- La protección colectiva de la innovación y de la inteligencia artificial reforma la propiedad intelectual.
Las transferencias tecnológicas y las inversiones para la circulación industrial no garantizan una protección intelectual continua. La inteligencia artificial y la innovación dividen, axiológicamente, los derechos sobre los intangibles. Individualmente, se potencian para modernizar y escalar la protección de las creaciones. Colectivamente, incentivan la ingeniería de ciudades inteligentes, impulsada por una exportación masiva de bienes y por el progreso de la calidad de vida de sus ciudadanos. La tensión entre estos valores, colectivos e individuales de la propiedad intelectual, presiona la esencia del desarrollo tecnológico, reconociendo el avance de una protección colectiva que aún no asimilamos en Occidente. Urbanismo inteligente y desarrollo social en China y en otros países de Oriente han acuñado un valor colectivo único y fundamental para entender el presente de la propiedad intelectual.
Reproducciones de Walt Disney World (WDW).
Walt Disney falleció en diciembre de 1966, exactamente una década antes que Mao Zedong. Colectivamente, en 1980, China designó su primera zona económica especial para innovar y desarrollar ciudades inteligentes como Shenzhen y otras, otorgando subsidios y reduciendo impuestos. Desde hace casi un siglo, WDW recibe también beneficios fiscales y subsidios en sus distritos exclusivos y futuristas. El éxito urbanístico de esta fórmula regulatoria asegura el bienestar de sus comunidades.
China envió una primera delegación a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) en 1973 para definir una estrategia asociativa precisamente en 1980. En 1978, restauró la regulación de la remuneración de las invenciones del maoísmo que otorgaba sumas fijas a los inventores y declaraba propiedad del Estado todas las patentes. En 1983, sancionó una ley de marcas básica para ratificar la Convención de París en 1985 y el Acuerdo de Madrid en 1989. En 1984, tras décadas de nacionalizar invenciones, China sancionó una ley de patentes convencional, adaptándose parcialmente al contexto jurídico de la OMPI. En 1990, Deng Xiaoping estableció las bases del milagro económico y urbanístico, que recibió enormes inversiones extranjeras directas, seducidas por una mano de obra barata. Tras once años de crecimiento sostenido, munida de una competencia exportadora impensada, China ingresó a la OMC en el 2001, ajustando inocentemente su legislación de propiedad intelectual a los estándares globales, convenciendo al mundo de su adecuación regulatoria.
El modelo de Walt Disney de ciudades inteligentes (Los Ángeles 1955 y Florida 1971) se impuso globalmente en Tokio (1983), París (1992), Hong Kong (2005) y Shanghái (2015). Una joint venture controlada al 57% por una empresa del gobierno chino, la Shanghai Shendi Group, involucró adaptaciones de sus creaciones a la cultura china que también se globalizaron. El modelo chino se exporta rápidamente, como la Forest City en Malasia, construida sobre islas artificiales, para competir frente a Singapur o Nusantara, la nueva capital de Indonesia, o la de Egipto en las afueras de El Cairo, Modderfrontein en Johannesburgo, Sudáfrica, Gwadar, un puerto en Pakistán, Ciudad de la Seda en Kuwait, NEOM en Arabia Saudita, además de centros tecnológicos en países como Rusia o Perú.
¿Qué oportunidades habría aprovechado Walt Disney en China?
Mientras China reguló bajo presión occidental los aspectos individuales de la propiedad intelectual apenas hace medio siglo, su experiencia en reconocer innovaciones, clasificar sus productos determinando su función social es milenaria.
Las primeras estampas marcarias datan de la dinastía Shang (1600 a 1046 a. C.) con escudos identificando cerámicas y armas. Durante la dinastía Qing (1642-1912) ya se distinguían designaciones de origen (biaoji) por regiones de mercaderes, asignando credibilidad cultural y reputación incluso entre los medicamentos (hao). La diferenciación de calidad en tés, arroces y licores se acuñó bajo el término “lei”. Gonpin se usaba para designar los productos exclusivos del emperador.
Al fallecimiento de Walt Disney, las marcas chinas distinguían entre calidades aplicando el antiguo “lei”. A la muerte de Mao en 1976, el gobierno chino consideraba las 50.000 marcas registradas como valores capitalistas y burgueses; los derechos de autor y patentes casi dejaron de existir.
La construcción de ciudades inteligentes combinando la experiencia utopista de WDW ha sido vinculada al control de la falsificación de productos y al robo de tecnología. En efecto, en esas zonas exclusivas se registran más denuncias y procesos por violaciones a la protección industrial que en las regiones no subvencionadas de China. Solo en 2018, WDW otorgó 600 licencias a empresas chinas para que su red de plataformas de venta B2B sea hoy la más desarrollada del país. Todas las licencias notorias del mundo tienen presencia normal en todas las ciudades inteligentes chinas.
¿Acuerdos de falsificación o interpretación colectiva? Divergencias con el interés público.
Tradicionalmente, asociamos la propiedad intelectual con el monopolio de las ideas para el reconocimiento individual de la innovación. Muchos países con menor registro intelectual, como Canadá, concibieron la ratificación de los TRIPS como un mero incentivo a la creatividad del trabajador. En el marco multilateral y nacional, el interés público en la propiedad intelectual funciona como una salvaguardia temporaria.
La interpretación colectiva, en cambio, persigue compartir la propiedad intelectual en comunidad. Su desarrollo en China incubó una dimensión inesperada en el multilateralismo. Sin embargo, no se observa una relación directa con la influencia de los derechos humanos que expandió el uso de las marcas colectivas en Occidente como versión inclusiva de la propiedad intelectual. Esa influencia enfrenta a las minorías, diferenciando sus actividades de las marcas e impide cualquier aproximación colectiva a la identidad cultural comunitaria.
NO ES OPEN SOURCE…¿Inteligencia artificial: el pilar de la protección intelectual colectiva?
Si la IA sirve de infraestructura para la innovación individual, la disponibilidad de sus datos divide la propiedad intelectual. Al proteger la creación con IA, empujamos su valor colectivo hacia la disponibilidad del conocimiento.
Mientras los gobiernos del G7 se enfocan jurídicamente en la seguridad del uso privado de datos con IA, China, en cambio, orienta su valor colectivo hacia la exportación de su tecnología y al blindaje de su seguridad nacional. Amplifica una presencia multilateral, observable, por ejemplo, en la adopción de la Resolución del 1 de julio de 2024 de las Naciones Unidas, la cual, patrocinada por China, conecta la IA con el desarrollo sostenible y la soberanía.
En su plan sobre gobernanza global de la IA de 2025, China la define como un bien público internacional que beneficia a la humanidad, respetando la soberanía y maximizando la economía global con desarrollo social. Su aplicación industrial invita a nuevos acuerdos de transferencia tecnológica. El punto 9 del plan, único en mencionar la propiedad intelectual, establece que los sectores públicos deben protegerla mientras establecen los pasos de la seguridad del uso de la IA para potenciar el control público del flujo de datos. La inclusión de esta diplomacia china de la IA en el multilateralismo de las Naciones Unidas preocupa a los Estados Unidos y a Europa, precisamente porque puede permitirle controlar la expansión tecnológica, de ciudades inteligentes y de infraestructura en el Sur Global.
Globalización del modelo chino de protección intelectual colectiva.
La cultura colectivista china, como nación socialista, confucionista y taoísta, da prueba de su innovación e inteligencia urbanísticas, fundidas en la historia y utopía de millones de personas como en WDW. Suele vincularse el valor individual de la protección de la innovación a valores cristianos como la salvación y la dignidad del hombre.
En los Analectos, Confucio refiere que quien revive lo antiguo puede adquirir conocimiento de lo nuevo para enseñarlo. El dominio público se asienta sobre creaciones individuales anteriores para compartirlas con la comunidad. Este principio también fundamenta las excepciones tradicionales a la propiedad intelectual. ¿Se convertirán en regla gracias a la presión de China sobre Occidente?
En 1919, Lu Xun, padre de la literatura moderna china, dedicado a curar con literatura tras abandonar sus estudios de medicina en Japón, publicó un cuento, Kon Yi Ji, que relata la tragedia de un empobrecido erudito, confinado a robar libros para subsistir. Como ladrón elegante, acaba apaleado y mendigo. El cuento cimenta la simplicidad del erudito desposeyéndola de las ambiciones materiales del inventor, pero convalidando el robo de ideas.
Vale notar que este “taoísmo en la propiedad intelectual” no modifica el feroz consumismo de las ciudades comerciales de China, a donde coexisten todas las marcas del mundo con las locales, iluminadas con drones, publicando imágenes sobre rascacielos con LED gigantes, ni afecta la innovación tecnológica en sus sofisticados laboratorios de IA subvencionados desde centros políticos y educacionales. Ese taoísmo despertó una inteligencia jurídica global en donde convivirán equilibradas la propiedad intelectual colectiva y la individual para el progreso del poder y la calidad de consumo.
La imagen de Walt Disney vive en China proyectada en un edificio gigante con LED porque su estrategia de calidad de consumo y su utopía, modeladas en parques, ciudades y fábricas de sueños de tecnología, penetraron profundamente en todo el mundo, influenciaron el desarrollo urbanístico en China, ambientando una esencia colectiva que regulará el balance entre la inteligencia humana y la artificial.


