

Para posicionarse ante los supuestos antes mencionados, y teniendo en cuenta la afectación individual que conllevan, se hace necesario ampliar el rango de visión, buscar y contrastar, valorar y decidir. Si bien aquellas conclusiones a las que lleguemos siempre estarán mediatizadas por una cierta ideología, debemos construirlas de manera más líquida, menos rígida y a la vez, más consistente. Las verdades absolutas nos vienen bien para salir del paso pero para construir hace falta algo más, se hace imprescindible la duda como piedra filosofal. Los autores de esta reflexión, ambos, estamos a favor de la igualdad plena entre hombre y mujeres, pero también creemos, sin que ello sea incompatible con lo anteriormente dicho, que la regulación de los delitos vinculados a la violencia de género se encuentra desequilibrada en términos, por ejemplo, de presunción de inocencia y valoración equitativa de prueba. Aspecto éste no poco relevante, que lleva al ingreso en prisión de hombres de forma absolutamente diabólica por hechos que nada tienen que ver con la violencia de género que, de nuevo y a ambos autores, nos preocupa. Si pensamos ahora en los delitos vinculados al terrorismo, creemos que poca justificación requiere la necesidad de que las condenas que se hayan impuesto por su realización, se cumplan en su totalidad; y que, del mismo modo que el resto de personas condenadas, su cumplimiento se lleve a cabo bajo las premisas de la reinserción y la no desocialización atendiendo de manera preferente a la posibilidad individual de reincidencia. Sin embargo y por ello mismo, creemos que se ha generado un derecho penal y penitenciario del enemigo, que hace prácticamente imposible trabajar por la recuperación social de este colectivo de internos. Igualmente, determinadas condiciones de cumplimiento –regímenes de aislamiento o cumplimiento en centros alejados de la zona de residencia- no sólo no tienen sentido actual, sino que sitúan a quien ejecuta la condena en una posición revanchista que poco tiene que ver con su papel, necesariamente imparcial. Pasemos al tercer supuesto aportado, la condena por determinadas letras y canciones, por, según algunos sectores de ideología, ejercer la libertad de expresión. Aquí los autores no sólo mantienen posturas que se separan de la línea de pensamiento que se identifica con cada uno de los casos antes descritos, sino que incluso difieren en los matices entre sí. Finalmente, en cuanto al yerno del rey emérito, cuñado del actual, entendemos que el modo de cumplimiento que dicho interno ha sufrido es, en términos generales, mucho más oneroso del que otros en su lugar hubieran tenido; y que, el sufrimiento procesal que ha recaído en su persona, es incomparable con el de los supuestos no mediáticos que pueblan nuestras prisiones.   

Como se intuye, cada uno de estos aspectos, cada idea aportada y mínimamente apuntada, daría para una disertación mucho más compleja y apuntalada, con pros y contras que nos cuestionarían hasta los pensamientos elaborados que pudiéramos venir sosteniendo. ¿Vemos a qué nos referimos? ¿Queremos ser hinchas de ideas o queremos intentar, al menos intentar, seguir pensando? Pensar individualmente supone aportar. El seguidismo ideológico y la fotocopia del pensamiento de ciertos líderes poco aporta. Cómo dijo Stendhal, “las personas que uno honra son solamente bribones que han tenido la fortuna de no ser sorprendidos en el acto”. Apliquemos lo mismo a las premisas ideologizadas irrefutables que mantenemos de manera un tanto visceral.

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