- La queja constante te chupa la energía. No solo la tuya, también la de quienes te rodean
- Además de prestar atención a lo que dices, también has de cuidar la forma en la que te expresas
Este artículo ha sido publicada en el número 1032 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), regístrarte una vez en este enlace y recibirás una comunicación con cada número desde la que podrás acceder a la revista en Legalteca.
Los abogados nos quejamos mucho: de los jueces, que no se enteran; de los honorarios, que siempre son escasos; de los compañeros, porque ya no puedes fiarte; de los clientes, que no valoran el tremendo esfuerzo que haces. Hemos normalizado las quejas sin darnos cuenta de que son lo más aburrido que hay. Si pasas el día quejándote de todo, te conviertes en una persona que nadie quiere tener a su lado. La queja constante te chupa la energía. No solo la tuya, también la de quienes te rodean.
Acuérdate de ese hombre que va al médico y, mientras se toca diferentes partes del cuerpo, dice: «Doctor, me duele aquí, y aquí, y aquí… ¿Qué tengo?». Y el médico contesta: «El dedo roto».
Con las quejas pasa lo mismo. Si pasas el día quejándote de todo lo que te rodea, lo más probable es que haya algo roto en ti que nada tiene que ver con los supuestos problemas.
Me viene a la cabeza el Pitufo Gruñón, como llamaban algunos (sin que él lo supiera) a un fiscal con el que me crucé cuando ejercía de abogado. Cuando le preguntaban por qué estaba siempre enfadado con el mundo, replicaba con voz de ogro: «¡No estoy enfadado, es mi forma de hablar!». De nuevo, algo falla.
Además de prestar atención a lo que dices, también has de cuidar la forma en la que te expresas.
Reinterpreta la realidad
El quejica siempre dice que tiene un motivo… y sin duda es así. Quizá no lo sepa, pero seguramente se deba a que se pasa de exigente, a que no tiene empatía (ni se pone en el lugar del otro, ni trata de entenderlo), a que ve demasiadas tertulias políticas en televisión o a que ni siquiera se da cuenta de que se queja.
Esto último es muy habitual. Hay personas tan instaladas en la frecuencia de la queja que, cuando les sugieres que dejen de hacerlo, exclaman: «¡Yo solo digo las cosas tal y como son!». Y es posible que no mientan, que efectivamente las cosas sean así de trágicas… para ellos. «El mundo no es como es, sino como somos», dice el Talmud. Y, si estas personas se focalizan constantemente en lo negativo, incluso en el amanecer más bello solo se fijarán en la pequeña nube que se forma en un extremo.
Por ello es urgente aprender a reinterpretar nuestra realidad. Esto no quiere decir ponernos unas gafas de carnaval a través de las cuales veamos una fiesta permanente. Tampoco significa que te guste lo que está pasando. Lo triste es triste, lo injusto es injusto, lo doloroso es doloroso, desde perder un ser querido, hasta que te desestimen una demanda que estaba ganada.
Me refiero a contemplar la escena completa, sin los sesgos que genera una actitud negativa. Una escena que seguro tendrá sus problemas, pero también algunas cosas buenas que debes honrar, agradecer y celebrar. Viviendo desde esta frecuencia antiquejas, no malgastas energía luchando contra lo que es. Utiliza todos tus recursos en construir una realidad diferente a la que no te gusta.
La conclusión podría ser esta: frente a la queja, aceptación. Aceptar es dejar de pelearte con la realidad. Es observar lo que sucede (tanto a tu alrededor, como lo que experimentas en tu interior) y decirte: «Esto es lo que hay. Y, desde aquí, decido libremente cómo actuar».
Caja de herramientas antiquejas
1.- Observa tu tono de voz. Seguro que cuando lees a un cliente una sentencia favorable utilizas un tono alegre y animado, sin duda muy diferente al cabreado, resentido o apagado del quejica. Si interiorizas esta forma disfuncional de hablar, podrás advertir la queja a tiempo; o al menos compensarla con una solución o comentario positivo.
2.- Sé breve. Si quieres quejarte conscientemente de algo que va objetivamente mal, al menos no te regodees. Apuesto a que puedes expresar lo que te hace sentir mal de forma calmada, sin hacer sangre. ¡Y sin repetirte! Con una vez que lo digas, es suficiente.
3.- Elimina los absolutos de tu diccionario: ese fiscal «siempre» me ningunea; en el mundo judicial «todo» es un desastre; mi compañero «nunca» hace lo que le pido… Concreta la acción al momento o situación que hayas vivido y verás cómo reduces tu necesidad de soltar un bufido.
4.- Descubre qué hay detrás de la queja. Identifica los temas sobre los que te quejas de forma recurrente y, cuando vayas a hacerlo de nuevo, párate a pensar por qué y para qué van a salir esas palabras de tu boca.
5.- Observa cómo te quedas. Identifica la emoción que reside en ti cuando has soltado la queja. Quizá sea frustración, envidia, impotencia… Lo más seguro es que quejarte no te haya hecho demasiado bien, y el autoconocimiento es una vía directa al crecimiento.
6.- Haz muescas en la culata. Al igual que los vaqueros de las películas hacían una marca en su pistola por cada víctima, lleva la cuenta (puedes utilizar una libreta o el móvil) de las veces en las que te quejas… y en las que, por lo tanto, aburres a alguien.


