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26/02/2024. 05:54:16

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Ética: Verdades de siempre

Socio director de Mindvalue. Fernández Aguado es el único pensador español contemporáneo sobre el que se han escrito más de 150 libros y ensayos. También es conferenciante universalmente invitado en cuestiones de economía y empresa.

Algunas personas, mal documentadas, consideran que la ética no es sino un modo encubierto que tienen los creyentes de imponer su modo de ver el mundo. Cuando se emplea esa palabra –ética- algunos reaccionan con temor e incluso con animadversión, como si aceptar unos principios pudiera coartar libertades largamente anheladas. La ética, por el contrario, es el camino hacia la felicidad, tanto personal como –en la medida de lo posible- colectiva.

Una estatua con la balanza de la Justicia.

Las recientes tempestades financieras han llevado a que algunos afirmasen que nos encontrábamos ante situaciones radicalmente nuevas frente al pasado. Y que eso implicaba que había que repensar los sistemas económicos, políticos y sociales sobre los que nos basamos. Sin excluir que es necesario plantearse todas las mejoras que sean precisas, es conveniente recordar que fenómenos como la monumental estafa de las subprime, y fundamentalmente la venta que se realizó de complejos productos entre entidades financieras, no es sino la reproducción de viejos fraudes.

He aquí, sin ir más lejos, un texto de Cicerón (3 de enero del 107 a.d.C.-7 de diciembre del 43 a.d.C.) extremadamente descriptivo:

"Y si hay que censurar a quienes callaron, ¿qué habrá que pensar de los que exageran el valor de las cosas mintiendo? Cayo Canio, caballero romano, hombre gracioso y bastante culto, habiendo ido a Siracusa, como él decía, a disfrutar del ocio, no a preocuparse del negocio, hacía correr la voz de que quería comprar alguna villa, para invitar allí a los amigos y para retirarse sin que nadie le molestara. Divulgada la noticia por todas partes, un tal Picio, que ejercía en Siracusa la profesión de banquero, le dijo que villas en venta no tenía, pero que, si Canio lo deseaba, podía usar de una como si fura suya, y al mismo tiempo le invita a cenar en la misma villa al día siguiente. Habiendo aceptado éste, Picio, que como banquero era bien visto por toda clase de personas, reunió a los pescadores, y les pidió que por favor fueran a pescar al día siguiente todos ellos delante de su villa y les dijo lo que deseaba que hicieran luego.

Llegó Canio a la cena a la hora señalada. Picio había preparado un convite opíparo, una multitud de barcas de pescadores cubrían la mar; los pescadores en larga fila presentaban a Picio lo que cada uno había pescado y lo ponía a sus pies.

Entonces preguntó: _

Por favor, Picio, ¿qué es esto? ¿Tanta cantidad de peces y tantas barcas?

-¿De qué te extrañas?, le respondió. En esta zona se reconcentra todo el pescado que hay en Siracusa, aquí es donde vienen a proveerse de agua dulce, los pescadores no pueden prescindir de esta villa

Impulsado ardientemente Canio por la avaricia, ruega con toda insistencia a Picio que se la venda. Éste empezó negándose. En pocas palabras: lo consigue.

Canio, ambicioso y rico, pagó por ella todo lo que le pidió el banquero; y la compró con todo su menaje. Firma su pagaré y concluye la operación.

Al día siguiente, Canio invita a sus amigos a la villa, llegando él muy temprano. Dirige su vista al mar; no hay rastro de barca. Pregunta a un vecino próximo por qué no se veía ninguna barca, si es que guardaban alguna fiesta los pescadores

No, que yo sepa, le respondió. Nadie viene a pescar por aquí; por eso ayer me preguntaba sorprendido qué podría pasar.

Canio montó en cólera, pero ¿qué iba a hacer? Aún no había publicado Cayo Aquilio, mi colega y amigo, sus fórmulas sobre los actos fraudulentos. Y, preguntándoles yo a propósito de ellos qué era el dolo malo, respondía: "simular una cosa y hacer otra distinta". Respuesta llena de claridad la de este hombre experto en dar definiciones. Luego Picio y todos los que simulan una cosa y hacen otra son pérfidos, ímprobos, maliciosos. Ningún acto suyo puede ser útil, porque aparecen manchados por tantos vicios.

Cicerón, II, 58-60.

La ética -en el siglo I a.d.C. y en la actualidad- sigue siendo una necesidad imprescindible. La técnica, cuando no está imbuida de ética, alberga la perversa tendencia a volverse nociva, por mucho que se presenten ilustrados folletos de productos estructurados con nombres muchas veces enigmáticos.

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