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17/06/2026. 09:36:15
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IA: ¿Mides actividad o mides valor?

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El trabajo jurídico siempre ha tenido dos capas. La que requiere criterio, experiencia y responsabilidad profesional y la que requiere tiempo: buscar, revisar, clasificar, redactar borradores, contrastar normativa. Durante décadas, las dos capas las ha ocupado el mismo profesional pero ahora la IA ha empezado a separarlas.

No hablamos de automatizar tareas aisladas, hablamos de reconfigurar cómo se gestiona un asunto jurídico de principio a fin.

Cómo usan la IA los abogados hoy

Los despachos que han incorporado herramientas de IA disponen de un dato objetivo: el ranking de interacciones por profesional. Quién la usa más. Es información útil, indica adopción, genera cultura de uso, identifica a los early adopters que pueden arrastrar al resto.

Pero tiene un límite claro. Saber que un abogado ha tenido cinco mil interacciones con la IA en los últimos seis meses dice poco sobre el valor que eso ha generado.

En la mayoría de los despachos, lo que ese ranking refleja es un uso más o menos intensivo, pero espontáneo y desestructurado: preguntas sueltas, consultas puntuales, búsquedas que podrían haberse hecho de otra forma. Usan la IA como compañero de trabajo con acceso a legislación y jurisprudencia y con capacidad de redacción. Útil, sin duda. Pero lejos de su potencial real.

De ese uso espontáneo a un sistema estructurado hay un salto que pocos despachos han dado todavía. Y en ese salto está la diferencia entre medir actividad y medir valor.

¿Cómo empezamos a medir el valor de la IA?

Tomemos un caso como ejemplo (puede ser cualquier otro): la gestión de una sucesión testada con patrimonio complejo. Inmuebles en varias comunidades autónomas, participaciones en sociedades familiares, activos empresariales afectos a actividad económica. La mayoría de abogados realizan consultas a la IA para que les ayude con los temas relacionados con la fiscalidad, las bonificaciones, la valoración de las participaciones con activos afectos, la posible aplicación de reducciones, etc… Esto está bien. Pero puede hacerse mejor.

Un despacho que gestiona habitualmente este tipo de asuntos no debería improvisar cada vez. El legal engineer (comento un poco más adelante sobre esta figura), en colaboración con IT y con el abogado responsable del servicio, pueden diseñar un proceso replicable que cualquier profesional del equipo pueda usar con consistencia y confianza. Esto conlleva analizar bien cada paso. Siguiendo con el ejemplo:

1. Definir el contexto base
Qué información debe entrar siempre al sistema antes de empezar: datos del causante, testamento, inventario del caudal hereditario, documentación societaria si la hay, régimen económico matrimonial, etc… El sistema no trabaja bien si el contexto está incompleto y el abogado no debería tener que recordar qué tiene que aportar cada vez.

2. Diseñar las preguntas del sistema
Si falta información relevante, el sistema debe pedirla, no asumir ni omitir. Vecindad civil del causante y de los herederos, edades, grado de parentesco, residencia habitual, existencia de pactos sucesorios en comunidades que los admiten. Un proceso bien diseñado anticipa qué datos son críticos y se asegura de tenerlos antes de avanzar. Debe instruirse al sistema para que pida las cosas que falten.

3. Establecer los puntos de intervención humana
La IA investiga, cruza normativa autonómica, localiza jurisprudencia relevante, genera un primer análisis. Pero hay puntos donde el abogado debe revisar, contrastar y decidir. Esos puntos no se dejan al criterio de cada profesional, se definen en el diseño del proceso. Dónde se para, qué se valida, cuándo se da por bueno cada output.

4. Fijar el formato de los outputs
Cómo debe recibir los resultados el profesional. Un resumen ejecutivo para la primera reunión. Un análisis comparativo de las opciones de adjudicación con su impacto fiscal. Un borrador de cuaderno particional. La relación de normativa y jurisprudencia utilizada. El formato importa: un output bien estructurado reduce el tiempo de revisión y aumenta la confianza en el resultado.

5. Documentar y replicar
El proceso queda bien definido y estructurado en el despacho. Cualquier abogado del equipo puede usarlo. Cada uso mejora el proceso. Y cada uso deja rastro.

6. Revisar y mejorar

Debe haber una revisión contínua de los usos del proceso: casos o situaciones no cubiertas (para introducirlas), preguntas que se echan de menos, omisiones que puedan ocurrir, outputs que se esperaban y no sucedieron (para incorporarlos). Son sistemas en constante revisión.

La métrica que sí importa

Cuando el proceso está estructurado, la métrica deja de ser «fulanito ha hecho cinco mil interacciones con la IA» y pasa a ser «este proceso se ha utilizado cuarenta y siete veces este trimestre» un dato objetivo relevante. Además, tendremos datos adicionales procedentes del punto 6, clave también: nivel de satisfacción con el output, mejoras realizadas para “afinar” y grado o nivel de fiabilidad de los resultados.

Una organización que sabe eso sabe dónde la IA le genera valor real. Sabe dónde seguir invirtiendo. Sabe qué procesos diseñar a continuación. Y puede demostrar internamente, o ante su dirección, que la apuesta por la IA no es un gasto de innovación “porque se usa mucho” sino una decisión con retorno medible.

El legal engineer o ingeniero legal.

Quién diseña y mantiene esos procesos no puede ser IT, no conoce la casuística jurídica. Tampoco debería ser cada abogado por su cuenta, la dispersión hace imposible la consistencia. Requiere un perfil con conocimiento jurídico suficiente para entender el problema y capacidad técnica para diseñar la solución. En los mercados donde esta transformación está más avanzada, ese perfil tiene ya nombre: legal engineer. En España es todavía emergente. Pero los despachos que han entendido que la IA no se implementa sola ya están construyendo ese rol, con ese nombre o sin él.

Incorporar la IA es el primer paso, y muchos despachos ya lo han dado. Lo siguiente es estructurar cómo se usa. No hace falta ir de cero a cien de golpe, es un proceso de aprendizaje que se construye asunto a asunto, proceso a proceso. Cada proceso bien diseñado es un paso más en ese camino. Y merece la pena darlo.

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