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Blog Manual Interno de Gestión

30 de Abril de 2014

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

Al abogado le erosionan las emociones


Rafael acaba de terminar el juicio y cariacontecido, se levanta, y sin despedirse del juez, abandona la sala a paso rápido. Su cliente, que lo sigue como su sombra, le pregunta sobre el resultado. Rafael, muy contrariado y visiblemente irritado, le dice que el juez le ha estado interrumpiendo y llamándole la atención constantemente durante el interrogatorio y que, tal y como ha visto el juicio, el asunto se va a perder.

Días después, sentado en su despacho, Rafael, bastante desanimado, reflexiona sobre la forma en la que se vivió el juicio y le vienen a la mente multitud de situaciones que no tendrían que haberse producido, concluyendo que, algunas de ellas, pudo evitarse con una mejor preparación.

Al cabo de un mes, recibe una llamada de su procurador, quien le da la noticia de que el asunto se ha ganado y que la sentencia estima la demanda y condena a la otra parte a las costas del procedimiento. Rafael, no cabe en sí mismo, y, eufórico, sale corriendo a comentarlo con el resto de los socios y compañeros del despacho.

Las emociones experimentadas por nuestro abogado (rabia, tristeza, alegría) son emociones universales que afectan a todos los seres humanos. De hecho, las emociones y sentimientos conforman a la persona y dan significado a la vida de las mismas. De ahí que tanto las emociones positivas como las negativas son inevitables y hasta necesarias en nuestra carrera vital.

Sin embargo, a veces las emociones se vuelven frecuentes o muy intensas desde una perspectiva negativa (ira, tristeza, ansiedad, etc...), y en estos casos, pueden perjudicarnos abiertamente, máxime cuando hacen acto de presencia en nuestra vida profesional, retrasando o dinamitando nuestros objetivos. Por el contrario, cuando son emociones positivas, la intensidad de las mismas puede ser gratificante y conseguir ayudarnos en la consecución de nuestros objetivos.

Con estos antecedentes vamos a examinar algunos de los supuestos en los que el abogado sufre una emoción intensa, en uno u otro sentido, concluyendo con una recomendación sobre la gestión de las mismas.

Veamos diversos ejemplos:

1º.- Cuando ha concluido el juicio y  nuestro cliente, satisfecho, nos felicita y nos comenta que se ha sentido defendido y que se encuentra optimista tal y como todo se ha desarrollado. Aquí el abogado sentirá alegría y su autoestima profesional se incrementará.
2º.- Cuando ha concluido el juicio y ha salido mal por diversas circunstancias, y el cliente, ya en el exterior de la sala, nos transmite con su actitud que está descontento con nuestro trabajo. Aquí se mezclarán diversas emociones desagradables como rabia, irritación, decepción y desánimo.
3º.- Cuando durante cualquier momento de relación con el abogado de la otra parte este se muestra retador, soberbio e incluso irrespetuoso con nosotros. En este caso, la rabia e irritación vendrán de la mano.
4º- Cuando estamos en sala (en presencia del cliente) y ante un error por nuestra parte (o incluso sin un error aparente) el juez se dirige a nosotros de forma desagradable cuestionando con vehemencia nuestra forma de tratar determinado aspecto del caso. En este caso se generará miedo, vergüenza, culpa y ansiedad.
5º.- Cuando después de infructuosas negociaciones conseguimos cerrar definitivamente el asunto a través de una negociación que satisface plenamente a nuestro cliente. Aquí nos encontraremos alegres y sentiremos euforia y paz tras las dificultades arrostradas.
6º.- Después de años de trabajo y esfuerzo, nos llega la sentencia por la que se revoca la dictada anteriormente que nos daba la razón, y ahora tenemos que comunicársela al cliente. Decepción, desánimo, preocupación y ansiedad serán los compañeros de viaje especialmente hasta que se lo comuniquemos al cliente.
7º.- El mismo caso anterior, pero desde la perspectiva del abogado cuyo recurso ha sido admitido. Alegría, euforia y optimismo será la carta de presentación de éste letrado.
8º.- Cuando el cliente se presenta en el despacho y nos comunica que se lleva el asunto a otro despacho. En este caso, a la normal ira e irritación inicial, seguirá la frustración, culpa y desánimo.
9º.- Cuando vemos que no hay trabajo, que no nos entran nuevos clientes y que el trabajo que teníamos se está agotando. Aquí llegará el miedo, la preocupación, la confusión y finalmente, la ansiedad.
10º.- Cuando el trabajo nos absorbe y no disponemos de tiempo para sacer los asuntos adelante y cumplir con los vencimientos y señalamientos. En estos casos, en los que la persona está estresada, llegará la ansiedad y desesperación debido a la impotencia en la que se encuentra.

Como podemos observar, estos son algunos de los muchos ejemplos de situaciones de nuestra actividad en las que surgen sentimientos con cierta intensidad. En algunos casos, la frecuencia de los mismos es mínima o normal, pero en otros puede ser más que habitual (por reiteración de circunstancias adversas o por ocasionarse una situación especialmente difícil), por lo que los abogados hemos de ser conscientes de que las emociones están ahí y que, en ocasiones, no nos hacemos cargo de ellas ante su presencia y las dejamos actuar sin control alguno en nuestro perjuicio. Es en estos momentos cuando el abogado puede verse erosionado interiormente, "quemándose" a la espera de una nueva ocasión en la que surja el caldo de cultivo necesario para otra emoción negativa (que saldrá).

Creo que como buena medida a adoptar para comenzar a gestionar estos sentimientos es conocerlos, ser conscientes de su existencia y saber manejarlos cuando aparezcan. En tal sentido, podríamos seguir los principios expuestos por los doctores Gary McKay y Don Dinkmeyer en su libro Como Conocer sus sentimientos y aprender a manejarlos, principios que se basan en la capacidad que todos tenemos de elegir los sentimientos que queremos experimentar, clave de todo el proceso de gestión de los mismos.

1º.- Aceptar nuestros sentimientos y aceptarnos nosotros mismos.
2º.- Vivir el presente, y dejar atrás el pasado.
3º.- Reconocer el propósito de nuestras emociones desagradables.
4º.- Ser conscientes de nuestros pensamientos
5º.- Desarrollar un plan de cambio.

Naturalmente, todo lo anterior no es más que una aproximación a la idea de que los sentimientos y emociones están ahí, en nuestra profesión, y que tenemos que ser conscientes de que todos podemos manejarlos para mejorar nuestro día a día profesional, sea por el medio que sea. Lo importante será no dejarse llevar por la corriente negativa cuando esta aparezca.

 Como botón de muestra final, traigo a colación el Decálogo de Eduardo J. Couture (1904-1962), en el que con gran maestría recoge en uno de sus consejos la importancia de no permitir que los sentimientos desagradables perjudiquen nuestro desarrollo profesional:

Olvida: La Abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras llenando tu alma de rencor llegaría un día en que la vida sería imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

Este y otros post y artículos de Legal Today podrá encontrarlos en la página web del autor



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