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23/07/2024. 19:17:52

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Hacia los Estados Unidos de Europa

Nadia Núñez Masias

Doctora de la Universidad de Navarra y colaboradora de Legal Today

Quizás ninguno de los euroescépticos irlandeses se haya tomado la molestia de leer el Tratado de Lisboa. Apenas unos cuantos ilustrados. Seguro es así. Al igual que ocurrió con Niza, pudo más su instinto de desconfianza frente a la autoridad foránea y prevalecieron los traumas poscoloniales del tigre celta. ¿Qué hacemos ahora?

Nadia Núñez Masias

Quizás ninguno de los euroescépticos irlandeses se haya tomado la molestia de leer el Tratado de Lisboa. Apenas unos cuantos ilustrados. Seguro es así. Al igual que ocurrió con Niza, pudo más su instinto de desconfianza frente a la autoridad foránea y prevalecieron los traumas poscoloniales del tigre celta. ¿Debe esto sorprendernos? No. Al pueblo siempre se le pregunta una cosa y te responde otra. Le dices: ¿quieren un acuerdo nuevo que permita mejorar Europa? Y te responden: no al neoliberalismo, no más impuestos, no al aborto. Lo mismo pasó en Francia y Holanda con la Constitución Europea. Qué se le va a hacer. Son gajes del oficio democrático. El demos es una dama caprichosa, difícil de cortejar. A comienzos del siglo veinte, James Joyce describió a Dublín como "la ciudad del fracaso, el rencor y la infelicidad". Hoy sus habitantes gozan de los niveles más altos de vida en la región. Como España, Irlanda ha sido una beneficiaria neta de su integración en el club comunitario. Eso nadie lo duda. Pero, por más que nos empeñemos en obviarlo, hay algo que debemos reconocer: la gratitud no es ni será nunca un fenómeno de masas.

No echemos la culpa al "rebaño" irlandés. Eso sería deshonesto. Pregunten a un estudiante de Derecho, a un economista o a un empresario español que opina sobre el Tratado. Seguramente, con escasas excepciones, la mayoría no sabrá que decir, o improvisará alguna respuesta. Imaginemos ahora una clase media irlandesa-o española, alemana, da igual- demasiado ocupada con sus actividades productivas como para leerse un documento con cientos de páginas. La lección es clara para la intelligentsia europea: Concebir un buen proyecto político es el tramo menos complicado, el convencer a los ciudadanos es donde la cuesta se empina. Si el propósito europeo pencó el único examen plebiscitario, a pesar de tener la mayor parte del establishment político en su favor, es porque algo está pasando.

Estados Unidos tuvo que pasar por cruenta y fratricida guerra civil para afianzar su unidad, casi setenta años después de su fundación. Tuvo que transcurrir mucho tiempo para que esa federación se consolide, adquiriendo la indisolubilidad que hoy la caracteriza. Debemos aprender de su devenir histórico, porque su proyecto es el que más se asemeja a las ínfulas comunitarias por alcanzar ese mismo objetivo que consta en la Constitución americana: "una Unión más perfecta". Paciencia es la moraleja. El gobierno irlandés ha dicho que se siga adelante, como si sus habitantes no existiesen. Francia sigue motivando a los checos para que no se repita el traspié. La mayoría de gobiernos quiere obviar lo sucedido en Dublín, seguir adelante. La cúpula europeísta parece sufrir ese trastorno sicológico que los americanos llaman state of denial.

Hoy no son pocos los comentaristas que pregonan lo descabellado de preguntarle al ciudadano común cuestiones de tan alta complejidad. Y quizá tengan razón. El votante  no elige casi nunca un proyecto, expresa sus temores. Pero, entonces, seamos sinceros. Aceptemos que las instituciones europeas no deben buscar un aval democrático, que el molde comunitario debe ser construido por la gens privilegiada que pulula en los altos círculos de poder. Demos por hecho la lobbycracia en que vivimos, donde más importa una lujosa cena que tres millones de votos. Puede que sea más realista. Que sigan los framers de Bruselas, como los de Filadelfia hace dos siglos, eligiendo el futuro de sus ciudadanos desde la soledad de la cima. Pero recuerden siempre que las instituciones, por más brillantemente diseñadas que se encuentren, son un mero castillo de naipes sin el arraigo de una sociedad que no se siente parte del proceso. Que continúen los planes como si nada hubiera pasado en Irlanda, dicen algunos. No debe ser así. La Unión es un éxito, y lo seguirá siendo, con o sin Tratado de Lisboa. No hay porqué precipitarse. Europa no puede construirse despreciando al europeo, aunque cueste algo más de tiempo. Como decía el camarada Deng Xiaoping: "Lo que no logramos en cien años, lo lograremos en mil".

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