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04/08/2020. 01:12:28

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Sobre profesionales penitenciarios

Jurista de Instituciones Penitenciarias

Psicólogo II.PP

Decimos mucho eso de que el trabajo no importa. Que lo que de verdad importa pasa fuera de lo laboral. Que lo laboral es sólo un medio para poder vivir lo demás. No podemos estar más equivocados. Lo laboral es parte de nuestra vida. Una parte muy importante si lo contamos en términos de tiempo, y una parte todavía más importante si lo valoramos en términos de crecimiento o decrecimiento. Nos explicamos. Todo se retroalimenta y tener un trabajo que apreciamos como satisfactorio, facilita que el resto de tu vida también lo sea. Y al revés: pensar, sentir que tu trabajo te roba energía y tiempo inútilmente no hace más que nublar la mente en los restantes aspectos que quieras emprender. Por eso es importante el trabajo, porque ocupando nuestro tiempo, nos hace y conforma no sólo en lo laboral, sino también en lo personal.

CARCEL

Trabajar en el medio penitenciario no es fácil. Primero, porque creer que lo que haces sirve para algo implica superar el estigma social y laboral previo de que ese trabajo que realizas no sirve para mucho. Para ese ideario colectivo que tanto nos sigue pesando, esos a lo que llamamos delincuentes, nunca se recuperan. Segundo, porque es un ambiente laboral en el que se escuchan, sienten y palpan muchas tristezas. Por definición, ningún interno quiere estar en prisión. Sin embargo, día a día se ve obligado a convivir con el drama personal que supone haber ingresado en un centro penitenciario. Pues bien, a pesar de todo ello, a pesar de los obstáculos, por su vertiente humana, por lo especial del medio, por lo desconocido que resulta, es un trabajo que engancha si se es capaz de sumergirse en él desde una actitud posibilista. Por simple economía mental solemos configurar nuestro entorno con valoraciones simples de carácter dicotómico, bueno-malo, sano-insano, reforzador-alienante. Pero todos nosotros sabemos que todo, absolutamente todo, es mucho más complejo y de uno mismo depende el querer acercarse, observar, escuchar y sacar nuestras propias, únicas y, por ello, personales conclusiones. Ante algo que en principio nos disgusta y que nos vemos obligados a soportar el valor de la resiliencia se antoja primordial en dos aspectos, a saber: alejarnos de él, máxime cuando alcanzamos la conclusión de que no podemos modificarlo, o explorar otros puntos de vista que, tal vez por ese pensamiento dicotómico inicial, no hemos sabido valorar en su justa medida. 

En este contexto, de un tiempo a esta parte, compartiendo experiencias con compañeros que se dedican a lo penitenciario o tienen relación con el medio, venimos comentando lo mucho que el movimiento populista y punitivo que tantas pasiones sociales levanta, está calando también entre los que nos dedicamos al medio. Ya no vemos a la persona, sino al delito. Ya no vemos tanto las posibilidades de reinserción tras la constatación de cambios favorables del interno, sino la condena y el hecho que la motivó. Aunque éste sea lejano, sigue pesando como si se hubiera cometido ayer mismo. Esta postura que podría entrar dentro de una lógica del desconocimiento, deja de serlo cuando se pertenece al medio. Cuando de una manera objetiva somos conocedores del alto número de internos primarios y no reincidentes con los que nos encontramos en nuestra trayectoria laboral. Los que ya hemos cumplido algún trienio en esta actividad sabemos, o podemos saber si aplicamos la suficiente voluntad, a cuantos hemos conocido y olvidado. Cierto es que el número de reincidentes, menos alto pero más visible, desvía nuestra atención, nubla nuestra apreciación y podemos concluir en lo irrecuperables que resultan. Pero no es así, lo perenne, por desgracia, es el delito, no las personas que los cometen. Las nuevas generaciones de trabajadores penitenciarios pueden mantener esta postura, pero, sinceramente, los que cuentan con años de experiencia no. Para esto, como para todo, se necesitan fundamentalmente dos cosas, capacidad y voluntad. Capacidad la tenemos, es la voluntad lo que hay que trabajar.  

Una vez llegados a este medio, y perdón por la dicotomía, caben dos posturas, sufrirlo o disfrutarlo. Y para ello, y dirigido a las nuevas incorporaciones, unas premisas básicas. La primera: No os dediquéis a lo penitenciario si no os proyectáis trabajando con internos. Son los internos quienes motivan la finalidad última de nuestro empleo. Trabajar en prisiones y no querer tener trato con internos, es algo así como querer trabajar en un colegio sin que a uno le guste trabajar con niños; o tener un establecimiento abierto al público y no soportar a los clientes. Un funcionario de vigilancia, un médico, un técnico, un mando, sólo van a encontrar sentido a su función observando y entendiendo el material humano con el que trabajan y al que se dedican, y la amplia disparidad que entre ellos existe. La segunda: Es fundamental sentirnos cómodos trabajando por y para personas que se han salido de la línea socialmente establecida. Y eso, en ocasiones, no una, sino muchas veces. Si bien no se puede justificar el delito, lo que tampoco se debe hacer es juzgarlo ad infinitum. Un jurista de prisiones que recuerda permanentemente al interno lo mucho que se equivocó cometiendo el delito, no es un jurista, sino un aspirante a  juez que no aprobó la oposición. Un psicólogo que no cree en el cambio, admitiendo su dificultad y la voluntariedad necesaria por parte del interno, no admite uno de los principios básicos de los estudios que realizó, que no es otro que lo que se puede aprender se puede desaprender y que si bien los rasgos de la personalidad individual son persistentes no por ello dejan de ser dinámicos.

Volviendo al inicio, cuando tú trabajo no te llena no sólo tú tienes un problema, tienen un problema todos y cada uno de los que se encuentren en tu radio de acción, y esto tanto dentro como fuera del mismo.

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