- Las personas suelen comportarse conforme al modo en que creen ser vistas por quienes las dirigen
Este artículo ha sido publicada en el número 1029 de Actualidad Jurídica Aranzadi (AJA), regístrate una vez en este enlace y recibirás una comunicación con cada número desde la que podrás acceder a la revista en Legalteca.
El mito de Pigmalión y el poder de las expectativas
El mito de Pigmalión siempre me ha parecido una extraordinaria metáfora sobre el poder transformador de las expectativas humanas. Cuenta la tradición clásica que Pigmalión, escultor de enorme talento, creó una estatua de tal perfección y belleza que terminó enamorándose de ella. Fascinado por su propia obra, suplicó a Afrodita que le concediera vida. La diosa, conmovida por la intensidad de aquel deseo, transformó la piedra en una mujer real: Galatea.
Más allá del relato mitológico, la historia encierra una idea extremadamente humana: la capacidad que tienen nuestras creencias y expectativas para influir en la realidad. Precisamente de ahí surge lo que la psicología moderna ha denominado efecto Pigmalión, una teoría que ha sido estudiada en ámbitos tan distintos como la educación, el deporte, la empresa o el liderazgo de equipos.
Del mito a la neurociencia
Hace algún tiempo volví sobre esta cuestión tras leer la obra del neurólogo Pedro Bermejo, Neuroeconomía. Cómo piensan las empresas. El autor analiza cómo las expectativas que proyectamos sobre quienes nos rodean pueden modificar de manera muy significativa su comportamiento y rendimiento. La lectura me llevó inevitablemente a reflexionar sobre el funcionamiento de los despachos de abogados y sobre algo que, a menudo, olvidamos: quienes dirigimos organizaciones jurídicas influimos constantemente en la forma en que nuestros colaboradores se perciben a sí mismos.
La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Robert K. Merton ya explicaba que las expectativas que los demás depositan sobre una persona terminan condicionando su conducta. Cuando alguien percibe desconfianza, desprecio o minusvaloración, acaba actuando muchas veces conforme a esa percepción negativa. Por el contrario, cuando una persona siente que se confía en ella, que se valoran sus capacidades y que se espera un buen desempeño, tiende a responder tratando de estar a la altura de esas expectativas.
La neurociencia ha reforzado posteriormente esta idea desde una perspectiva biológica. Según explica Pedro Bermejo, determinadas percepciones de confianza y reconocimiento activan mecanismos cerebrales asociados a la motivación, la seguridad y la cooperación. En ese proceso desempeña un papel relevante la oxitocina, conocida popularmente como la “hormona de la confianza”, cuya liberación favorece vínculos de seguridad interpersonal y aumenta la predisposición positiva hacia el trabajo conjunto.
El ‘efecto Pigmalión’ dentro del despacho
Traducido al ámbito profesional, el mensaje es evidente: las personas suelen comportarse conforme al modo en que creen ser vistas por quienes las dirigen. Y esto posee una enorme trascendencia dentro de un despacho de abogados.
A veces pensamos que la gestión de personas consiste únicamente en organizar tareas, supervisar expedientes o controlar resultados. Sin embargo, la verdadera dirección de un equipo comienza mucho antes: en la forma en que miramos a quienes trabajan con nosotros. Un abogado joven que percibe desconfianza permanente terminará actuando con inseguridad. Un colaborador al que solo se le señalan errores acabará trabajando desde el miedo. En cambio, cuando existe una cultura basada en la confianza, en el reconocimiento honesto y en la convicción de que las personas pueden crecer, el ambiente cambia radicalmente.
Naturalmente, esto no significa caer en un optimismo ingenuo ni ignorar los fallos o las carencias. Dirigir bien también exige corregir, exigir y tomar decisiones difíciles. Pero incluso la corrección puede realizarse desde la confianza o desde la demolición personal. Y esa diferencia termina siendo decisiva.
En los despachos profesionales, donde el factor humano condiciona directamente la calidad del servicio, el efecto Pigmalión adquiere una importancia extraordinaria. Un equipo cohesionado, que percibe respaldo y reconocimiento, suele mostrar:
- Mayor compromiso.
- Mejor comunicación interna.
- Más capacidad de cooperación.
- Una actitud mucho más constructiva ante los problemas.
Además, existe otro aspecto especialmente relevante en nuestra profesión. El abogado trabaja habitualmente bajo presión, en escenarios de incertidumbre y sometido a un elevado desgaste emocional. En ese contexto, la percepción de apoyo y confianza dentro de la organización se convierte en un elemento de enorme valor psicológico.
Con frecuencia damos por sentado que estas ideas pertenecen al terreno de la simple motivación empresarial. Sin embargo, lo interesante es que hoy contamos con estudios psicológicos y neurocientíficos que permiten comprender mejor por qué sucede esto y cómo determinadas dinámicas relacionales terminan condicionando el rendimiento de las personas.
Algunas reflexiones para quienes dirigen equipos
Por ello, quizá merezca la pena que quienes dirigimos despachos nos detengamos alguna vez a reflexionar sobre algunas cuestiones muy concretas.
En primer lugar, sobre la enorme influencia que ejerce nuestra forma de tratar a quienes trabajan con nosotros. A veces una palabra de confianza tiene más impacto que muchas instrucciones técnicas.
En segundo lugar, sobre la necesidad de conocer realmente a las personas que integran el equipo: sus fortalezas, inseguridades, capacidades y posibilidades de crecimiento.
También resulta esencial cuidar la comunicación diaria. No solo lo que decimos, sino cómo lo decimos. El tono, los gestos, las reacciones y el lenguaje no verbal terminan configurando un clima de trabajo que influye directamente en el desempeño profesional.
Del mismo modo, conviene reforzar públicamente los comportamientos positivos y transmitir seguridad a quienes están creciendo profesionalmente. Muchos abogados mejoran no únicamente porque aprenden técnica jurídica, sino porque alguien confía sinceramente en ellos.
Incluso cuando aparecen errores o conductas disfuncionales, la respuesta más eficaz no suele ser la descalificación inmediata, sino una intervención orientada a la mejora y al compromiso personal.
Finalmente, pocas cosas fortalecen tanto una organización como la confianza recíproca entre quienes la integran. Cuando las personas trabajan convencidas de que forman parte de un proyecto común y de que sus capacidades son valoradas, el despacho deja de ser simplemente un lugar de trabajo para convertirse en una auténtica estructura de cooperación profesional.
Y quizá ahí resida la verdadera enseñanza del viejo mito de Pigmalión: las personas, en gran medida, terminan creciendo conforme a la mirada que proyectamos sobre ellas.


