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03/03/2024. 07:11:01

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Proactividad frente a la incertidumbre

Socio director de Mindvalue. Fernández Aguado es el único pensador español contemporáneo sobre el que se han escrito más de 150 libros y ensayos. También es conferenciante universalmente invitado en cuestiones de economía y empresa.

La forma tradicional de los cartagineses de plantear las guerras era resistir los ataques de los enemigos. De ese modo, lo que lograban era llegar antes o después a un statu quo, en el que el objetivo deseado era una situación de tablas. Aníbal renunció a ese posicionamiento desde el primer momento. Él tenía claro que a la competencia había que derrotarla. Donde había que atacar no era en aspectos periféricos, sino en los temas más nucleares. En el caso de Roma, el líder cartaginés estaba seguro que a donde había que dirigirse era al territorio itálico.

El coliseo de Roma

Aníbal se inspiró en el modo de hacer la guerra del Imperio romano. Éste nunca se había contentado con estar a la expectativa, más bien había pasado al ataque tanto contra los etruscos como contra los pueblos samnitas y luego, más allá de la península, hacia Sicilia, Grecia, Partia, etc.

El éxito de Aníbal se debió, en gran medida, al eficaz benchmarking que él llevó a cabo. Y paralelamente a la excesiva confianza de los romanos, que nunca pensaron que otra potencia llegaría a inspirarse en sus modos de hacer la guerra.

Por otra parte, los dirigentes de la Urbe tenían la seguridad de que una aventura de ese tipo no podría realizarse por mar. Si la intentaban por tierra, los obstáculos eran inmensos: miles de kilómetros por delante, con territorios poblados por tribus que, en la mejor de las situaciones (pero muy improbable), serían neutrales. Por lo demás, atravesar los Pirineos y los Alpes se presentaba como un obstáculo insuperable.

Aníbal no fue un dirigente alocado. Tras la toma de Sagunto, que tuvo lugar en noviembre del 219 a.d.C., volvió a Cartagena, donde puso en marcha la preparación de la expedición. Tras haber demostrado que estaba en situación de vencer a los aliados de los romanos, permitió a sus colaboradores íberos que regresaran a celebrar con los suyos. La convocatoria para la audaz expedición quedó fijada para la primavera del año siguiente. 

Mientras tanto, no descuidó la defensa, temiendo que los romanos quisieran realizar una expedición de castigo. Mil doscientos íberos fueron las fuerzas de caballería que partieron a África para contribuir a la defensa en caso de ataque. Iban acompañados por trece mil ochocientos de infantería. Ochocientos setenta honderos procedentes de las baleares completaban aquellas fuerzas. Todo esto según una fuente de información habitualmente precisa: Polibio, que tomaba como referencia unas tablillas que Aníbal habría hecho escribir durante la posterior campaña.

Para Polibio, Aníbal representaba el ideal del general heleno: planificar estratégicamente las operaciones, actuar con prudencia, a la vez que dispuesto para operaciones audaces cuando esto era preciso. Livio se centra en otro aspecto, asegura que combinaba sus capacidades de diseño estratégico con una grandísima habilidad personal en el uso de las armas. Y resume que Aníbal tenía un gran coraje moral para tomar las decisiones que consideraba adecuadas, y las seguía sin dejarse intimidar por las dificultades que pudieran presentarse.

Pero no fue Aníbal únicamente un estratega, también sabía estar en lo táctico cuando era preciso. Así, cuando los galos desearon impedirle atravesar el Ródano, envió a un destacamento dirigido por un mando de su confianza, Hannón, para que encontrase un vado río arriba. Lo descubrieron treinta kilómetros río arriba, en una bifurcación. La llegada de esas tropas cartaginesas por detrás del enemigo provocó la desbandada.

Quedaba el no menor problema de hacer atravesar a los elefantes el río. Diseñó entonces unas barcazas cubiertas de hierbas y tierra. Además, puso a las hembras delante, para que los machos se animaran a seguirlas. Algunos paquidermos acabaron en el agua, pero ni uno sólo pereció en este suceso.

Ya en los Alpes Aníbal sugirió el empleo del fuego y el vino rancio para resquebrajar las tierras que impedían el avance en uno de los pasos cruciales. Sus soldados obedecieron sin entender el porqué, plenamente confiados en el liderazgo de su invencible e ingenioso jefe. 

Como en cualquier organización, el mayor enemigo suele estar dentro. Así, las principales pérdidas en el ejército no procedieron de los ataques enemigos, sino de los desertores que no quisieron seguir al cartaginés en su esfuerzo.

Antes de la batalla de Tesino (noviembre de 218), Aníbal hizo luchar entre sí a algunos de los galos prisioneros. El objetivo era poner de manifiesto a sus propias tropas que quien venciera obtendría la libertad, y quien perdiera, la muerte. Era un modo de simbolizar lo que les esperaba en aquel apasionante enfrentamiento con Roma.

Cuando en la primavera del 217 comenzaba la nueva campaña, Aníbal se tomó tiempo para tomar las decisiones más oportunas. No actuó sin reflexión. Por el contrario, había dedicado semanas a analizar la orografía. Al cabo, con todos los datos en la mano, optó por descender en paralelo a los Apeninos para dificultar a los romanos los ataques que sin duda preparaban.

Fue, en fin, Aníbal, alguien proactivo, también en momentos de crisis e incertidumbre. No esperó a que nadie le resolviera los problemas. Fue él quien encabezó su propia vida. Que no consiguiera darle la vuelta a la historia, posicionando a Cartago sobre Roma no fue culpa suya, sino de la envidia de sus conmilitones. Pero ésa es otra historia.

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