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10/12/2022. 05:31:16

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¡Adiós Belle Époque!

Doctora de la Universidad de Navarra y colaboradora de Legal Today

Nadia Núñez
es Doctora de la Universidad de Navarra y colaboradora de Legal Today
Nadia Núñez Masias

La UE parece avergonzada de los logros alcanzados por su Estado del Bienestar. Prueba de ello es la reciente directiva que permite extender hasta las 60 horas (y en casos específicos, hasta 65) la jornada semanal. Los gobiernos europeos muestran lo mal que llevan liderar el conjunto de países prósperos del planeta y están dispuestos a embarcaros en aventuras que han demostrado su iniquidad social.

No hace mucho, Europa se vanagloriaba de las conquistas sociales que había alcanzado. El mundo consideraba nuestro Estado del Bienestar como un referente universal de progresismo y libertad, una guía que debía servir para aparcar los fantasmas del comunismo sin caer en las iniquidades del capitalismo salvaje. Éramos, pues, la gloriosa virtud del punto medio.

Hace ya casi dos décadas que el ídolo de barro estalinista sucumbió, anegado por una marea libertaria causada, en parte, por la atracción lunar de Europa. Despejado el camino hacia la democracia en el resto del continente, nos dimos a la tarea de incorporar a nuestros nuevos compañeros sin percatarnos de que el fiel de la balanza, ese que nos ponía como estandartes mundiales del progresismo social, había perdido en el camino uno de sus contrapesos. Liberado de las ataduras del balance, el capitalismo salvaje puede hoy, parafraseando al poeta, "pasearse a cuerpo" desde las islas Azores hasta los Urales, como antes lo hizo del Río Grande a la Patagonia.

Prueba de ello es que Europa ha pasado de mostrar orgullosa su Estado del Bienestar, ejemplo de su devoción por los ideales de justicia social, a desmontar aquello que la convirtió en el paradigma de la sociedad postmoderna. Hace apenas dos días pudimos asistir a una nueva claudicación: 91 años después de que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) consagrara la jornada máxima de 48 horas, nuestros gobiernos acaban de aprobar una directiva que permite extender hasta las 60 horas (y en casos específicos, hasta 65) la jornada semanal.

La justificación para tamaño retroceso no puede ser más desconcertante: lo hacen para garantizar nada menos que la libertad de poder elegir el vivir para trabajar sobre el trabajar para vivir. En un ejercicio de cinismo, intentan hacernos creer que el producto de casi cien años de luchas sindicales es que, por fin, empleador y empleado están en igualdad de condiciones para poder sentarse a negociar, de tú a tú, las cláusulas laborales.

Una jornada de 60 horas desvirtúa todas las iniciativas por aumentar la productividad y las campañas e incentivos contra la precariedad laboral. Asistimos, pues, a la demolición del derecho laboral tal y como lo conocemos, y empezamos nuestro lento regreso al punto de partida: la anarquía liberal de la revolución industrial.

A lo largo de la historia hemos visto cómo los derechos alcanzados por las personas no discurren por una escalera donde el paso anterior es ya el preludio del siguiente peldaño. Todo lo contrario. Las reivindicaciones sociales -como la semana laboral de 48 horas en este caso- son el producto de un movimiento, a escala mundial, que se ha dejado la piel para que las generaciones venideras encontraran un mundo mejor donde ser felices.

Y como de libertad va la cosa, los promotores de la iniciativa nos quieren hacer ver que se trata de una opción para aquellos empleados que decidan, motu propio, prolongar sus jornadas sin que esto signifique ningún cambio para aquellos que no son de este parecer. El problema es que, por más que la derecha (porque algún nombre habrá que darle a quienes apoyan esta idea) intente maquillar la realidad, las relaciones laborales no son, ni serán, acuerdos entre iguales. Lo que hoy se nos muestra como una opción progresista, como la legítima aspiración de un empleado por un mejor salario, después se convertirá en la regla general y… ay! de aquellas nostálgicas que intenten la quimera de conciliar la vida labora con la maternidad, o de aquellos que no se resignan a perder su microcosmos social por unos duros. 

Europa debería sentirse orgullosa de ser el rincón del planeta que agrupa los países más prósperos; un continente que lucha contra la ignorancia, que brinda un mínimo de salubridad a sus ciudadanos y que se involucra en la conservación del medio ambiente. ¿Por qué debemos acomplejarnos por ser así?, ¿por qué avergonzarnos de nuestros logros sociales, para después embarcarnos en sistemas de convivencia mucho más injustos e imperfectos?

Si hay que hacer autocrítica, diré que lo malo del Estado del Bienestar es que ablanda el músculo social: los reflejos no son los de antes, somos diletantes, la fuerza de las convicciones da paso a la pasividad fatalista. Pensándolo bien, auque sea una pena, a lo mejor nos merecemos todo lo que nos pasa.

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