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27/09/2022. 12:56:50

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De víctimas y agresores: la importancia de la duda

Psicólogo II.PP

Jurista de Instituciones Penitenciarias

Cada vez más, tenemos la sensación de que hay cuestiones sobre las que emitir determinadas reflexiones no sólo es políticamente incorrecto, sino arriesgado. Estamos en la época de los bandos, donde la ideología previa, la que sea, lo marca todo. Nos hemos convertido en hinchas de futbol a favor o en contra de determinadas conductas. En definitiva, no hay lugar para la duda. En el ámbito penal, dado de por sí a las emociones, este esquema de pensamiento eminentemente emocional contribuye a una radicalidad que no ayuda a entender la compleja realidad que se regula. A continuación, yendo de lo concreto a lo abstracto, exponemos dos supuestos que creemos dan idea de lo anterior. Si lo concreto emociona, lo abstracto reflexiona.

El primero caso que abordamos saltó a la luz porque la víctima estaba vinculada a un partido político. Es irrelevante cuál, pues creemos que la tormenta mediática, en uno u otro sentido, hubiera sido si no idéntica, parecida. La víctima, mujer, hizo el Camino de Santiago sola y, ante el acoso de un hombre que la perseguía, la persona que atendía el teléfono de asistencia la reconvino por caminar sin la compañía de nadie. De manera casi inmediata, las redes contribuyeron a ello, el asunto saltó a la luz y lo sucedido se convirtió en una muestra más de la desigualdad entre hombres y mujeres, del tamiz del patriarcado que, de un tiempo a esta parte, parece ser la clave para entender la realidad en su conjunto. Salgamos del problema y el ideal que a todos nos gustaría alcanzar, para tratar de encontrar criterio. Pensemos en una familia tipo que inicia unas vacaciones típicas a su segunda residencia. Deja la puerta de su piso habitual visiblemente abierta porque considera que así ejerce su libertad. Libertad alineada con una visión del mundo en la que no caben cerraduras. El ejemplo traído, siendo extremo, sigue la misma lógica que el caso que destacamos. La ideología y su ideal son diferentes, pero el conflicto es el mismo. En este último, ¿no es lógico que alguien aconsejase a esa familia cerrar la puerta?

Con lo anterior, ni justificamos la conducta de quien roba, ni culpamos a quien resulta robado. La responsabilidad personal recae sólo en quien realiza la acción típica en sus diferentes formas (arts. 27 y ss. CP). Ello, tanto en el posible robo (castigado en el art. 237 y ss. CP), como por supuesto en cualquier atentado contra la libertad e indemnidad sexual (arts. 178 y ss. CP). Del mismo modo, no equiparamos en gravedad los casos expuestos. El bien jurídico protegido es mucho más valioso en el caso real que en el imaginado. A la vez, la lesión a la libertad en el caso acaecido –el no poder ir una mujer sola, o no convenir que lo haga, a cualquier lugar que desee y a cualquier hora-, es claramente más limitador que el no poder dejar abierta la puerta de casa o vivir de manera despreocupada en cuanto a nuestras propiedades. En definitiva, es fundamental trabajar en que las conductas contra la libertad sexual tiendan a cero. Lo anterior, como decíamos, no sólo por la importancia de las limitaciones previas que generan, sino también por el enorme daño que esas conductas causan una vez realizadas. Sin embargo, vivimos donde vivimos, y aunque no nos guste, la realidad se compone también de agresiones sexuales, muchas de las cuales nada tienen que ver con una prevalencia del hombre sobre la mujer o el peso cultural del patriarcado. Si el problema no es siempre ese, no lo convirtamos en eterna solución porque, aunque parezca lo contrario, acabará no solucionando nada. La pelea que reclamamos es de fondo e implica la asunción de la compleja realidad en que nos movemos. Una realidad que no siempre gusta, pero cuyo efectivo abordaje requiere que sea conocida. Algo que queda muy lejos de las redes sociales y el discurso inmediato y unívoco que generan.

El segundo caso, abunda en lo anteriormente dicho. Proponemos una reflexión para cada uno de los lectores de este artículo. Lean y opinen. El reloj marcaba las diez de la noche en una noche fría del tres de febrero, los termómetros marcaban dos grados sobre cero, si bien el panel informativo de la plaza Aragón de Zaragoza informaba de una sensación térmica de cinco grados bajo cero. Una mujer de mediana edad entra en el parque grande por el puente de Isabel la Católica y se dispone a cruzar por el kiosco de la música para dirigirse hacia su domicilio en la zona de Moncasí. Los ciudadanos que hace unos momentos hacían deporte en el parque se han retirado y no se ve prácticamente a nadie por las inmediaciones. El tráfico es inexistente y su paso es ligero, por la hora y por el frío. En esos mismos momentos, un hombre entra en el parque subiendo hacía el canal. Ambos entran en la zona de arbolado y seto cerrado. De pronto se oye un grito. ¿Qué ha pasado? 

Todos ustedes han construido una historia con estos mínimos datos. La historia que hayan construido dependerá fundamentalmente de sus prejuicios adquiridos. En realidad, han podido ocurrir infinidad de situaciones, pero algunos habrán visualizado una agresión  en la que existirá, como no puede ser de otra manera, un agresor y una víctima. Si esto ha sido así, algunos de ustedes, no nos atrevemos a dar un porcentaje, habrán deducido quién es la víctima y quién el agresor. La realidad puede ser, como queda expuesto, múltiple y diversa. ¿A alguien se le ha ocurrido pensar en que el grito lo haya dado el hombre? ¿Cuántos de ustedes han planteado cualquier otra opción ajena a la agresión, una caída, un animal que cruza, cualquier otra opción?

Si ante un simple relato sin trama somos capaces de imponer en nuestra mente la figura de un agresor masculino y la de una víctima femenina sin que quepa espacio a la duda, creemos sinceramente que algo no va bien. Hemos pasado automáticamente de la parte al todo. Hemos etiquetado al todo por una mínima parte de “agresor masculino”. Esta predisposición incide de manera inapropiada en ambos afectados y genera la indefensión de unos y otros. Sólo nos falta sacar conclusiones y vislumbrar hasta dónde nos perjudica a todos esta actitud prejuiciosa. Démonos cuenta, siquiera sea de una manera parcial, de los esquemas mentales mediatizados por nuestra ideología y configurados al calor de lo socialmente aceptado en un momento determinado.

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