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28 de Julio de 2016

Óscar Fernández León

Abogado. Experto en habilidades profesionales
@oscarleon_abog

¿Haces juicios o eres abogado?

La pasada semana la agrupación de abogados GUADALIURIS organizó en Sevilla un evento de confraternización entre sus despachos integrantes del que cabe destacar la magnífica conferencia impartida por el torero y coaching Eduardo Dávila Miura, intervención dirigida al crecimiento personal y profesional. Durante su brillante exposición, Eduardo narró una anécdota que vivió en su época de toreo en activo y que podría resumirse en la pregunta que le hizo el que fue su apoderado al conocerlo: ¿Toreas o eres torero?, a lo que Eduardo respondió identificando el torear con el ser torero. Sin embargo, el apoderado le refirió que una cosa era saber torear y otra muy distinta era ser torero, pues la técnica de torear podía aprenderse, pero para ser torero no bastaba esa habilidad, sino que era imprescindible pasión, entusiasmo, responsabilidad y compromiso…


Eduardo Dávila Miura torea con el capote.
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Partiendo de esta píldora de sabiduría de aquel apoderado, hoy me gustaría apropiarme de esta idea y aplicarla a los abogados, pues estoy convencido de que una cosa es hacer juicios, asesorar jurídicamente y mediar en conflictos y otra muy distinta es ser abogado.

Y para ello debo hablar de la vocación, o lo que es lo mismo, la llamada o voz interior que sentimos y nos impulsa hacia una profesión, al ejercicio de una actividad determinada, o una misión personal. Al derivar de nuestro interior, la vocación logra aunar la fuerza de la elección, materializada en el deseo de hacer algo muy concreto, con la realización de un fin o propósito en el que presumiblemente nos sentiremos felices y no dudaremos en llevarlo a cabo con entrega, esfuerzo y pasión.

La vocación conlleva ineludiblemente el disfrute de lo que se hace.

Precisamente por ello, y teniendo en cuenta lo compleja, difícil y exigente que es nuestra profesión, es natural afirmar que los abogados estamos sometidos a un desgaste personal y profesional permanente que va a requerir ineludiblemente de nuestra vocación, o lo que es lo mismo, de nuestra entrega total y absoluta, amando lo que estamos haciendo para poder superar todas las dificultades que nos encontramos en el día a día. Y ello se refleja en esta capacidad de recuperación o resilencia que tiene el abogado ya experimentado, quien habiendo pasado por multitud de situaciones difíciles de soportar física y emocionalmente, sigue disfrutando y amando su profesión con entrega y responsabilidad.

¿Cuántas veces nos hemos frustrado ante una sentencia desfavorable? ¿Cuántas veces hemos recibido la ingratitud e incomprensión del cliente, el juez o incluso de otros compañeros? ¿En cuantas ocasiones no hemos percibido nuestros honorarios o hemos sufrido retrasos en el pago insoportables? ¿Cuánto hemos sufrido tras un esfuerzo extenuante que no ha recibido recompensa alguna?...

Sin embargo, a pesar del sacrificio intelectual, psicológico y personal que supone el ejercicio de la profesión el abogado descubrirá que disfruta haciendo lo que hace a pesar de los inconvenientes. Es entonces cuando la llama de la vocación se habrá encendido y debidamente alimentada, tenderá a crecer a medida que pasen los años.

Por el contrario, habrá abogados que extenuados dejen la profesión y otros que, por razones incomprensibles, seguirán en el ejercicio sin motivación alguna y sin disfrute de lo que hacen, protestando y resistiéndose a los dardos de la profesión; estos profesionales harán juicios, pero no serán abogados, y no lo serán porque sin vocación la abogacía se convierte en un poso de amargura.

Ejemplos que sostienen tal afirmación los encontramos en fuentes como TORRÉ y ANGEL OSSORIO Y GALLARDO.

 "(...), aquellos que desempeñen una labor por la que no sientan atracción alguna, llevarán siempre consigo un sedimento de amargura y, más aún, de derrota, al par que no reportarán a la sociedad, la utilidad que hubieran producido en otra actividad que armonice con su vocación." TORRÉ

Y DON ANGEL no se queda corto:

"El abogado o lo es con apasionamiento lírico, o no puede serlo, porque soportar de por vida una profesión que no se estima es miserable aherrojamiento, sólo comparable al de casarse con una mujer a la que no se ama; y quien lleva clavadas tales espinas no tiene resistencia más que para lo mecánico, para el que puede hacerse con el alma dormida o ausente."

En consecuencia, el abogado que hace juicios y ama y disfruta con su profesión, será ABOGADO con letras mayúsculas, mientras que quien no lo haga sobrevivirá en la profesión viviendo, como decía DON ANGEL OSSORIO, en insoportable esclavitud.

Llega el verano, tiempo de descanso y reflexión y una ocasión extraordinaria para preguntarte ¿Hago juicios, aconsejo, hago mediación o soy abogado? Si la respuesta no es buena, no está todo perdido, busca en tu interior y recupera esa fuerza que te llevó a la profesión.

Encuentra este y otros artículos del autor en su página web y conoce sus obras en la página e-autor.


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