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05/12/2022. 13:33:08

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¿Quién soy yo para mi empresa?

Profesora IESE Business School, Asesora de alta Dirección, Speaker de eventos, autora de libros y casos de estudio

En nuestra constante relación con profesionales de la empresa oímos con relativa frecuencia: “Yo, a la empresa, le importo poco”. Dado que el tema afecta a muchos, vamos a intentar desarrollar qué es una persona tal como hicimos en nuestro libro Dueños de nuestro destino (Ariel 2007). La “empresa” a la que se refieren no es algo abstracto, sino que es lo que son sus directivos, y la mayor o menor importancia que éstos otorgan a sus empleados dependerá, en gran parte, del concepto de persona que tienen en su cabeza.

Una mujer pensando encima de un signo de interrogación

El primer modo de conceptualizar a una persona es reducirla a una cosa, una máquina. Hay directivos que presuponen que sus empleados no aprenden nunca: les dicen lo que tienen que hacer, les marcan los objetivos, etc. De ellos valoran solamente su utilidad: las manos o el cerebro. Les interesa que rindan, que cumplan, que hagan, se les paga por ello… y nada más. Cuando por cualquier motivo ya no les interesan, se les despide. Ésta es una realidad en la que muchos se verán reflejados hoy.

El segundo modo de entender qué es una persona es reducirla a un animal. Un animal diferente, más inteligente, más elaborado y más creativo, pero un animal, al fin. Se la compara con monos y con perros y se piensa que, como a ellos, sólo la mueve el instinto. Se estudia su "animalidad" específica, física, psicológica y sentimental, porque interesa conocerla bien: así se la podrá "motivar" mejor. Un directivo que tenga este paradigma de persona valora que sus empleados aprendan, y considera que el aprendizaje es desarrollar conocimientos técnicos, científicos y psicológicos: cursos en marketing o finanzas, técnicas de comunicación o de trabajo en equipo. Este directivo no pasa de ser un simple "animador" ya que, al considerar que la persona es tan sólo un animal racional supone que siempre aprende en positivo y, por ello, no valora ni los aprendizajes negativos ni las repercusiones que sus acciones tienen en los que le rodean.

El tercer modo de entender a la persona es considerarla como tal, es decir, compuesta por cuerpo, psique y espíritu. El directivo ve en cada empleado a alguien único e irrepetible que tiene una misión que cumplir en su vida. Sabe que la persona es libre de decidir y no prisionera de sus instintos y que aprende positiva o negativamente en su toma diaria de decisiones. Ya no se mueve sólo en el campo de las habilidades técnicas, sino en el de la virtud. Este directivo no olvida que cada uno de sus empleados tiene la oportunidad diaria de desarrollarse en la empresa como profesional y como persona, y contribuye en la construcción de los otros, porque conoce y practica la propia.

Pararse a pensar en qué somos nosotros para nuestros directivos puede ayudarnos a reflexionar sobre qué es nuestro jefe -marido, mujer, hijos o subordinados, así como las demás personas de nuestro entorno- para nosotros. Nos daremos cuenta entonces de la calidad de nuestro mutuo compromiso, ya que uno no se compromete con máquinas o animales, sino sólo con personas… si es que lo somos, porque puede ocurrir que quienes actuemos como cosas o monos seamos nosotros mismos.

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