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las lecciones de dirección pública profesional del doctor Simón

Subdirector general del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas

El doctor Simón es un directivo público, con una serie de características que le acercan a la figura del directivo público profesional (DPP), tal como lo entienden la mayor parte de los países de nuestro entorno. Llama la atención el hecho de que en los momentos de crisis sanitarias habidas en los últimos años, los poderes políticos acuden siempre a un reconocido profesional para gestionar tanto la crisis como la comunicación pública de esa crisis. Por la sencilla razón de que es un experto y de que su comunicación es creíble.

Coronavirus

Es posible que el coronavirus dure más que el doctor Simón en el cargo, porque esta durísima pandemia se va a llevar muchas cosas por delante, incluso un puñado de aspectos, comportamientos y funcionamientos que hace tiempo deberíamos haber superado. Todo es tan complejo, que ni siquiera faltan decisiones y declaraciones controvertidas, muestra clara de que nada ni nadie es perfecto. Y la mayor imperfección gira precisamente en torno a decisiones demasiado cercanas al interés inmediato del poder político. A la hora de valorar esas decisiones menos profesionales, no hay que olvidar que puede ser cesado en cualquier momento, en contra de lo que ocurre con la dirección pública profesional, que tiene un tiempo de mandato previamente establecido y ligado a un programa y objetivos concretos.
En todo caso, la biografía profesional en el sector público de Fernando Simón nos permite extraer numerosas conclusiones en el terreno de la dirección pública profesional.  
Biografía profesional impecable
Ante todo, partimos de un hecho incuestionable: el epidemiólogo Fernando Simón es un referente médico en emergencias de salud pública y en alertas sanitarias. En su bagaje profesional brilla especialmente la gran experiencia en este tipo de situaciones. Eso le ha convertido en un profesional en el que confían administraciones y autoridades de distinto signo.
Su punto de partida está en la Universidad de Zaragoza, donde estudió Medicina. Posteriormente ocupó puestos de responsabilidad en salud pública y epidemología en varios países y organizaciones internacionales, especialmente en África (Burundi, Mozambique) y Latinoamérica (Guatemala, Ecuador), y también en Europa (París). Y más formación: pasó dos años en Londres formándose en la prestigiosa London School of Hygiene and Tropical Medicine y, justo antes de ponerse al frente de las emergencias sanitarias de nuestro país, formó parte del equipo del Instituto de Vigilancia Epidemológica en París.
Además de sus recorridos por el mundo, cuenta con experiencia docente en epidemiología en la Escuela Española de Salud Pública, así como en diferentes centros universitarios, la UE, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS). También es miembro del Foro Consultivo del ECDC.
Su carrera en España
Desde 2003, lleva 17 años al frente de las emergencias sanitarias de España, sobreviviendo a los cambios políticos. En tan largo período ha ejercido con ministros del PP (Ana Pastor), del PSOE (Elena Salgado, Bernat Soria, Trinidad Jiménez, Leire Pajín), de nuevo del PP (Ana Mato, Alfonso Alonso, Fátima Báñez como interina, Dolors Montserrat) y de nuevo del PSOE (Carmen Montón, Mª Luisa Carcedo, Salvador Illa). Doce ministros muy distintos y de diferentes partidos.
Empezó esta etapa de su vida profesional en 2003, como creador y jefe de la Unidad de Alerta y Respuesta del Instituto Español de Salud Carlos III entre 2003 y 2011. Desde 2012 es coordinador nacional de organismos españoles competentes para el ECDC y dirige el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Doce ministros del ramo y tres presidentes del gobierno después, ahí sigue.
Ponerle cara a la gestión de crisis
Ha gestionado otras crisis de carácter mundial, como la gripe A (2009), el ébola (2014), el virus del zika (2016), o la listeriosis de la carne mechada de Magrudis (verano de 2019).  Pero fue con el ébola cuando saltó las pantallas. En octubre de 2014 fallecieron dos misioneros repatriados desde Sierra Leona y una auxiliar de enfermería se contagió del ébola en el Hospital Carlos III de Madrid. El miedo al ébola se instaló en la sociedad y se generó un gran desasosiego, agravado por la mala gestión de la comunicación que llevó a cabo el poder político en los primeros momentos de la crisis.
Con sorprendente lucidez, se optó entonces por apartar al político a un segundo plano y poner en manos del profesional la gestión de la crisis y la gestión de la comunicación de esa crisis. El profesional era Fernando Simón y su aterrizaje comunicativo fue mano de santo. La sociedad española encontró en él los conocimientos, la seriedad profesional, el rigor científico y la cercanía comunicativa que necesitaba en aquellos momentos de ansiedad. Aportó a la sociedad preocupada la confianza que el político no le daba. Era importante su manera sencilla de comunicar, pero era más importante aún la fe profesional y científica que generaba a la hora de poner claridad en la situación y desmentir los numerosos bulos y noticias falsas que tanto daño hacían a la conciencia ciudadana.  Era creíble porque sabía de lo que hablaba y sabía contarlo a un público global.
Rasgos de dirección profesional
Después del ébola, el modelo de gestión de la crisis mediática se repitió con el zika y con la listeriosis. Y ahora con el coronavirus. Sin duda es la situación más grave y compleja de todas las que ha gestionado. Por eso no es de extrañar que, como ocurrió con el ébola, sea criticado por algunas de sus iniciativas. Como señalaba antes, no me extrañaría que la virginidad mediática del doctor Simón sea una de las muchas cosas que engulla esta crisis.  Sin embargo, pase lo que pase, la pregunta del millón es: ¿no sería mucho peor si en su lugar hubiera una persona nombrada por la cercanía política o personal, en lugar de por su capacidad y méritos profesionales?
Se eligió a un médico con bagaje, conocimientos y experiencia en crisis y emergencias, y no a un político. Y la elección fue tan buena, que ha seguido siendo válida en las crisis posteriores con ministros diferentes y otro partido en el gobierno.
Eso es lo que nos permite extraer del caso Fernando Simón algunas enseñanzas en materia de dirección pública profesional. En resumen, podríamos destacar algunas:

  • Su curriculum muestra elevadas dosis de mérito y capacidad para el cargo. Por tanto, si hoy se pusiera en marcha un proceso de selección para ese puesto, con toda seguridad estaría entre los posibles candidatos con mayor puntuación.
  • Hay una valoración del mérito y capacidad profesional, sin tener en cuenta la cercanía política o de otro tipo.
  • Un mandato que excede a la legislatura, sobreviviendo a cambios de ministros y cambios de partido en el Gobierno, pone de manifiesta la existencia de estructura administrativa al margen de los cambios políticos.
  • Se produce una sensación de continuidad en los proyectos más profesionalizados, como es la gestión de las alertas sanitarias.
  • Se pone de manifiesto un funcionamiento profesional, sin sometimiento ciego al poder político.
  • Es creíble ante la sociedad, precisamente por su capacidad profesional y por su independencia y supervivencia a los cambios políticos.
  • La independencia profesional tranquiliza a la sociedad en momentos de crisis.
  • A la hora de la verdad, en los momentos más graves, el político deja paso al profesional público experto en materia de alarma sanitaria.
  • El aspecto más negativo de su situación viene representado por la ausencia de un tiempo de mandato estable, de manera que puede ser cesado en cualquier momento, sin necesidad de errores o incumplimiento de objetivos.

Casos como éste ponen en valor la conveniente necesidad de regular la figura del DPP. Una figura contemplada desde 2007 en el Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP), sustituido posteriormente por el Real decreto legislativo 5/2015, de 30 de octubre, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley del Estatuto Básico del Empleado Público. Su artículo 13 recoge para el directivo público profesional mandatos tan claros como el de que “su designación atenderá a principios de mérito y capacidad y a criterios de idoneidad, y se llevará a cabo mediante procedimientos que garanticen la publicidad y concurrencia.”
Casi 18 años después, ya va siendo hora de desarrollar y reglamentar este mandato legal.

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