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14/08/2022. 23:30:53

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El impacto de lo impredecible: el desastre nipón

¿Podemos permitirnos no tener un plan de continuidad?

asociado senior del área de Governance, Risk & Compliance de ECIJA

El terremoto de 8,9 grados y el posterior tsunami que el 11 de marzo azotaron la costa noroeste de Japón han supuesto el mayor daño en la nación nipona desde Hiroshima y Nagasaki. Ciudades y pueblos han sido destruidos en la isla de Honsu, se han anulado servicios públicos, se están viviendo situaciones críticas en las centrales nucleares y se han perdido las conexiones de comunicación de la Cuenca del Pacífico.

Muñequitos de colores divididos por una grieta.

Para los profesionales de la gestión de riesgos, lo acaecido en Japón supone una sucesión secuencial de amenazas que si bien son conocidas, en excepcionales ocasiones son tenidas en cuenta en los estudios: terremotos, tsunamis, inundaciones, riesgo nuclear, cortes eléctricos generalizados, fallo en las comunicaciones (voz y datos)…Las probabilidades de que dichas amenazas se materializasen en la forma en que lo han hecho en un país tan preparado ante estos eventos, son prácticamente imposibles de calcular. Entonces, ¿se podía haber previsto esta situación?

Una catástrofe de la magnitud de la ocurrida en Japón, excede cualquier previsión. Un cisne negro en toda regla. Los daños materiales se estiman en unos 150.000 M €, por no hablar de las pérdidas humanas, que, no olvidemos, son y deben ser la primera prioridad de cualquier responsable de continuidad de negocio o gestión de riesgos.

No cabe duda de que Japón es uno de los países en el mundo mejor preparados para afrontar catástrofes de este tipo. Los mecanismos de detección, alarma, y prevención son una prioridad nacional desde hace décadas, y no cabe duda de que un desastre de esta magnitud en cualquier otro país del mundo (recordemos el tsunami de Indonesia o el todavía reciente  terremoto de Haití) supondrían la devastación total.

El desastre nipón ha supuesto la mayor activación conjunta de planes de continuidad y de contingencia de la última década. En un país acostumbrado a convivir con los desastres naturales, con un tejido industrial tan desarrollado, los planes de contingencia y continuidad son una piedra angular de la gestión corporativa.

Matsushita Corp, Mitsubishi, Honda, Nissan, Sony, Toyota son algunos de los nombre propios afectados por el terremoto. Centenares de compañías multinacionales niponas y plantas de producción se han visto paralizadas por el desastre. ¿Fueron efectivos sus planes de continuidad?

Parcialmente. Los planes y procedimientos se han activado, si bien muchos de ellos no contemplaban un desastre de esta magnitud entre sus escenarios de crisis, pero han podido reanudar, de forma degradada, su operativa normal. 

Por otra parte, la peligrosa situación que se vive en la planta nuclear de Fukushima es el resultado de un fallo en los sistemas informáticos que gestionan los sistemas de refrigeración, por falta de corriente eléctrica. Además, el sistema informático para medir la propagación de la radiactividad también falló. La falta de generadores de reserva para suministrar energía al sistema de refrigeración ha sido clave en el proceso del desastre nuclear.

Cabría suponer que  aplicaciones tan críticas para la seguridad de los reactores estaban totalmente respaldadas y protegidas haciendo  que el riesgo de un fracaso fuese infinitesimal. Pero de alguna manera, lo improbable ha sucedido.

La importancia de las pruebas

Una característica  de la naturaleza humana es que, sin alertas ni desastres, nos volvemos complacientes con el paso del tiempo y desarrollamos "intolerancia" a lo improbable.

Un evento como el terremoto del 11 de marzo debería servir para despertar  a aquellos que no han probado sus procedimientos de continuidad y contingencia de forma regular y asustar a los que, de hecho, no tienen tan siquiera sistemas de respaldo.

Es cierto que se ha puesto de manifiesto un error de los propios profesionales de la continuidad de negocio. Nunca se había planteado la situación en la que una nación completa se ve afectada por un desastre, en la que los proveedores de servicios de respaldo también están paralizados. Esto vaticina un cambio de paradigma en el cómo las empresas afrontan la continuidad de negocio.

Pero también es cierto que es crítico revisar y actualizar constantemente los planes y realizar pruebas periódicas para garantizar una gestión rápida y eficiente de los procedimientos definidos en caso de desastre.

El futuro

Aunque es importante considerar el sistema de gestión de la continuidad de negocio de una organización individual, lo vivido las últimas semanas hace pensar en un plan de continuidad nacional o supra-empresarial, de forma que la cadena de suministros y los servicios críticos se mantengan en caso de desastre masivo. Debido a la creciente globalización, la interdependencia entre empresas y naciones hace necesaria la cooperación conjunta en los planes de continuidad, permitiendo  reforzar la resiliencia de una nación, abordándola como un todo.

Sin embargo, lo anterior no podrá llevarse sin una estandarización de los enfoques usados entre compañías.

Es buen momento para revisar los procedimientos y planes de contingencia y escarmentar en piel ajena. Mejor prevenir que curar.

Cada empresa tendría que preguntarse a sí misma: ¿Podemos permitirnos no tener un plan de continuidad?

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