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Blog de Co.Mediación

18 de Septiembre de 2019

Mónica Corella

Mediadora y abogada, consultora experta en resolución de conflicto

Félix Arias

Mediador y psicólogo, consultor experto en resolución de conflictos y diseño de estrategias colaborativas

¿El mediador nace o se hace?

“Alcanzamos el mayor éxito y felicidad siempre que utilicemos nuestras capacidades innatas en mayor medida.”
Smiley Blanton


La pregunta que titula este post es bastante frecuente en formaciones a futuros mediadores. Además, seguramente, muchos profesionales de la mediación la han tenido que responder en conversaciones distendidas con personas que acaban de descubrir que su interlocutor se dedica a resolver conflictos; ¿cualquiera puede llegar a ser buen mediador o ello está condicionado por las cualidades propias de la persona?  o ¿es más importante aprender un contenido teórico y técnicas específicas, así como unas determinadas competencias o basta con tener un determinado talante para ser profesional de la mediación?

Lo cierto es que muchas de las habilidades y, sobre todo, actitudes, necesarias para poder afrontar adecuadamente un proceso de resolución de conflictos tienen un indudable componente asociado a la propia personalidad o "forma de ser" que caracteriza al mediador.

No hay que olvidar que figuras que pueden considerarse precursoras del rol de mediador, como la del "hombre / mujer de Paz" eran personas a las que otros atribuían y reconocían cualidades personales como: comprensión, serenidad, escucha, empatía, un código moral sólido y respetado, integridad, paciencia, capacidad para dialogar, neutralidad, facilidad para convivir en sociedad, amabilidad, una actitud alejada de la confrontación y caracterizada por la no violencia, etc. y así, parece lógico que, tradicionalmente, hayan sido consideradas adecuadas para arbitrar o gestionar conflictos.

Efectivamente, siempre han existido personas que reúnen, de forma aparentemente innata, algunas o muchas de estas cualidades y que, además, tienen cierta destreza para poner en práctica habilidades sociales, facilidad para regular las emociones (propias y ajenas) y capacidades comunicativas; de igual forma que hay otras personas que muestran mucha más capacidad que otras para componer música, resolver problemas matemáticos o practicar deportes. Hablamos, entonces, de la necesidad de poseer ciertas actitudes y aptitudes indispensables para desarrollar una determinada tarea y, específicamente, la mediación.

Otra cuestión, tendría que ver con las preferencias. Un concepto totalmente asociado al ámbito de "lo personal". En este sentido, las propias características de los conflictos resultan interesantes y atractivos para algunas personas, pero generan cierta aversión a otras. Así, la perspectiva de tener que intervenir para intentar resolver un conflicto, puede ser vivido como un estimulante reto para algunos o generar aburrimiento, incomodidad e, incluso, rechazo a otras personas. Todos hemos escuchado alguna vez a alguien afirmar que nunca podría ejercer la cirugía porque siente malestar incluso ante una pequeña gota de sangre o que no podría ser abogado porque no se considera capaz de defender a una persona que quizá haya cometido un delito. Por otro lado, también es posible escuchar testimonios de alpinistas que afirman que donde se sienten más felices es escalando una montaña inhóspita o artistas que dedican prácticamente todas las horas del día a desarrollar incansablemente una de sus obras.

En este sentido, la mediación es una intervención que tiene un indudable carácter vocacional y que, más allá de emplear su profesionalidad y conocimientos, requiere que el mediador sea capaz de permanecer dentro de "la línea de fuego" del conflicto, en ocasiones, expuesto a una alta intensidad de emociones como la ira, la tristeza o el miedo.

Además, a veces es necesario emplear (y escuchar) mucho tiempo para poder comprender la naturaleza de un conflicto, dedicar sesiones completas hasta que un asunto, aparentemente menor, se desbloquea; redactar varios borradores de un acuerdo hasta que un determinado detalle es aceptado por las dos partes; empezar prácticamente de cero después de que una negociación estuviese muy avanzada; gestionar las reacciones a veces difícilmente previsibles; compartir las dificultades propias de personas que, en ocasiones, se encuentran en momento muy complejo de su vida, etc.

Es complicado imaginar que una persona pueda gestionar este tipo de situaciones eficazmente y minimizando su propio sufrimiento o "desgaste" si no posee un elevado interés en este ámbito y ciertas características personales que describíamos anteriormente.  Y esto, difícilmente puede ser algo impuesto o aprendido, ¿no?

Entonces, ¿el mediador nace? En este post hemos elegido un determinado punto de vista para exponer nuestras reflexiones, pero volveremos a abordar esta cuestión desde otra perspectiva en nuestra próxima entrada para intentar responder a la segunda parte de la pregunta que nos planteábamos al principio, la persona mediadora ¿también se hace?.


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