"He estudiado unas 30 profesiones diferentes para ver la relación entre el optimismo y el éxito, y sólo hay una en que los pesimistas tienen más éxito: los abogados", dice Martin Seligman. En efecto, salvo excepciones y aun ganando mucho dinero, no parecen obtener suficiente satisfacción de la propia actividad, ni cultivar facultades y fortalezas personales que resultan muy gratificantes y significativas en otros trabajos.
José Enebral Fernández,
Director de Marketing e Innovación de Nanfor Ibérica joseen@nanforiberica.com
Los abogados constituyen un colectivo singular que ha merecido la atención de los psicólogos por su déficit en calidad de vida profesional, relacionado al parecer con su obligado pesimismo. El autor analiza esta realidad y nos propone algunas estrategias para mejorar el aspecto psicológico en el ejercicio de nuestra actividad.
Fue leyendo hace años a los impulsores del Positive Psychology Movement cuando me detuve a reflexionar sobre lo que me parecieron claves cardinales de la satisfacción profesional; me refiero a la autotelia -dedicación a la tarea por ella misma, y no tanto por sus resultados empresariales- y al optimismo. Somos sin duda más felices pudiendo ser optimistas con fundamento y atendiendo tanto o más a lo positivo que a lo negativo, y disfrutamos más de la tarea si le encontramos significado en sí misma. Hay tareas típicamente autotélicas (el diseño o la docencia, por ejemplo) y otras más exotélicas (la gestión logística o las rutinas, entre otras muchas), pero también depende todo de nosotros mismos, a veces en buena medida; y hay, desde luego y por otra parte, personas más optimistas y felices y otras de marcado perfil pesimista (que suelen, por cierto, ser vistas con reparo o cautela en las empresas).
He tenido, y paso ya a referirme al colectivo objeto de estas reflexiones, relación directa o indirecta con diferentes abogados y me parece un mundo algo más frío que otros, sin perjuicio de la cordialidad en las formas; también me parece que al hablar con ellos tienen, en general, el pensamiento en la mecánica judicial, a la vez que se comentan los hechos del caso correspondiente. Así debe obviamente ser, sin duda, pero lo cierto es que llamó mi atención la aguda prevención de los abogados ante posibles complicaciones -su pesimismo, tal como lo califica Seligman-, que pronto relacioné con algo que al respecto había leído. No obstante, también conocí años atrás a un abogado insólitamente optimista para satisfacción de sus clientes (que sin embargo perdió, para sorpresa general, el caso a que me estoy refiriendo: quizá no escapó ni al propio juez el exceso de confianza que mostraba).
Mi propia experiencia me mueve a asentir ante los estudios existentes: la efectividad del abogado parece estar relacionada con su pesimismo, prudencia o prevención, es decir, con la inmediata y debida contemplación de dificultades y obstáculos en los casos que se les plantean. No descarto que haya también algo de cura en salud o de preparación al cliente para lo que pueda suceder, pero sin duda los abogados han de estar atentos a las dificultades de cada caso y centrarse en ellas. Esta orientación permanente a lo negativo debe afectar desde luego a su calidad de vida profesional, pero hay más aspectos a analizar.
La satisfacción profesional de los abogados
Todos podemos ciertamente vivir la actividad profesional como un "empleo" (para ganar dinero y vivir), como una "carrera" (para adquirir prestigio, poder, etc.), o como una "vocación" (porque es lo que nos gusta hacer). A la abogacía se puede llegar por razones diversas; entre ellas, el descarte de otras alternativas a la hora de elegir, la tradición familiar o la mencionada vocación. Pero, aunque se hubiera llegado de modo vocacional, puede que al final el abogado, como cualquier otro profesional, viva su profesión como una carrera, e incluso quizá como un mero empleo.
Algo parecido podríamos decir, por ejemplo, del médico, o aun del mismo religioso de cualquier culto, sin perjuicio de su contribución a la sociedad. Aunque se llegue a una actividad por auténtica vocación, no hay que descartar que algún porcentaje de individuos opte luego por hacer carrera, y vaya, por decirlo así, modificando el significado de lo que hace. Pero déjenme destacar aquí igualmente que podemos encontrar vocación en trabajadores a los que no se la solemos atribuir: recuerden la historia de aquellos canteros, uno de los cuales se sentía orgulloso de estar construyendo un templo para su dios; o piensen en algunas personas encargadas de la limpieza, que se anticipan a las necesidades y asignan todo el significado a su verdaderamente imprescindible actividad.
Dice Seligman en Authentic Happiness: "A los abogados se les forma para que sean agresivos, sentenciosos, intelectuales, analíticos y poco afectivos, lo cual tiene consecuencias emocionales predecibles: depresión, ansiedad y enfado". Los abogados figuran entre los profesionales mejor pagados, pero también nos dice el autor que padecen depresión con una estadística que triplica la media, y que poseen la más alta tasa de divorcios. Son, al parecer, desproporcionadamente infelices y no gozan de buena salud. Aunque su estudio se limite a los profesionales estadounidenses, cabe sin duda extrapolar a otros países en alguna buena medida. Pero, ¿por qué está ocurriendo esto? A partir de sus conclusiones y de otras reflexiones recogidas, podemos quizá coincidir aquí en que los abogados:
Hay relación -sinergia, cabría decir-, desde luego, entre la satisfacción profesional y el despliegue de los valores, las facultades y las fortalezas personales, y podríamos preguntarnos qué elementos endógenos catalizan la calidad de vida laboral. ¿Qué pueden, en suma, hacer los abogados y otros profesionales para mejorar su satisfacción profesional? Aunque no he avanzado aún en este análisis, someto a consideración del lector lo siguiente:
Sí, vendría a ser una cierta reingeniería de nosotros mismos, tan necesaria en tantos casos: efectivamente hay que asegurar los cimientos y revisar buena parte de nuestra estructura. Al plantear estas propuestas (de las que se deriva un amplio desarrollo), pensando en el colectivo específico que me ocupa, he ido a parar a la percepción: ese cuello de botella que nos limita a todos, que nos hace ver de diferentes formas las mismas cosas.
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