Magnifica humanitas, la primera carta encíclica de León XIV, aborda el gran desafío que representa la inteligencia artificial (IA) y advierte que esta solo será una ayuda valiosa si permanece al servicio de la dignidad humana y del bien común, y no si acaba imponiendo una lógica que deshumanice las relaciones personales.
En la abogacía, esa advertencia es muy actual. Porque el abogado, como cualquier profesional, no es ajeno a la fascinación que produce la apabullante reducción de tiempo y mejoras que la IA representa para realizar muchas de sus tareas. Sin embargo, el abogado no es un mero productor y gestor de documentos ni un mero operador de herramientas. Puede y debe aprovechar la tecnología, pero sin olvidar que su oficio consiste en juzgar con prudencia, guardar secretos, orientar con honradez y responder personalmente por lo que aconseja y firma.
Santo Tomás de Aquino ya enseñó que la técnica sólo es buena cuando se ordena al bien de la persona y de la comunidad, y que la prudencia (la recta ratio agibilium) no puede delegarse en un mecanismo. Dicho de forma sencilla: una herramienta puede ayudar a pensar mejor, pero no puede reemplazar el acto moral de decidir bien. O como advierte San Agustín, el riesgo está en perder la interioridad y acostumbrarse a vivir “fuera” de uno mismo.
Blaise Pascal, en su célebre fórmula “el corazón tiene sus razones que la razón no conoce”, nos recuerda que hay aspectos decisivos de la realidad que el puro cálculo no alcanza. El corazón, en su lenguaje (intuición, empatía y creatividad), no es una emoción caprichosa, sino una forma alta de inteligencia, nutrida por experiencia, memoria, imaginación moral y sentido de la realidad.
Por eso Magnifica humanitas no es tecnófoba, no pide demonizar la innovación, sino someterla a discernimiento ético para proteger la dignidad humana, asegurar responsabilidades claras y poner la tecnología al servicio del bien común. La cuestión, por tanto, no es si debe usarse IA, sino bajo qué criterios. Y ahí la deontología profesional sigue siendo una brújula indispensable: el secreto profesional y el volcado de información en sistemas externos, la independencia de criterio y control humano, la prevención de sesgos y la proporcionalidad. En este punto conviene insistir: la supervisión humana no es un trámite, sino el núcleo moral del uso profesional de la IA.
Existe un desafío específico que afecta a la formación jurídica de las nuevas generaciones. No basta con enseñar a los estudiantes y a los jóvenes abogados a usar herramientas de IA; es imprescindible evitar que deleguen en ellas tareas que forman parte de su propio aprendizaje profesional. León XIV advierte también sobre el impacto de la revolución digital en la educación, y la propia Abogacía Española insiste en que el futuro de la profesión exige competencias digitales unidas a criterio, supervisión y formación continua.
La «comoditización» del trabajo jurídico al que insistentemente empujará la IA es otro aspecto relevante. Si los clientes relativizan el valor del abogado frente a la máquina, se empuja a los profesionales hacia un uso superficial de la IA y a la prestación de servicios y productos indiferenciados. Se pierde de vista que lo que se retribuye principalmente no es el tiempo sino el juicio prudente, la experiencia, la confidencialidad y la responsabilidad moral de quien responde por él.
El jurista no es solo usuario del sistema, sino también uno de sus arquitectos. Los juristas, en general, participan de manera directa o indirecta en la producción e interpretación de las leyes y en la elaboración de códigos éticos que luego ordenan la vida pública. Por eso sería un error muy serio asumir una concepción supuestamente neutral no solo de la ciencia y de la técnica, sino también del uso legal de la IA, como si la responsabilidad moral correspondiera solo al usuario de la herramienta o al destinatario final de su producto. Esta es precisamente la autoexculpación del desarrollo científico irresponsable y, en el ámbito de la justicia, ese desplazamiento de responsabilidad sería especialmente peligroso. En poco tiempo podemos encontrarnos con un ecosistema en el que la normalización del uso de la IA haya intervenido en casi toda la cadena de producción y juicio jurídico y se convierta en una coartada colectiva en donde nadie se sienta realmente responsable de sus efectos.
Pascal ayuda a poner nombre a ese riesgo. La IA manifiesta a la vez la grandeza y la miseria del ser humano: grandeza, porque revela hasta dónde puede llegar la inteligencia; miseria, porque también puede servir para acelerar la banalidad, la injusticia o la indiferencia. El problema no está en la herramienta, sino en la tentación de absolutizarla. Una justicia reducida a cálculo termina empobreciendo la realidad y dejando fuera precisamente lo más humano del derecho.
En esta misma dirección habría pensado también Étienne Gilson. Su tomismo realista nos hubiera advertido de la idolatría de la ciencia útil e invitado a desconfiar de toda fascinación por una técnica que se justifica únicamente por su utilidad. Gilson se preguntaría si la IA ayuda verdaderamente a conocer mejor la realidad, a servir mejor a la justicia y a proteger mejor la dignidad de la persona, y habría denunciado el riesgo de un pseudo‑realismo que toma los modelos y los datos por la realidad misma: confundir la representación estadística con el caso concreto, la predicción con la verdad, el perfil con la persona.
En el fondo, una IA utilizada de manera irresponsable da la razón a la peor tentación que Nietzsche veía en el superhombre: creer que, porque todo puede hacerse y transformarse, nada es verdaderamente sagrado ni intocable. Una IA concebida sólo como instrumento de dominio encarna ese nihilismo práctico que Magnifica humanitas denuncia cuando habla de un “paradigma tecnocrático” que convierte la eficiencia y el control en los únicos criterios de valor. Paradójicamente, ese supuesto “superhombre” que se apoya en la tecnología para afirmarse acaba siendo su primera víctima: cuanto más confía en su superioridad técnica, más dependiente se vuelve de sistemas que no ama, no conoce de verdad y no controla del todo.
Al final, la gran lección de Magnifica humanitas es sencilla y exigente a la vez: el progreso técnico sólo merece ese nombre cuando hace más humana la convivencia. Si, en cambio, sirve para degradar el trabajo profesional, entonces estaremos retrocediendo con herramientas más sofisticadas.
Ese es, quizá, el verdadero examen de la abogacía en la era de la IA. No si sabe usar las nuevas herramientas, sino si sabrá usarlas sin perder el alma de la profesión. Porque la prudencia, la lealtad, el secreto, la creatividad moral, la compasión y la responsabilidad personal siguen necesitando a alguien dispuesto a responder en primera persona. Y esa, justamente, es la raíz de toda ética profesional digna de ese nombre.


