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Blog Manual Interno de Gestión

2 de Febrero de 2017

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

El oscuro oficinista, otra forma de ejercer


En un post reciente abordamos la figura del abogado de laboratorio, aquel que desarrolla la mayor parte de su actividad profesional desde el despacho. Rodeado de sus probetas, matraces y tubos de ensayo (expedientes, libros, programas y  software) disfruta enormemente estudiando y resolviendo asuntos desde la seguridad y calidez que le ofrecen las cuatro paredes en las que habita. Dentro de esta categoría, distinguíamos al que consciente y voluntariamente adquiere esta cualidad temporalmente, bien por la necesidad de trabajar concentrado durante determinadas fases, bien por necesitarlo tras un periodo de mucha actividad, aunque en ningún caso renunciando a la salida al exterior y, en segundo lugar, el que se siente abogado de laboratorio perpetuo, y con igual consciencia y voluntariedad se apega a su torre de cristal evitando en la medida de lo posible cualquier contacto con el exterior.

Hoy vamos a profundizar en esta última variedad al que denominaremos "el oscuro oficinista".

El oscuro oficinista, es aquel abogado que sobrevive en el encierro del despacho de forma perenne, alejado voluntariamente de todo lo que represente salir al exterior e interactuar con la jungla diaria. Este enclaustramiento es voluntario, deseado y en ocasiones, cuando las cosas se tuercen, buscado a propósito. El oscuro oficinista vive como una especie de agorafobia letrada, que le invita a eludir cualquier contacto con compañeros, clientes e incluso con el personal del despacho; interacciones, las mínimas, es su lema. Para ello, no ahorrara esfuerzo en delegar o incluso abdicar de su trabajo con el fin de evitar temidas excursiones y así permanecer en su clausura.

Si queréis aproximaros a una imagen viva del oscuro oficinista, podéis encontrarlo en el papel de abogado de una compañía multinacional que encarna el genial Robert Duvall en la película Acción Civil, especialmente cuando permanece encerrado en una especie de sótano repleto de viejos archivos con la radio puesta y una pelota de béisbol por compañía.

La nota que lo distingue del abogado de laboratorio es que éste disfruta del encierro momentáneo del despacho y lo saborea, mientras que nuestro acartonado compañero, no entiende de placeres, sino que su alquimia con el despacho es de pura subsistencia, cumpliendo con su función entre las cuatro paredes de su lóbrega oficina.

Y no hemos de llevarnos a engaño, pues existen multitud de abogados que desarrollan labores de investigación y gestión del conocimiento que suelen desarrollar su trabajo en el contexto de la oficina manteniendo escaso contacto con el exterior (v.g. paralegales)[1]; no, nuestro protagonista lo hace por una vocación opuesta a las directrices que ordenan su obligado quehacer de abogado en ejercicio, en el que el contacto humano y la itinerancia fuera de los pasillos del despacho se invocan como mandamientos de la profesión desde tiempos inmemoriales.

Llegar a ser abogado de laboratorio es peligroso, aunque es un riesgo no exento de diversión; por el contrario, caer en la penumbra de la oficina puede ser la perdición.

Me explico.

El abogado es un profesional cuya actividad puede localizarse en dos escenarios bien diferentes: el despacho y el exterior; en el primero estudia, planifica, asesora, trabaja en equipo, etc., mientras que en el segundo realiza gestiones en diferentes organismos como notarías, registros, administraciones, empresas e interviene en los distintos juzgados y tribunales, sin olvidar el necesario contacto con clientes actuales y potenciales.  Esta dualidad es un equilibrio que no debe quebrarse, pues de ser así, nuestra práctica se resentirá haciendo que cada día seamos menos abogados.

Por ello, ante las foscas tentaciones de permanecer como ermitaños y convertirnos en algo parecido al triste amanuense de Cuento de Navidad, es mejor abortar a tiempo tal designio, pues de lo contrario quedaremos anclados y aislados, perderemos el contacto con los que fueron nuestros clientes y nuestra brújula profesional se magnetizará perdiendo el rumbo. Y lo peor, nos convertiremos en una figura decorativa de esa oficina a la que tanto veneramos. Nunca pues el despacho puede ser un claustro para el abogado, sino ágora, biblioteca o cuartel.

Si conoces a algún oscuro oficinista en tu profesión, no lo dudes, ayúdalo y sácalo al exterior para que se contagie del aire y sobre todo que le deslumbre la claridad...

Y que no olvide lo más importante: que la oscuridad no es otra cosa que ausencia de luz.

Encuentra este y otros artículos del autor en su página web.



[1] Excluimos de este concepto a aquellos abogados cuya actividad se realiza, por razón de su puesto de trabajo o actividad, en su oficina como pueden ser algunos abogados de empresa, técnicos, etc., debiendo entenderse la figura analizada  referida al abogado que actúa de forma liberal y es titular de su propio despacho (unipersonal o compartido con otros letrados).


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