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13/07/2024. 08:35:07

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Las palabras no son inocentes

A. J. Vázquez Vaamonde

Profesor de Investigación del CSIC

La CE 1931 decía: “España es una república democrática de trabajadores de toda clase”. Trabajador, obrero y, ¡no digamos!, proletario! son palabra perdidas. Ahora somos empleados; no es lo mismo. Obrero es alguien activo que hace un trabajo útil, visible y tangible. Trabajador/ obrero tenía connotaciones de “no intelectual”, pero la vida es un continuo donde la frontera entre lo material y lo intelectual es difusas. El trabajo de un obrero tiene su parte intelectual: exige “saber hacer” y “hacerlo bien”. Un trabajador “intelectual” hace un trabajo útil, más invisible y casi nada tangible, salvo en sus consecuencias. Pero el obrero se sintió “más fino” llamándole “operario”, “opera” es obra en latín; y hoy aun ”más fino” llamándole empleado. Ya no hay oficinas de trabajo, sino de empleo

Pero trabajador/obrero identifica a alguien activo; empleado es un sujeto pasivo. De empleado nació “empleador”, alguien activo. No es una sutileza. Se atribuye más valora más al que actúa que al que obedece. El empleador “manda”; el “empleado” obedece. Desdibujado el contrato de trabajo entre “iguales” dice como el antiguo “amo”: “nosotros creamos empleo” y se hace dueño de la escena al convertir al  trabajador/ obrero en sujetos pasivos,”, con lo que reivindica implícitamente: “nosotros ponemos las reglas”.

El “señor medieval” podía prohibía la emigración de “sus” siervos y, por supuesto, de “sus” esclavos. Entonces los demás “señores” recibían al trabajador que huía del abuso. Hoy es mucho peor. Los estados ¿democráticos? rechazan al inmigrante: apoyan al estado abusador. La ética ha desaparecido del mundo real. A su ausencia se añade una torpeza económica: un inmigrante es el regalo de un trabajador a coste nulo frente al elevado coste de los trabajadores aborígenes pagado por sus padres y por el estado alimentándolo, vistiéndolo, divirtiéndolo y formándolo  durante dieciocho años o más hasta que produjo la primer riqueza social.

Pero los capitalistas especuladores solo tienen un objetivo: ganar dinero. Contratan a un “empleador” para que decida como produce más: invirtiendo en una máquina o contratando a un trabajador. No le pagan para “crear trabajo” sino para repartir beneficios a los propietarios que, para no trabajar ellos, le dejan disponer de parte de su patrimonio. El empleador se ve obligado a “emplear” a trabajadores/ obreros porque los necesita, porque no tiene capital para comprar una máquina que haga su trabajo. No crea trabajo, su subsistencia depende de él.

Del abuso de esclavos o de siervos de la gleba que tiraban el arado ellos mismos o un animal y levantaban la tierra, la gleba, para beneficio del “amo” la oferta de la industria lo mejoró, pero el “empleador” industrial también quería ganar dinero y no dudó en explotar al trabajador/brero “empleado”. Los grandes músicos y pintores eran “criados” más o menos cualificados;  como los del servicio doméstico, los  escritores carecían de derechos de autor, etc. El poder político, al servicio de los ”amos”, legalizó los sindicatos de “empleadores”. No los de trabajadores/obreros.

Pagándolo con sus vidas  lograron legalizarse los sindicados de trabajadores/obreros. No lo olvidemos; ¡nada de lo que hay es gratis! La ética engendró las “cajas de solidaridad”, no había subsidio por enfermedad o desempleo. De ellas nació el poder de las “caja de resistencia” financiadora de la amenaza de huelga que recordaba lo que se le decía al rey de Aragón: “Nos, que somos y valemos tanto como vos, pero juntos más que vos, os hacemos Principal, Rey y Señor entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no”. Eso no ocurre en las monarquías. Ni aun en las parlamentarias aunque en su constitución digan, como en el artículo catorce de la CE 78: “todos somos iguales ante la ley”. Hemos visto que rige la enmienda constitucional no escrita de Orwell: “algunos son más iguales que otros”.

«Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra; y vamos ganando», dijo Warren Buffet. Empezó con la guerra de las palabras: los eufemismos sociales del tipo: “distingamos a señorito alegre de un sucio borrachuzo” y los políticos: “no es lo mismo un j….. cojo que un caballero mutilado”. Decir: “es lo que hay” y no “esto no puede seguir así” marca la diferencia. En Madrid podremos votar en unos días si seguimos camino de la servilidad o no; entre seguir perdiendo en esta lucha de clases o empezar a ganarla.

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